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Félix Varela, memoria en prosa

Fernando Padilla González, 20 de noviembre de 2012

Quien pretenda reflexionar acerca de los orígenes del pensamiento revolucionario cubano, quien hurgue en la génesis del movimiento filosófico y los primeros argumentos, velados o no, acerca de un moderado aunque firme separatismo, debe revisar la obra de Félix Varela y Morales, sacerdote, escritor y maestro, a quien sus discípulos llamaron “el más sabio y virtuoso de los cubanos” y en quien José de la Luz reconoce “a quien primero nos enseñó en pensar”.

Félix Francisco José María de la Concepción Varela y Morales nació el 20 de noviembre de 1788 en la calle habanera de Obispo, número 91, entre Villegas y Aguacate. Tan solo tres años después, junto a sus padres Francisco Varela y María Josefa Morales, emprendió su primer viaje a territorio norteamericano, al ser nombrado gobernador de San Agustín de la Florida su abuelo materno, el coronel Bartolomé Morales.

A inicios de siglo regresa a La Habana y matricula en el Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, donde al amparo cognoscitivo del sacerdote irlandés Miguel OReilly adquiere las primeras nociones de latinidad, gramática, música y humanidades.

Años más tarde, su consagración al saber será rectorada por los prestigiosos docentes de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana: Lucas de Ariza, Félix Fernández Veranes, Bernardo Rafael de los Santos y fray Remigio Cernedas, este último considerado el más prestigioso orador sagrado de la época.

El saber no restará espacio a la participación y el fomento de actividades culturales, como fue la creación, junto a sus amigos más allegados, de la primera Sociedad Filarmónica de La Habana, al tiempo que ven la luz su obra El desafío, drama de un profundo contenido moralizador; Resumen de las doctrinas metafísicas y morales enseñadas en el Colegio de San Carlos y los cuatro tomos de Institutiones philosophiae ecleticae ad usum studiosae iuventutis editae, los dos primeros en latín, siendo el tercero y el cuarto en español, sin precedentes hasta entonces.

El discurso titulado “Influencia de la ideología en la sociedad y medios de rectificar este ramo”, pronunciado el 21 de febrero de 1817, le vale el ingreso como miembro de número de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Su inquieta pluma transita del tintero al papel y surgen obras como Lección preliminar, apuntes filosóficos sobre la dirección del espíritu humano; Lecciones de filosofía, en cuatro entregas y Observaciones sobre la Constitución política de la monarquía española, la última de sus obras escritas en La Habana, antes de su periplo por las Cortes españolas y la partida al exilio en Norteamérica.

Como diputado a las Cortes en 1822 propuso la creación de una Diputación Provincial Permanente en Cuba, lo cual no podía interpretarse de otra manera que como un temprano empeño de autonomía bajo la soberanía española, tendiente a la ulterior separación de la Corona.

Ante la cobarde actuación del monarca Fernando VII, quien otorgó al invasor extranjero los destinos de España y en cierta medida de sus colonias, Varela votó por la destitución del rey, por lo que tanto él como los restantes diputados que alzaron su mano en contra, enfrentaron la persecución del monarca. Debió entonces dejar atrás la amada patria que lo vio nacer para escapar a Gibraltar, en una travesía que le deparó no pocos riesgos para su vida. Luego embarcaría hacia los Estados Unidos, donde permaneció hasta su muerte a los 65 años de edad.

A su llegada a Norteamérica fungió como vicario general del obispo Connolly de Nueva York. Poco después decide trasladarse a la ciudad de Filadelfia donde crea, en 1824, el rotativo independentista El Habanero, papel político, científico y literario, medio propicio para la divulgación de su credo político, filosófico, educacional y ético, todos bajo la convicción de que el futuro alentador de Cuba debía reposar en su independencia absoluta.

Así lo demuestran no solo los textos publicados por el periódico sino también las conversaciones sostenidas con el presidente de México, Guadalupe Victoria, quien le expresa su voluntad de cooperación para alcanzar la libertad de la patria caribeña. Varela ve, tras el ofrecimiento, la garra norteamericana y la figura de Joel Robert Poinssett, agente secreto de los Estados Unidos en América Latina. La claridad del pensamiento del presbítero cubano no podrá ser nublada por gentiles ofrecimientos, consciente está que la separación de la Mayor de las Antillas del yugo español debería hacerse por los cubanos, límpida de mezquinos intereses imperiales.

