Los conflictos de género desde la perspectiva de una escritora africana de expresión francesa: Una carta tan larga, de Mariama Bâ
A pesar de la riqueza de sus formas y la amplitud de sus temáticas, la literatura africana ha sido poco traducida al español. Consecuentemente, no es muy conocida por los lectores hispanohablantes en general, ni por los cubanos, en particular, aun cuando desde hace algunos años en la Isla se han hecho grandes esfuerzos por difundirla a partir de una labor de nuestras editoriales orientada en tal sentido. Así, ante un horizonte con la Feria del Libro dedicada al continente africano en su conjunto y a Angola como país principal, la oferta editorial cubana exhibe ya un catálogo bastante nutrido de obras traducidas al español por un grupo de profesionales del patio.
Si bien la poesía (oral o escrita) es el género de mayor fuerza y representatividad en África, donde, además de valorarse como creación eminentemente literaria, se le considera un arma política capaz de fijar y transmitir enseñanzas, la obra que hoy escojo es la novela Una carta tan larga, de la senegalesa Mariama Bâ. Más que una denuncia en términos directos de barricada, presenta el drama de la desigualdad de la mujer africana a través de delicados, frágiles equilibrios, administrados con sabiduría casi exclusivamente por personajes femeninos, quienes se debaten entre la poligamia y los matrimonios forzados, pero también nos hablan de la maternidad, la confianza, la camaradería, la tradición, las esperanzas y el futuro posible. Es una historia de valentía, amistad, dolor y reconstrucción de un mundo personal desmoronado, .que pasa por la descripción de situaciones personales y familiares concretas y recuerdos de juventud, en una sociedad que apenas inicia su camino independiente y oscila entre modernidad y tradición. Publicada en 1979 por Nouvelles Editions Africaines como Un si longue lettre1 (Premio Noma, 1980), es la ópera prima de la autora, quien a los cincuenta y un años escribe, originalmente en francés, este relato epistolar considerado por muchos una de las tres novelas más importantes de la literatura africana.
En la década del sesenta del pasado siglo, la aparición de las mujeres escritoras en África supone un cambio cualitativo en las letras del continente. En sus inicios, tuvo una fría y escéptica acogida. Solo a partir de los setenta comienza a ser reconocida y aceptada, sobre todo por los escritores hombres, acostumbrados —salvo en muy contadas excepciones— a describir a sus personajes del género opuesto desde cierta distancia y sin mayor profundización.
Cuando se alcanzaron las independencias en África, a la figura masculina en la literatura se le adjudicó la función activa de sujeto-ciudadano, mientras que a la mujer correspondió el papel pasivo de objeto-nación, guardiana de la tradición, supuestamente destacada también como icono de los valores nacionales, pero tal postura, presuntamente relevante en la escala de valores del país que ensalza e idealiza su feminidad, en realidad no hace sino cosificarla, encubrir la subordinación, excluir a la mujer africana de las esferas de poder y cerrarle el acceso a todo tipo de representación política que le permita transformar su sociedad. Véanse, si no, los párrafos donde Bâ reproduce las elocuentes posturas de Douanga, un viejo amigo que ocupa un escaño en la Asamblea Nacional senegalesa:
¡Llevamos casi veinte años de independencia! ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar para poder ver a la primera mujer ministra (…)? Sin embargo, ya han quedado más que demostradas la militancia y la capacidad de las mujeres y su compromiso desinteresado (…) —¿A quién dices todo esto, Ramatoulaye? Eres como el eco de mis intervenciones en la Asamblea Nacional, donde me tachan de “feminista”. No soy el único que insiste en cambiar las reglas del juego e introducir aire fresco. La mujer debe dejar de ser un accesorio que adorne, un objeto que se cambie de puesto, una compañera a la que adulamos o calmamos con promesas. La mujer es la raíz primigenia y fundamental de la nación, a partir de la cual todo el resto nace y florece. Es necesario incitar a la mujer a interesarse más por el futuro de su país. Incluso tú, Ramatoulaye, que ahora protestas, has preferido un marido, hijos y una buena situación social a la cosa pública. Si en los partidos solo militan los hombres, ¿por qué deberían pensar en las mujeres? No es sencillo hacer crecer un país (…). Hace falta dinero, un montón de dinero, que hemos de encontrar en los países extranjeros a base de ganarnos su confianza. Con una única temporada de lluvias y un único cultivo, Senegal no irá demasiado lejos, aunque no le falten ganas.
Cabe recordar que precisamente fue en Senegal, la patria de Mariame Bâ, donde Leopold Sedar Senghor propugnó la imagen de la “Madre África” asociada a la maternidad, pero la circunscribe, quizás sin proponérselo, a la función de objeto sexual reproductivo. No es de extrañar entonces que la “Madre África” no aparezca en la literatura africana escrita por mujeres.
