Entre lo excepcional creíble: el realismo de Daniel Chavarría o Daniel Chavarría: "el autor más robado"
La noche olía a mate, humedad y a trigo recién cortado. Sentados en corro alrededor de la hoguera, resguardados por las ramas del ombú de la pampa, arrullados por el balido de las ovejas que esperaban por la esquila, todos escuchaban el fluir de las historias. Muchas veces los cuenteros eran trabajadores itinerantes que llegaban a la estancia en busca de empleo, y traían consigo incontables anécdotas construidas entre el rigor de la tierra y la vibración de unos campos donde se respiraba imaginación; otras, los narradores eran gauchos veteranos que cargaban vivencias de guerras civiles con voces nacidas en otro siglo. El niño, de unos ocho o nueve años, se quedaba ensimismado bajo el influjo de palabras que destilaban aventura y mundo. En ese momento su anhelo era crecer muy pronto, volverse viejo y tener, él mismo, un arsenal inagotable de experiencias.
Era el Uruguay de la década del 40 del siglo XX, el mismo que alguien, en un arrebato europeísta, había dado en llamar la Suiza de América. Y allí, cerca del emblemático Río de la Plata, encendido por la fuerza de las crónicas de sus mayores, inspirado por Las aventuras de Huckleberry Finn que un primo puso en sus manos, el pequeño Daniel descubrió que su destino sería contar historias.
Por eso, más de seis décadas después, cuando el nombre de Daniel Chavarría, impreso en la cubierta de un libro, despierta en el público el impulso irrefrenable de devorar sus páginas, cuando el niño de entonces es ya un autor respetado por críticos y lectores, el hombre de hoy reconoce en aquel muchacho soñador, la génesis de una vida marcada por peripecias especiales que luego serían abono de numerosas novelas.
“Y es que para mí, escribir, era escribir novelas, ese era el único género que yo ambicionaba manejar”, confiesa el tejedor de historias, padre de personajes singularísimos que suelen enfrentar peculiares sucesos. “Soy un escritor que podríamos definir como realista, pero un realismo de lo excepcional creíble. El mundo de la cotidianeidad es muy interesante y algunos autores lo manejan con especial virtuosismo, pero no me estimula. Mi vida está llena de cosas raras y me di cuenta de que en ella tenía una cantera muy importante para novelar”.
A ello atribuye parte de su éxito, a “esa excepcionalidad de los personajes, con actitudes raras. Mi vida ha estado plagada también de cosas insólitas, por eso tengo de donde echar mano. De cualquier modo, tengo que apelar a mecanismos de relojería, hacer que todo coordine, pues la coherencia es un requisito fundamental de mi obra. Es por eso que toda trama tiene que tener una dedicación muy grande.”
Pero fue esa misma existencia, colmada de acontecimientos curiosos, lo que retrasó la aparición de la primera obra. El título, Joy (1978), cuando ya el
escritor tenía 45 años; el escenario, Cuba víctima de la guerra biológica lanzada desde el imperialismo estadounidense; el resultado, el premio Capitán San Luis a la mejor novela policíaca de la década, y la venta de un millón de ejemplares en la Isla y en las antiguas repúblicas socialistas, según recuerda Chavarría.
“Cuando era joven intenté escribir y no me salía nada, no me gustaba lo que hacía. Después realicé estudios de latín y griego, me volví muy aficionado a las lenguas clásicas y por varios años traté de escribir y fracasé sistemáticamente. Como muchos jóvenes, cometí el error de tener modelos, paradigmas, autores que quería imitar; en ese intento fallaba, porque el oficio literario requiere muchos años para formarse y sin él todo lo que se escriba es imperfecto. Yo pensaba en Mann, en Balzac, después en García Márquez, y cuando miraba el resultado me enfurecía y lo rompía”.
“Además, de joven llevé una vida muy complicada, me casé temprano, tuve hijos, milité en el Partido Comunista de Uruguay, traté de estudiar en la universidad, y viví siempre con enorme estrés y bastante torpeza para ganarme el sustento. Entonces me fui alejando del deseo de escribir, hasta que el destino me trajo a Cuba”.
