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Del inicio trascendente de un poeta: Roberto Manzano

Caridad Atencio, 04 de diciembre de 2012

Decía Marina Tsvietaieva que para saber si unas botas son malas se requiere un mes, pero para descubrir si una obra de arte es mala, con frecuencia se necesita un siglo. Ya que “lo malo” (lo no comprendido, lo que no encontró profeta) puede resultar excelente, y “lo excelente” (lo que no encontró juez) puede resultar malo.1 El primer caso parece ser el de Canto a la sabana2 que, habiendo sido escrito en 1973 a los 24 años, no vio la luz hasta 1996, junto a otras obras posteriores del autor. Después de un título que responde a la “llamada poesía de la tierra”, hallamos un comienzo vanguardista:

Mi ojo
es un vidrio
negro de presencias.

Entramos por el sonido del espacio3 y el retomar de la analogía martiana. Roberto Manzano, heredero de una poética del paisaje anclada al centro de lo mejor de nuestra literatura, nos entrega un yo lírico personificado, enraizado en los elementos del campo, un yo lírico que se abre ante el cielo. El poeta rescata a sus ancestros al rescatar el monte y el fruto es un espontáneo clamor de identidad.4 En él todo es sujeción dando paso al dominio, a la conquista, todo es reconocimiento, rescate de la tierra dominada.5 Esta reconquista se convierte, en términos trascendentes, en una reivindicación de lo personal, de lo legítimo, por eso, quizás, utiliza como recurso expresivo la recurrencia de lo propio en lo propio para el autocuestionamiento:

Me dijo un día
el zunzún de mi garganta:
Qué voces anhelantes te desvelan?
Y repuse yo:
Mi tiempo portentoso
gravita con sus centellas nuevas.

[...]

Mi tiempo, romper de lindes,
ajila su sudor y su sueño,
jinetea el crecimiento de los toques más altos.6

Jinete de mí mismo
he roto los zarcillos antiguos.7

Inevitablemente este peso y posesión de sí implican crecimiento, madurez, liberación que culmina en especies de coplas de identidad:

Sabanas de mi patria,
solares llaneros, ínclitas espuelas,
jáquimas de la vida
asidas por siempre en el puño propio.

La tierra que me sustenta
me da para el braceo
y para el sueño.

Así pudiera comenzar un humilde tratado de lo íntimo, un acto sereno de amor a lo propio sin falsas hinchazones. Estas imágenes de recurrencia de lo propio en lo propio, de indudable sello martiano, “son imágenes de reincidencia interna, de preferencia por los movimientos íntimos, cáusticos, donde ocurre un desdoblamiento agónico del yo del poeta [...] Son manifestaciones de la lectura del cuerpo”8 y de la inconmensurabilidad de su espíritu y su intelecto, que reordena y posee el universo que le contiene y el que es.

Otra huella de Martí se aprecia en la interrelación dialéctica que establece entre la muerte y la vida, dando paso a imágenes como estas, no desprovistas de llaneza campesina:

Lo que de cuerpo muero
Voy naciendo de alma.
A cada celaje que pasa
un muerto me nutre,
un vivo me palmea el ímpetu.

Hay un tono de himno que rescata lo propio, un aire espeso que asciende de estos versos, los pule y los arranca, y lleva al cantor a poseer otras alturas, otras identidades que este origen, curiosamente, hace más fuerte.9 Pues “el arte no evita los universales, los ataca con mayor fuerza porque los ataca mediante particulares”.10 Hay momentos de tono vallejiano y otros donde la rotundidad del verso entronca con las maneras de Heredia, pero no por imitación sino por la condición esencial del poeta. Se percibe un lenguaje de tránsito que “nada contra la corriente”; “va al rescate del impulso lírico y la subjetividad, características consustanciales al romanticismo”11 —que los poetas coloquiales habían pasado por alto—; “se encuentra” con la densidad metafórica y con lo mejor de la tradición que lo sostiene. Un poema, un poeta que rescata un momento y lo proyecta, pese a cualquier olvido.

Notas

1 Ella continúa postulando: “coincidir con el juicio interno del objeto sobre sí mismo, adelantarse a los contemporáneos con cien o hasta trescientos años, esa es la tarea del crítico y puede cumplirse únicamente si hay talento. En la crítica quien no es profeta es artesano. Con derecho al trabajo, pero sin derecho a juicio”.
2 Roberto Manzano: Canto a la sabana. Colección Sur, Ediciones Unión, La Habana, 2007.
3 Las palmas cantan con el viento
   en que habla el espartillo
   y en que se rizan las espumas.
   Todo se tiende los brazos por debajo,
   Todo se saluda por encima.
   El aire es uno
   Y una nuestra vida.
   (Ob. cit., p. 23.)
4  Aquí recojo el calor de las huellas
    que los míos ofrecieron a mi sangre.
5 Para ello emplea elementos complementarios o metáforas relacionadas con el binomio caballo – jinete.
6 Ob. cit., pp. 28–29.
7 Ob. cit., p. 33.
8 Caridad Atencio: "Versos varios: Desafío y preludio de la cosmovisión poética martiana", en: Génesis de la poesía de José Martí, Editorial EUNED y Centro de Estudios Martianos, San José, La Habana, 2005, p. 178.
9 El asunto de los héroes y de la nueva realidad –recuérdese que fue escrito en 1973– entran a lo más granado de la metáfora en el poema, constituyéndose en elementos de la naturaleza agreste y, a un tiempo, metafísica que el poeta describe, en contraste con lo que sucedía por este mismo tiempo en la vertiente coloquialista de la poesía cubana.
10 Ezra Pound: “T. S. Eliot”, en: El artista serio y otros ensayos literarios. Selección, traducción y prólogo de Federico Patán, UNAM, México, 2001, p. 196.
11 Jesús David Curbelo: “Canto a la sabana treinta y tres años después. Apuntes para una reinterpretación", en: Roberto Manzano: Canto a la sabana. Colección Sur, Ediciones Unión, 2007, p. 17. El enjundioso prólogo de Curbelo reescribe la historia de ese momento de la poesía cubana cuando emerge la llamada “poesía de la tierra” o “nuevo romanticismo”, como él acertadamente lo denomina. Y aboga por el reconocimiento de las mejores voces de tal tendencia, entre las que se encuentran, Roberto Manzano y Alex Pausides.