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La memoria acorralada, una novela incitante

Manuel García Verdecia, 03 de noviembre de 2012

Haití es tierra maravillosa. Cuenta con una singular historia que lo convierte en el primer país del devenir humano donde los esclavos se sublevaron y lograron establecer la primera república libre de Iberoamérica. Su cultura, formada —como todo en el Caribe— mediante la transculturación, con un carácter eminentemente popular, destaca por notables riquezas en la música, las artes plásticas (allí están los mejores pintores naïf del hemisferio) y la oralidad. A esto se suma una vida muy peculiar donde mito y realidad se confunden para generar una dimensión mágica de la existencia. No es fortuito que fuera en contacto con lo insólito de ese país que Alejo Carpentier formulara su tesis de lo real-maravilloso. Y aunque, lamentablemente, Haití se conoce en el mundo, sobre todo, por su pobreza y sufrimiento, consecuencias de una larga cadena de desgobierno, expoliaciones y abusos, la nación atesora, también, una singular literatura. Autores como Atenor Firmin, Jean Price Marss, Jacques Stephen Alexis, Jacques Roumain, René Depestre y Edwige Danticat dan fe de la sólida tradición de sus letras.

Ahora el Fondo Editorial Casa de las Américas, en su colección La Honda, ha vertido al español la novela de una autora desconocida en nuestro país, pero con una obra notable. Se trata de Évelyne Trouillot y La memoria acorralada. De la Trouillot apenas conocemos los datos de contracubierta (las búsquedas en Internet poco aportan al respecto —maldito destino de los escritores periféricos—), mas la obra habla por ella y nos alerta de una narradora de talento y rica sustancia en su quehacer. Évelyne nació en 1954 en Puerto Príncipe, donde reside. Ejerce como docente y alterna esta profesión con la creación literaria. Es una escritora muy completa por la variedad de géneros y temas que aborda. Ha escrito varias novelas, entre las que destaca Rosalia la infame (2003), con el Premio Soroptimist, conferido en Grenoble, Francia. También es autora de noveletas, cuentos, ensayos y poemas. Además, escribe teatro, obteniendo el Premio Beaumarchais por su pieza El azul de la isla (2005).

Antes de asomarnos al tejido de La memoria acorralada, debemos destacar esta primera traslación al español por gerencia de Casa de las Américas. Es una muy fluida, eficaz y expresiva versión alcanzada por la avezada Lourdes Arencibia —recientemente premiada por la Asociación Internacional de Traductores—, quien ha logrado hacernos sentir el mundo que cuenta con una viveza donde el idioma nunca estorba, de manera que la novela nos parece escrita directamente en español. Nota especial merece la forma en que ha conseguido diferenciar los discursos de las dos narradoras que desarrollan el relato, distintos y distantes, por intenciones y clases.

La memoria acorralada cuenta la historia de dos mujeres haitianas, opuestas por clase y principios, pero unidas por origen y destino: María Ángela, una joven asistente, diplomada en comunicación, que trabaja en un hospicio en las afueras de París, y Odilia, una octogenaria que pasa allí sus últimos años. Sin embargo, esta última no es una anciana común, sino la viuda del dictador de Haití,1 lo cual la convierte en fuente constante de dolor y odio para María Ángela, teniendo en cuenta el drama que esta ha vivido.

Es precisamente el punto de vista asumido por la autora uno de los recursos acertados de la novela. El asunto se nos revela mediante la actividad verbal interna de los personajes. Si bien en cada caso se apela a una persona gramatical distinta —la primera, para narrar el mundo de María Ángela, y la tercera, para el de Odilia—, siempre sentimos la tensión, cercanía, digresión, espontaneidad y yuxtaposición no estrictamente secuenciada del habla mental. En primer lugar, la elección de esa narración como discurrir de la memoria es adecuada a la intención de exponer los hechos y sus consecuencias desde dentro, desde la experiencia individual humana; de desvelarnos, del modo más convincente, los aspectos mentales y espirituales conformados por los acontecimientos que se relatan. En segundo lugar, el empleo de distintas personas gramaticales para establecer el contrapunto, no solo permite una distinción más precisa, sino que establece una conexión más directa con el personaje no histórico, lo que, además de posibilitarle a la autora una mayor libertad expresiva, define una cercanía afectiva hacia esta mujer, que representa al sector víctima y sufriente.