Antes de la llegada a la Isla en la que nacería su producción literaria, el ánimo aventurero lo había llevado a conocer Europa, a donde arribó con 19 años. En el Viejo Continente realizó las labores más increíbles para vivir, desde abrir huecos en las cañerías de un edificio, hasta trabajar como modelo, cuidar coches o contrabandear. De ese viaje al otro lado del Atlántico saldría Aquel año en Madrid, uno de los libros en los que Chavarría vuelve ficción su propia realidad, para construir un atractivo entramado de personajes con caracteres complejos, eventos singulares y apasionantes intrigas.
Fue también antes de venir a Cuba que vivió la experiencia de ser militante comunista, la represión política, el enrolamiento como buscador de oro para huir de sus persecutores. Incluso el propio arribo a la Mayor de las Antillas está rodeado de simbolismo y peculiaridad, cuando una delación de sus actividades guerrilleras en Colombia, y la consiguiente amenaza de muerte, lo obligaron a secuestrar un avión y dirigirlo hacia el país cuya revolución “había despertado el optimismo de los jóvenes de mi generación”.
Con el lanzamiento de Joy, el nombre de Daniel Chavarría comenzó a insertarse dentro del ámbito literario de la Isla. “Con esa novela ya tenía una voz propia, ya tenía cosas que contar y no necesitaba imitar a nadie”, comenta el autor, al tiempo que anuncia que en la Feria Internacional del Libro 2013 el público podrá acceder a una nueva edición de aquella obra primigenia, con la que los sueños infantiles devinieron incuestionable realidad.
Desde entonces, el escritor no dejaría de crear, y sus obras alcanzarían éxito tras éxito, tanto en aclamados certámenes literarios como en el seguimiento constante de los lectores.
Así llegaron los premios Dashiell Hammet a la mejor novela policíaca en lengua española del año 1991 para Allá ellos; el Planeta-Joaquín Mortiz, de México, o el Ennio Flaiano, de Italia, para ; el Edgar Allan Poe, por Adiós muchachos; el Casa de las Américas, por El rojo en la pluma del loro; o el Alejo Carpentier, que reconoció a Viudas de sangre, entre muchos otros galardones.
En 2010, el Ministerio de Cultura de la nación caribeña le otorgó el Premio Nacional de Literatura. El reconocimiento recayó de ese modo en un autor que aunque no nació en la Isla, se considera a sí mismo un escritor cubano. “Si no hubiera estado en Cuba no habría podido escribir”, apunta.
La Feria Internacional del Libro 2013 está dedicada a él y a su obra, lo que supone una excelente oportunidad para que los lectores asistan a un reencuentro con títulos como los mencionados o Príapos, Una pica en Flandes, el autobiográfico Y el mundo sigue andando, El aguacate y la virtud, en el que Chavarría, perenne autor de novelas, se arriesga a incursionar en el cuento: “Ese libro fue escrito a la carrera para complacer a un exalumno”, confiesa. “Hasta el momento había escrito como 20 novelas y solo cinco cuentos en todos mis años de escritor, que ya son 33. Siempre me suponían un trabajo infernal, porque soy demasiado retórico al escribir y al pensar, por lo que necesito un gran espacio, mientras el cuento requiere síntesis”.
“Hace como dos años se me ocurrió una idea y pensé que no servía para novela, así que decidí escribirla como cuento, me senté, y salió de un tirón en unas tres horas. Lo envié a un concurso y resultó ganador. En ese momento me percaté de que había salido más fácil porque antes lo había narrado de manera oral y a las personas les había gustado. Entonces decidí escribirlo con los mismos recursos de la oralidad”.
De esa irrupción en el género surgieron también los Cuentos para ser oídos, obra que viene acompañada de un audio libro en el que el autor lee cinco de las historias, precisamente aquellas en las que se emplean con mayor fuerza los códigos de la oralidad, herencia de las noches de la infancia en las que el mate pasaba de mano en mano al calor de la lumbre y bajo el influjo de las anécdotas.
