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Sergio Prieto: desde niño me picó el “bichito” de la actuación

Jesús Dueñas Becerra, 23 de noviembre de 2012

El lobby del tercer piso de Radio Progreso fue el sitio idóneo para entrevistar al actor y escritor Sergio Manuel Prieto Sánchez (Remedios, Las Villas, 1932), integrante del elenco dramático de la "Emisora de la Familia Cubana" hasta su reciente jubilación, pero no retiro, porque según me manifestara mi interlocutor: «estoy dispuesto a continuar trabajando como actor, tanto en cualquier emisora radial, como en el teatro, la pantalla chica y el séptimo arte […] si llegaran a solicitar mis servicios».

Sergio Prieto (su nombre artístico) es miembro de la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y ha recibido varios lauros y menciones por su loable labor en las tablas caribeñas.

¿Cómo nació y se consolidó su vocación hacia el arte en general, y hacia la actuación en particular?

En el Instituto Edison (institución educacional privada, del barrio de La Víbora, que existía en la capital de la Cuba republicana, hoy escuela primaria), participaba activamente en cuanto festival cultural se organizara en el centro. Ahí fue donde me picó el «bichito» de la actuación.

En los años 50 del pasado siglo, hice mis primeros pininos en la emisora COCO en el espacio La Rosa Blanca, dirigido por Waldo Medina. Dicho espacio estaba dedicado a divulgar la vida y la obra de José Martí, mientras que el guión también incluía la narración de episodios memorables de nuestras gestas independentistas. En ese contexto, les presté piel y alma a varios personajes, incluido el protagónico.

Con posterioridad, hice amistad con un actor, cuyo nombre he reprimido, pero no olvidado, que me llevó al teatro Payret para trabajar en un espectáculo, cuya principal figura era el cantante y sacerdote mexicano José Mojica.

En esa época me presenté a examen de ingreso al Teatro Universitario, donde estudié y me gradué como actor. Todavía evoco con emoción y respeto a mis inolvidables maestros, en quienes descubrí los valores esenciales en que se estructura la personalidad de un verdadero actor.

Tres años después, obtuve el carné de profesional, expedido por la Asociación de Artistas, luego de aprobar una rigurosa evaluación. Esos fueron, en apretada síntesis, mis primeros balbuceos en el campo de las artes escénicas caribeñas.

Después de dar esos pasos iniciales en el mundo mágico de la actuación, ¿cómo se produjo su entrada profesional en el universo mediático insular?

Comencé a trabajar en la radio, el teatro y la televisión, pero mi verdadero debut profesional fue en las tablas, que son, y serán, una de mis grandes pasiones.

En 1961, se fundó la sala Tespis, cuya nómina integré como actor, director y jefe hasta 1966. A partir de esa fecha, me incorporé a la hoy cincuentenaria compañía teatral Rita Montaner, que dirige el dramaturgo Gerardo Fulleda León.

En el seno de esa emblemática agrupación, desempeñé los más disímiles papeles e incursioné en variados géneros dramatúrgicos (dramas, comedias, farsas, etc.). Alternaba mi labor en la compañía Rita Montaner con la dirección de la sala Thalía, y con breves incursiones en la pequeña pantalla.

En 1998, me trasladé a la agencia ACTUAR y empecé a trabajar, simultáneamente, en las emisoras Progreso, Cadena Habana, Ciudad de La Habana y Radio Arte. Este año 2012, me jubilé como actor de la radio, pero en modo alguno me retiré, como le aclaré antes de iniciar este diálogo.

Además de ser un excelente actor, usted es escritor. ¿Podría hablarnos un poco acerca de esa faceta suya, quizás un poco menos conocida?

En la década de los sesenta del extinto siglo XX, escribí algunas versiones para teatro, así como una obra infantil Fábula del jabalí y la coneja, laureada con el Primer Premio en el Concurso «13 de Marzo», convocado por la bicentenaria Universidad de La Habana, así como una mención en un certamen literario municipal.

No obstante estar jubilado como actor, en la Onda de la Alegría continúo escribiendo guiones radiales hasta que mis facultades mentales me lo permitan.        

¿Qué les recomendaría a los actores y actrices que dan los primeros pasos en esa noble profesión?

Estudiar y leer mucho para adquirir cultura general, disciplina, no estar satisfecho nunca con lo que se hace, para ir mejorando, no solo como actores y actrices, sino también como seres humanos, aceptar la crítica constructiva, respeto al público y a ustedes mismos cuando suban a un escenario o entren a un estudio radial o televisivo.            

¿Podría relatarles a los lectores y las lectoras alguna anécdota o experiencia que haya quedado registrada en su memoria poética?

¡Claro que sí! El Coro hablado, que dirigía la maestra Elena de Armas, en el Teatro Universitario, fue invitado a una actividad solemne, celebrada el 27 de noviembre de 1959, once meses después del triunfo revolucionario. Actuamos en la histórica escalinata del Alma Mater, ante una inmensa multitud. Al finalizar nuestra actuación, se hizo un silencio sepulcral durante breves segundos, hasta que —de buenas a primeras y sin que nadie lo esperara— aquella muchedumbre comenzó a aplaudir desaforadamente. Si bien eso fue algo inolvidable para quienes componíamos el Coro hablado, muchísimo más impactante fue el hecho de que el comandante Fidel Castro Ruz, quien estaba presente en el acto, me diera la mano a mí, que fui el primero en salir de la tarima, al igual que al resto de los integrantes de dicha agrupación vocal.

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