Firme en su posición, Varela y su obra constituyen un pleno desafío a los intereses coloniales españoles en Cuba. Es por ello que, en 1825, es enviado desde La Habana al “Tuerto Morejón”, mayor de la policía, con órdenes terminantes de asesinarlo, al tiempo que en la Isla quedaba prohibida la circulación de El Habanero. Junto a otra de las figuras cimeras de la revolucionaria intelectualidad cubana, José Antonio Saco, funda El Mensajero Semanal, que se distribuye en las ciudades de Nueva York y Filadelfia. Al ser nombrado Saco director de la Revista Bimestre Cubana, Varela le envía constantes colaboraciones, acción que comparte con los diarios New York Weekly Register and Catholic Diary y The Catholic Observer.

Su actividad literaria es fecunda. En 1835 publica la primera entrega de una de sus obras capitales, Cartas a Elpidio sobre la impiedad, la superstición y el fanatismo, en sus relaciones con la sociedad, en pos de comunicar y sensibilizar, principalmente a los jóvenes cubanos, sobre la necesidad de la información y el conocimiento de temas éticos y patrióticos.

“Si debo destacar, por su extraordinaria importancia y en aras de subsanar un absoluto desconocimiento en toda su bibliografía activa conocida hasta el momento, que del conjunto de trabajos no religiosos, la obra de mayor relevancia del Padre (Félix Varela) resulta ser la novela Jicoténcal, publicada de manera anónima en 1826, en la ciudad de Filadelfia, como otras publicaciones de Varela”, comenta en un reciente estudio la investigadora Ana Suárez Díaz sobre la polémica Jicoténcal, considerada la primera novela histórica americana escrita en lengua castellana.

“La obra se refiere a la conquista de México por Hernán Cortés y sus aliados tlaxcaltecas, de donde emergen los opositores, Xicoténcatl el viejo, y el héroe, Xicoténcatl el joven. El fin primordial del autor parece ser la prédica política. Estudiosos afirman que es también Jicoténcal la primera novela indigenista, anticipándose a Netzula, de 1832; a Gonzalo Pizarro, de 1839 y a Guatemozín, último emperador de México, de 1846, de la también cubana, Gertrudis Gómez de Avellaneda”.1

La década del cincuenta descubre a un Varela de precaria salud. El clima norteño hizo particular mella en su integridad física, aparejado a una vida sin sosiego en virtud de la noble causa patria y en el afán de una iglesia que respondiera a las necesidades reales de la sociedad. La lectura le es esquiva, pues la ceguera se yergue en tenaz obstáculo, mientras lo que un día fue su firme pulso no será más que un manojo nervioso que privaba a su lúcida conciencia de continuar con el noble ejercicio de la escritura.

La triste estampa del genial cubano presagiaba el desenlace, el Padre, el orador talentoso, el Maestro de maestros, el patriota, el cubano que no vaciló en rechazar la ciudadanía Norteamérica, o simplemente Félix Varela, moría en febrero de 1853, mientras en La Habana, apenas días antes, nacía un niño que continuaría su obra intelectual e independentista: José Martí.

Con la llegada de un nuevo siglo, el XX, arribaron los restos de Varela a Cuba procedentes del cementerio de San Agustín en La Florida. Las cenizas fueron colocadas en un cenotafio de mármol blanco en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, en el cual reza la inscripción en latín: “Aquí descansa Félix Varela. Sacerdote sin tacha, eximio filósofo, egregio educador de la juventud, progenitor y defensor de la libertad cubana quien viviendo honró a la Patria, y a quien muerto sus conciudadanos honran en esta Alma Universitaria en el día 19 de noviembre de 1911. La Juventud Estudiantil en memoria de tan gran hombre”.

Nota

1 Ana Suárez Díaz: Félix Varela Morales, exilio y obra religiosa (Nueva York, 1824-1850), Ediciones Boloña, La Habana, 2011, pp. 25 y 26.