Pero al narrador incansable pareciera que ya no le basta con los límites de la ficción, y revela que últimamente le ha dado por las biografías. “Ahora estoy escribiendo sobre la vida de Raúl Sendic, el fundador de los tupamaros, libro que estará dirigido especialmente a la izquierda latinoamericana”. Tras los pasos del guerrillero regresa a su Uruguay natal, donde lo esperan documentos, pistas, testimonios de una existencia que será moldeada por las manos del escritor siempre empeñado en remarcar su atracción por lo excepcional, y que pretende, a través de su destreza para jugar con personajes y hechos, acercar el luchador a sus contemporáneos.
Además, los amantes de sus obras descubrirán en la fiesta literaria una nueva novela, La piedra de rapé, en la que el autor recurre a los códigos de la aventura, el suspenso, la multiplicidad de personajes, escenarios y tramas. “Se trata de una novela histórica, cuya protagonista es una aristócrata francesa que conspira contra el Cardenal Richelieu. Se desarrolla en Francia, Sevilla, América, y además, se retoman personajes que aparecen en La sexta isla”.
Son las novedades de un autor consagrado que, a pesar de acumular logros envidiables, continúa creando. Las novedades del autor que considera El ojo de Cibeles como la obra que más trabajo le costó y, al mismo tiempo, la que lo valida como escritor. “Es la más ambiciosa desde el punto de vista estilístico, cultural, estético y creo que tiene elevados propósitos. Ahí planteo mi teoría de que el origen del cristianismo podría estar en esos viejos griegos barbudos y llenos de supersticiones”.
“Mucha gente le tiene miedo a esa novela porque existe una distancia de 2500 años con relación a lo que se cuenta, por el vocabulario empleado, pero creo que la propia obra explica las dudas que puedan surgir con su lectura. Pienso que el mensaje cultural está logrado, además de que la encuentro muy divertida”, apunta.
A pesar de los temores que observa en algunas personas, al considerar sus textos demasiado “culturosos”, en Chavarría se da una feliz dualidad no siempre presente en los creadores: la de ser un escritor pródigamente premiado y, al mismo tiempo, la de contar con la preferencia y el seguimiento de los lectores, que suelen responder con excitación y agrado a cada una de sus entregas.

“En general los autores más aceptados por el público no suelen ser los mejores. En este momento es muy lamentable que Dan Brown sea considerado una figura, pues escribe cosas que engañan al público. Pero hay agradables coincidencias en las que eso sucede. Ahí está, por ejemplo, una novela como Harry Potter, que constituye un disfrute fantástico en el que concuerdan los intereses editoriales con los del gran público y justifica el hecho de que sea best seller”.
“Debo decir en mi caso, que uno de los premios que más me satisface es el llamado Puerta de Espejo, otorgado por la Biblioteca Nacional a las obras más solicitadas en la red de las bibliotecas públicas, reconocimiento que he ganado en dos ocasiones”.
Mientras habla sobre ese galardón las palabras destilan orgullo, satisfacción por saberse dueño de una obra que ha dejado huella entre varias generaciones de lectores. Por eso la sonrisa pícara aparece cuando anuncia que, además, tiene el honor de estar entre los autores más robados. “Las bibliotecarias cuidan mis libros con mucho celo, porque muchas veces se los llevan”.
Y es que sus textos desaparecen con gran velocidad de las librerías, la avidez del público los agota de inmediato en cualquier lanzamiento, las tiradas suelen ser pocas para satisfacer la demanda de quienes lo conocen, y de quienes lo descubren. Por eso bromea “ese podría ser el título de la entrevista: El autor más robado”. Y la idea parece buena, tendría la seducción del suspenso que él maneja con genialidad, despertaría el ansía de descubrir al escritor que lleva incluso a delinquir con tal de poseer su obra. Pero un título como ese escondería también el nombre de Daniel Chavarría, un nombre que, por sí solo, ya representa un gancho mayor que el de los más atractivos misterios.