Una carta tan larga es de las primeras obras en llevar a primeros planos la real condición de la mujer en la sociedad africana y en abordar críticamente, en femenino, el tema de la poligamia y de la privación de todo derecho ciudadano. En la corta vida de Mariama Bâ, y en su herencia cultural, se manifiestan los principales rasgos que marcan la literatura africana contemporánea desde la perspectiva de género: los valores autóctonos de su pueblo, la educación musulmana tradicional y la impronta de la cultura occidental resultante de la colonización. Nace en Dakar, en un medio acomodado. Su padre fue ministro de Salud en 1956. Pierde a su madre muy temprano, es educada en el Islam por su abuela y, en su medio familiar, tiene que batirse contra la tendencia discriminatoria de sus mayores, para que le permitan acceder a la instrucción, la cual le estaba absolutamente vedada por su condición de joven musulmana. Logra ingresar en la escuela Normal de Rufisque y se titula de maestra. Con talento y tesón, no solo ejerce la docencia durante doce años, sino que llega a ser inspectora escolar regional. Contrae nupcias con un diputado, a quien le da nueve hijos antes de divorciarse, años después. Desde las filas de varias organizaciones femeninas, se destaca en la lucha por los derechos de la mujer. Asimismo, desde las páginas de los órganos de prensa locales, enfoca crítica y valientemente temas como el sistema de castas, los matrimonios forzados, la familia o la religión. En 1983, muere prematuramente de cáncer.
Aunque, en África, la novela es considerada un género “de importación”, aparecido allí a comienzos del siglo XIX, a tenor del desarrollo alcanzado por los medios de comunicación, de la expansión de la lectura y la escritura en alfabeto latino y de la presencia de una clase media con educación formal, Mariame Bâ —para proyectarse— prefiere servirse del relato novelado.
Ramatoulaye, la protagonista de Una carta tan larga, es, como Mariame Bâ, senegalesa. Ha vivido siempre en Dakar, con su exmarido Modou, y acaba de enviudar. Remarco intencionadamente ese “ex” porque, cuando Modou la abandona, después de veinticinco años de matrimonio y 12 hijos, para tomar por segunda esposa a Binetou, una jovencita de la edad de su hija mayor, Ramatoulaye se siente preterida. Hasta aquí, la situación no dista gran cosa de la experiencia vivida por centenares de miles de mujeres de todas las latitudes; pero acá, la tradición ordena a las viudas cuarenta días de reclusión y les impone determinadas obligaciones:
Es el momento que toda senegalesa teme, cuando sacrifica todos sus bienes para regalarlos a su familia política o cuando, lo cual es peor todavía, dejando de lado el tema de sus bienes, amputa su personalidad, su dignidad, convirtiéndose en una cosa al servicio del hombre con quien se casa, del abuelo, de la abuela, del padre, de la madre, del hermano, de la hermana, del tío, de la tía, de los primos, de los amigos de ese hombre. Su conducta está condicionada: una cuñada no toca la cabeza de una esposa que ha sido avara, infiel o poco hospitalaria (…).
Ramatoulaye empieza entonces a hacer una suerte de catarsis y va mudando su forma de verse a sí misma y a sus hijas, de pensar en su futuro, e incluso va ajustando la forma de percibir su país.
Pero África es diferente, fragmentada. Un mismo país cambia varias veces de rostro y de mentalidad, del Norte al Sur o del Este al Oeste.
Bà asume su condición de escritora y mujer africana, lo mismo como autora que como personaje de ficción, en un paralelismo que nos va iluminando los problemas de una fémina que —para su época— no rehúye afrontar la realidad social y política que vive su género y, con su relato y a su manera, trata de contribuir a generar, bastante temprano, reflexiones conducentes a visualizar un futuro mejor. En su ópera prima se decide, pues, por esta novela epistolar que elige como destinataria a Aïssatou, una amiga de la infancia, en respuesta a una carta anterior de la que nada sabemos.
Aïssatou, he recibido tu carta. Abro esta libreta, que será el punto de apoyo de mi desconcierto para responderte: nuestra larga experiencia me ha enseñado que la confianza suaviza el dolor. Tu presencia en mi vida no tiene nada que ver con el azar. Nuestras abuelas, que vivían en poblados separados por una valla, hablaban todos los días. Nuestras madres se disputaban por cuidar de nuestros tíos y tías. Y nosotras hemos desgastado las faldas y las sandalias transitando el mismo camino de piedras de la escuela coránica. (…) El amor cambia de contenido con los individuos. Hace falta voluntad para vencer la angustia cuando nos asalta, cuando pensamos que cada segundo que transcurre nos abrevia la vida, hay que aprovechar intensamente ese segundo, porque es la suma de todos los segundos perdidos o aprovechados lo que hace que las vidas fracasen o se logren.
Cada mujer es un mundo. Aïssatou también tiene su propia historia que contar, parecida, pero no idéntica, con situaciones complejas y delicadas que ha afrontado de manera diferente. Pero la voz que relata siempre será la de Ramatoulaye; así, la narración en primera persona adquiere en Bâ la función de autorreconocimiento, muy recurrente en los autores africanos:
(…) ayer te divorciaste tú, hoy me he quedado viuda yo. Madou ha muerto. ¿Cómo te lo puedo contar? Uno no hace citas con el destino. El destino toma en sus manos lo que quiere, cuando quiere. En el plano de los deseos, nos aporta plenitudes. Pero con mucha frecuencia desequilibra y hiere. Entonces no nos queda otra que soportarlo.
