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De los bosques a los cañaverales

Fernando Padilla González, 09 de noviembre de 2012

Infinita satisfacción supone para quienes gustan de una lectura científica y con matices profundamente investigativos, la entrega editorial de una obra que cumpla con los requisitos anteriores. Tal es el caso de De los bosques a los cañaverales. Una historia ambiental de Cuba, 1492-1926, de Reinaldo Funes Monzote, publicado por el sello Ciencias Sociales del Instituto Cubano del Libro.

En el prólogo de la obra, titulado “La irracionalidad ambiental de la racionalidad económica”, Armando Fernández Soriano, investigador de la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre, afirma:

“Pocas veces se tiene la oportunidad de presentar un libro trascendente, que resulte a la vez síntesis y apertura de nuevos y complejos temas. Hoy el lector tiene en sus manos un ensayo que penetra en un tema recurrente de la historiografía cubana, pero con un enfoque diferente: la historia ambiental y la transformación del espacio por la expansión de lo que fue durante siglos el eje económico y cultural de la colonia, primero, y de la República, después; el monocultivo e industria de la caña de azúcar.

Como obra pionera, De los bosques a los cañaverales. Una historia ambiental de Cuba, 1492-1926, abre nuevos campos a la investigación histórica en Cuba. Su agudo análisis sobre los procesos de homogenización ecológica y antropización de los ecosistemas isleños trasciende a la realidad actual del país en cuanto a cómo abordar los retos del cambio económico y cultural al que estamos abocados. El permanente corrimiento de fronteras agrícolas y demográficas con la expansión azucarera a expensas de los bosques originarios, nos presenta un ejemplo de la irracionalidad ambiental respecto a la racionalidad económica con la cual se actuó durante el período donde primó su majestad el azúcar. Este, a mi modo de ver, es uno de los aportes de esta obra a la historiografía y la cultura cubanas”.

El lector tendrá ante sí el privilegio de transitar por los valores cognoscitivos que aportaron, en su momento, reconocidos historiadores y personalidades de la vida socio-económica de Cuba, como Francisco de Arango y Parreño, Alejandro de Humboldt, Ramón de la Sagra, Miguel Rodríguez Ferrer, los hermanos Francisco y José Frías, Álvaro Reinoso, José A. Cosculluela, Juan T. Roig, Ramiro Guerra.

Junto al valioso caudal atesorado y compilado por Reinaldo Funes Monzote en De los bosques a los cañaverales, dialogan otros saberes más contemporáneos, fruto de la labor investigativa de noveles especialistas multidisciplinarios. Por último, pero no menos importante, se encuentran las pesquisas realizadas por Funes Monzote en archivos cubanos y españoles, en los años que preparaba el texto para la defensa de su tesis doctoral en la Universitat Jaume I de España.

Estructurado en seis capítulos y poco más de 450 páginas, De los bosques a los cañaverales, nos remonta a la situación inicial del recurso forestal cubano a la llegada de los europeos, transita por las complejidades y multiplicidad de intereses económicos, hasta desembocar en “la ofensiva final del azúcar” sobre los bosques, con la creciente entrada a la Mayor de las Antillas del capital norteamericano en las dos primeras décadas del siglo XX.

Ante el arribo de las “naos conquistadoras” al Nuevo Mundo, América fue descrita y representada como una tierra promisoria y fecunda. Así quedó recogido en el Diario de Navegación del Almirante Cristóbal Colón, quien estampó sus impresiones sobre la majestuosidad del mundo vegetal caribeño, propicio para obtener maderas destinadas a la construcción y carena de las naves, a la construcción de la infraestructura que permitió el proceso de conquista y colonización, y en la obtención de materias primas esenciales para la fabricación de medicamentos, tintes textiles, etc, sin obviar las bondades de la tierra ante los cultivos como la caña, la cual prendió con facilidad en el clima tropical.

En el prólogo a la edición de Siglo XXI Editores de 2004, comenta José A. Piqueras, catedrático de la Universitat Jaume I:

“Los bosques, en cuanto a manifestación del ecosistema, fueron puestos al servicio de una determinada concepción económica. De valor de uso pasaron a ser dotados de un valor de cambio mediante la mercantilización del suelo y de los recursos naturales, a través de un proceso de individualización de la propiedad que dejaba atrás los sistemas agropecuarios de subsistencia, o débilmente comerciales, para dar lugar a una implacable agroindustria cuyos frutos eran destinados al mercado mundial. Para ello hubo que extinguir las formas de posesión introducidas con la llegada de los primeros colonos castellanos, que convirtieron la Isla en un realengo a la vez que accedían a la mercedación de tierras para hacer de ellas sitios de labor, hatos y corrales”.

Revelador resulta, sin lugar a dudas, el segundo capítulo de la obra, en el cual el autor aborda las diferentes aristas de una de las mayores problemáticas económicas y con ciertas implicaciones políticas del período colonial cubano: la explotación de las áreas boscosas de la Isla en función de la Armada española o de la naciente pero sólida industria azucarera.

A la luz del tiempo, estudios sobre ingeniería naval han venido a confirmar los conocimientos de los carpinteros de ribera, armadores y asentistas que preferían las maderas preciosas cubanas para la construcción de los navíos, integrantes de las diferentes escuadras españolas, supeditadas a los departamentos de Marina de la Corona. Hoy conocemos que los bajeles botados de las gradas navales cubanas eran mucho más resistentes a la humedad, a los ataques de agentes bióticos xilófagos -como el teredo navalis o broma- y a los impactos de las bala de cañón en el fragor del combate. Su tiempo útil de servicio se estima tres veces superior al del resto de los navíos construidos en los arsenales de España, aspecto que obedece a la calidad de las maderas de la Mayor de las Antillas.

Ello conllevó que, por ordenanza real, se destinaran áreas a los cortes para la construcción naval, aspecto que en muchas ocasiones entorpeció y frenó el desarrollo creciente de la industria azucarera. A su vez, el cultivo y la producción de azúcar demandaban de grandes extensiones para la siembra de la caña y la instauración de trapiches e ingenios.

El impacto de esta actividad económica sobre los bosques de Cuba fue notable. Funes Monzote ilustra con argumentos y cifras como se desmontaban considerables zonas boscosas mediante la tala y la quema. La madera no se desechaba sino que se utilizaba en la confección de instrumentos y útiles para los ingenios, sin obviar la significativa demanda que suponía la realización de los embalajes que debían facilitar el transporte del producto hasta la rada habanera, para luego ser embarcado en las flotas con rumbo a la metrópolis.

De los bosques a los cañaverales culmina con un breve recuento de las acciones promulgadas a favor de la conservación de los bosques cubanos y su diversidad biológica, a manera de llamado esperanzador por el bien de la naturaleza y el ser humano.