En consonancia con tal perspectiva escogida, se erige el lenguaje utilizado. Si bien la novelista asume esa forma cuasi oral, un tanto autónoma y dispersa, del habla interna, no quiere conferirle la naturaleza de una traslación mimética —como lo hicieran en su momento Virginia Woolf o James Joyce—, pues le interesa la legibilidad. Después de todo, en el arte, más que trasladar las formas exactas de la realidad, lo importante es sugerirlas. De aquí que utilice la acción verbal mental de modo estilizado, según su intención literaria. Este esfuerzo compositivo se traduce en momentos de inusitada belleza textual, los cuales se extienden desde la sencillez dramática hasta la sutileza lírica. Esto me parece un logro principal, pues muchos narradores, en su afán de realismo, olvidan que lo literario debe aproximarse a la verdad hasta conseguir lo verosímil, pero sin renunciar a su esencia estética.

La historia que se cuenta es un resumen neurótico, discontinuo, fragmentario —como las mentes de quienes recuerdan— del periodo de Duvalier, aquí denominado Doreval. Así, se puede leer la novela sin seguir un orden específico. Bien podemos agotar toda la narración de un personaje, primero, y luego, la del otro; o incluso, sin seguir el orden preestablecido, irnos sumiendo en el mundo que se nos expone, pues más que informarnos de los detalles de una historia, nos imbuye en un ambiente humano, un sentimiento y un significado que nos vuelven más sensibles hacia ese particular proceso histórico. A partir de la evocación de ambas mujeres, se reconstruyen sucesos, motivos, consecuencias, intereses de esa historia, lo que permite objetivar mejor las posiciones enfrentadas. Es una historia que se da, no por la ilación continua de un relato, sino por la suma de visiones y pensamientos de estas dos mujeres con mundos opuestos que reflejan peculiares estados de ánimo y memoria. A la autora parece interesarle, más que el inventario de hechos que caracterizaron ese periodo cruel y cardinal de la historia de Haití —accesibles en cualquier monografía o enciclopedia—, la secuela psicológica y moral. La novela teje muy bien lo subjetivo y lo objetivo, lo histórico y lo fabular, para, desde lo humano, dar un panorama de lo que fueron los brutales años de dictadura duvalierista, una larga saga de vejación, abusos y empobrecimiento que se extendió por 29 años, entre padre e hijo.

Ahí están la manipulación con que Doreval escala, peldaño a peldaño, hasta la cima; el tormento a los disidentes; la aniquilación de los oponentes; el uso de los tonton macutes (sus «hombres del saco»), con carta blanca para matar a los contrarios y esquilmarlos para su rédito; el manejo del vudú para acentuar los poderes del dictador e incitar un temor mayor; las prebendas y el enriquecimiento de amigos y familiares; la connivencia con los Estados Unidos, para ganar reconocimiento y permisividad para sus desmanes internos, etcétera. Tal y como lo revive Odilia:

Fabián nunca había repudiado el vudú como hicieron otros. Hay que utilizar todas las armas disponibles. La Iglesia católica y el vudú tienen cada uno su lugar propio. De lo que se trataba era de saber manipular fe y creencias. El éxito del poder dorevalista, justamente, consistía en su sincretismo… Naturalmente, era necesario que cada sector de la nación contribuyera a la obra de restauración nacional, pero había inconscientes que se aprovechaban del poder que el Difunto les había confiado para enriquecerse. Por eso el Difunto los castigaba severamente, a veces. La revolución pasa la cuenta a sus propios hijos.