No podemos dejarnos engañar por la imagen de resignación y estancamiento. Tras una apariencia ligera, esconde un estilo intenso correspondiente con la energía de los sentimientos y vivencias que se propone reflejar, quizás con la esperanza de que sus incitaciones sirvan a ambas mujeres para encontrar un camino que ni una ni otra realmente han alcanzado a transitar.
Para vencer mi rencor, pienso en el destino humano. Cada vida encubre una parcela de heroísmo, un heroísmo oscuro hecho de abdicaciones, de renuncias y de consentimientos bajo el implacable látigo de la fatalidad. Pienso en los ciegos del mundo entero que se mueren en lo oscuro. Pienso en los paralíticos del mundo entero que se arrastran. Pienso en el leproso del mundo entero a quien su mal amputa (…) Víctimas de una triste suerte que no han escogido. ¿Qué son mis embrollos cruelmente motivados al lado de vuestros lamentos, con una muerte que ya carece de injerencia sobre mi destino? Justicieros, habríais podido, al aliar vuestras desesperaciones, hacer temblar a aquellos a quienes la riqueza embriaga, aquellos a quienes el azar favorece. Habríais podido, en una horda poderosa por su repugnancia y su rebeldía, escupir el pan que vuestra hambre codicia. Vuestro estoicismo hace de ustedes, no seres violentos ni inquietantes, sino héroes verdaderos que la gran historia no conoce, que nunca alteran el orden establecido, pese a vuestra situación miserable. Mis esfuerzos no me apartan de mi decepción por largo tiempo. Pienso en el lactante huérfano que acaba de nacer. Pienso en el ciego que jamás verá la sonrisa de su hijo. Pienso en el calvario del manco… Pienso… ¡Pero mi desaliento persiste, mi rencor no desaparece, sino que provoca que me invadan las olas de una tristeza inmensa! (…) Los príncipes dominan sus sentimientos, para honrar sus deberes (…).
En los párrafos siguientes, la autora avanza consideraciones sobre las desigualdades entre el hombre y la mujer, pero si bien aborda el tema con imaginación y creatividad, con un lenguaje muy depurado, su visión, como mujer que lleva a la novela los conflictos de otras mujeres, necesita desmitificar tópicos asociados al mundo femenino que no hacen sino entorpecer el cambio, necesita ganar en realismo y despojarlos de su carga de idealismo:
La sangre de las heridas coagulada dibuja en el suelo manchas sombrías y repugnantes. Al borrarlas, pienso en la identidad de los hombres: la misma sangre roja que irriga los mismos órganos. Esos órganos, situados en los mismos lugares, cumplen idénticas funciones. Iguales remedios sean los mismos males bajo todos los cielos, igual si el individuo es blanco o negro: todo une a los humanos. Y sin embargo, el hombre se toma por una criatura superior. ¿Para que le sirve su inteligencia? Su inteligencia genera lo mismo el bien que el mal, más a menudo el mal que el bien (…). Cuando la mujer agota con el paso de los años la fuerza para aferrarse, el hombre encoje cada vez más su campo de ternura. Su ojo egoísta mira por encima del hombro de su cónyuge. Compara lo que fue con lo que ya no es, lo que tiene con lo que podría tener (…)
Emanuel Obiechina define la novela africana, en contraposición con la europea —donde prima la exteriorización del mundo interior—, como un género de interiorización de lo externo.2 Hasta los años setenta, los primeros escritos de las mujeres africanas fueron autobiográficos, una primera fase de construcción personal. Por lo regular, su temática giraba alrededor de sus mundos privados, de su manera particular de ver el mundo. Años más tarde, se va a evidenciar un cambio en la literatura femenina de África: la tendencia a la reapropiación corporal de la primera fase, que se manifestó en la visión de autoras como la Bâ, se complementa, ya abiertamente, con el enjuiciamiento del hombre, tanto en la esfera pública como en la privada, y la escritura pasa a convertirse en arma de protesta. A partir de los ochenta, la literatura femenina de la nueva hornada de autoras africanas hará patente que se ha producido una suerte de crecimiento personal, un cambio psicológico que las irá compulsando a cuestionar directamente, y cada vez más, el orden establecido.
Notas:
1- Esta obra conocía una edición en español: Mi carta más larga (Ed. Zanzíbar, 1982), traducida en España por Sonia Martínez Pérez. En cambio, en este trabajo, todos los fragmentos del original en francés .han sido traducidos por mí, y estimo que el título Una carta tan larga se ajusta más al original de la Bâ.
2- Emmanuel N. Obiechina: Culture, Tradition and Society in the West African Novel. Cambridge University Press, Cambridge, 1975.