Aquí se descubre un elemento significativo de la versión de Odilia: ella justifica las acciones del dictador, pues cree en su función restauradora, la entiende como una acción revolucionaria y, por ende, apoya la eliminación de quienes la obstruían. Esto es sintomático de la polarización del país entre los que medraban con la situación creada y los que sufrían los caprichos y desmanes.

María Ángela precisamente representa ese sector victimado. Ha crecido en la constante fragilidad de la violencia y el acoso: su tío, un estudiante de Derecho que ingresara en un partido de oposición, fue salvajemente cazado; su padre, un profesor de Historia, fue también abatido por exponer sus críticas en un programa radial; su madre se vio forzada a emigrar a Martinica y, luego, a Francia, llevando a cuestas el fardo de sus dolores, rencores y frustraciones, que transmitió a su hija —no así su tenaz voluntad de desafiar los inconvenientes y vencerlos—. Vive, pues, cercada, acosada, castigada por una historia que la madre le legara como un pesado lastre.

Todas tus historias de los años negros de Doreval me están llenando la cabeza; todos esos relatos volcados en los pliegues de las sábanas, entre la casa y la escuela, de la cocina al cuarto, de Port-du Roi a las Antillas francesas, de la Martinica a la metrópoli; esa palabra que siempre pronunciabas desde lo alto de más de un siglo de independencia, con una carga indefinible de desprecio en la voz, de anhelo, de nostalgia y de fatalidad bañada de cólera y de orgullo; cada sentimiento bien grabado en su estuche de memoria, de anécdotas, de incidentes apropiados. Así me llegó la historia de tu país, en ese tono a la vez beligerante, triste y digno, como un murmullo desesperante y bello, a imagen de tu vida.

Aunque siente haber «heredado tus sueños, a mi pesar», está convencida de que «yo no soy tú». Sin embargo, es esa historia la que domina y tensa su vida hacia un constante estado de alerta y cuestionamiento; un ánimo que la conduce a la ira, el odio y los bordes del crimen. De ahí ese estado de constante rabia y temor.

«Quisiera tener tu fe y aliviarme la conciencia dándome varios golpes de pecho. Pero no tengo más que la lógica irrefutable de mi ateismo y el corazón devastado de cólera contra mí y también contra ti, a pesar mío». Y, en su corazón, esta cólera empolla la idea de hacer justicia mediante la aniquilación de aquella vieja que tiene diariamente a su cuidado. La venganza es un sustituto que la ira erige cuando no se cumple la justicia. Y María Ángela es el fruto moldeado por la injusticia; una persona que no puede apartar ese pasado que orienta y contamina su cotidianidad. No obstante, la resaca mayor es el temor, un sentimiento que constantemente la acorrala y limita, incluso en la continuidad de su estirpe: «Tengo miedo de tener un hijo y de estropear su vida, de hacer de él un ser como yo, con el miedo en la planta del pie».

Por su parte, Odilia es una persona que, a las puertas de la anulación, se aferra al recuerdo de una vida de poder total, con sus múltiples esplendores y posibilidades. La asiste esa soberbia y la sostiene en un estrato virtual donde piensa que todavía es distante e intocable. De nacimiento humilde, pasó su infancia en un orfanato y cursó estudios secundarios en una escuela religiosa. Sin embargo, siempre tuvo claro su rumbo y su propósito de forjarse un destino diferente. Desatendía las propuestas de los jóvenes pudientes, hasta que tuvo la oportunidad de trabajar con aquel doctor que hacía campaña contra la tuberculosis por los campos del país, ganando la popularidad necesaria para escalar la silla de su potestad absoluta. De modo que Odilia vivía:

(…) demasiado preocupada por su futuro para dejarse embaucar por las palabras vacías de los jóvenes despreocupados. A los demás, a los trabajadores, las clases medias infatigables condenadas a soltar la lengua frente a un pizarrón o a trabajar como contadores en empresas ajenas, desestimulaban sus miradas ávidas de agradar sin mezquindad. No aspiraba a vivir una existencia apretada, condenada a controlar cada gasto, a dormir con la angustia cotidiana del mañana, a traer al mundo hijos destinados a reproducir las mismas vidas en perpetua devaluación. Cuando le presentaron al joven médico Fabián Doreval, reconoció enseguida a alguien que le permitiría salir adelante. Ambos compartían idénticas exigencias, orígenes similares y una ambición devoradora.

El fragmento dibuja no solo el carácter de la protagonista, sus desmedidas intenciones y su terca voluntad de construir su porvenir a contrapelo de las circunstancias. También aquí percibimos otra oposición entre María Ángela y Odilia. Mientras esta es responsable y creadora de su destino, aquella es una víctima que no puede más que intentar rehacer la fatalidad que ha dispuesto de ella y le ha dejado ese amargo pasado que la azota y angustia.

Un aspecto colateral, pero nunca insignificante, de la novela tiene que ver con sus narradoras. Para contar la historia, se ha escogido un par de mujeres, desde la perspectiva del componente más sufrido y abusado de la sociedad. La madre de María Ángela y ella misma no han conocido más que el desasosiego, la persecución, el dolor y la soledad. A este determinismo machista no escapa ni la propia primera dama, quien conoce no solo las aventuras extramatrimoniales del dictador, sino sus diatribas contra el papel de la mujer en la sociedad y, sobre todo, su violencia contra ella misma, que llega a lo físico. Este matiz confiere un valor añadido a la novela, pues intenta dignificar a la mujer en este recorrido de martirio y disminución.

La novelista logra construir un relato convincente, despojándolo de la tradicional visión de un lado absolutamente malo y otro níveamente bueno. Su honda y desprejuiciada mirada consigue dotar de complejos matices humanos a sus protagonistas, sorteando los enajenantes esquemas.

Así, la viuda exalta la campaña del dictador para mejorar la sanidad del país y reformar la vida de los campesinos. Lo ve como alguien que quiso modernizar y mejorar su país a través de su «revolución»; o sea, lo asume desde su perspectiva justificativa. Declara su apoyo a las acciones extremas para salvar su proyecto de gobierno. Se satisface de haber sido una confidente y consejera que le dictara muchas de estas duras acciones. Sin embargo, no esconde sus desacuerdos con el gobernante con respecto a la discriminación de las mujeres y en la defensa de su familia.

Por su parte, María Ángela ha sido mártir de aquella situación que la llevó a ser huérfana de padre y a tener que buscar el exilio con su madre, quien, demasiado sumida en sus asuntos, ha inculcado en la hija un miedo y una frustración absorbentes. No obstante, María Ángela no deja de pasar cuentas a su madre por esta fragilidad emocional que le ha infundido. Por eso aflora su propio rencor. No es una simple persona sufriente; quiere ser una actuante de su reivindicación. Así, planea tomarse la justicia por sus manos en la persona de aquella vieja postrada que ha sido culpable de mucho de lo ocurrido a su familia. Sin embargo, finalmente vence la sensatez y el respeto a la vida se impone. Es una metáfora a la única solución posible para el desenvolvimiento de esa nación.

La novela es un excelente ejercicio narrativo que nos pone en contacto con la ardua y martirizada vida de un país que, más allá de estas páginas, sufre aún hoy las consecuencias de tantos desatinos. Relato interesante y eficazmente contado, con una dureza que nos hace meditar en la historia y su erosión en el destino de los seres humanos.

Nota:
1- Aunque el personaje evidentemente recrea a Simonne Ovide, quien fuera esposa de François Duvalier, la novelista ha preferido no verse constreñida por los rigores de la historia, para poder desplegar mejor su invención de acuerdo con los propósitos que la alientan.