Fernando Quiñones: pedagogía escénica y dirección artística fundidas en cálido abrazo
Fernando Quiñones Posada (Camagüey, 1947) es licenciado en Teatrología por Instituto Superior de Arte. Desde hace cuarenta años, integra la cincuentenaria Compañía Teatral Rita Montaner, que dirige el escritor y dramaturgo Gerardo Fulleda León.
En un inicio, el también miembro de la UNEAC, se desempeñó como actor en ese emblemático colectivo, y posteriormente, comenzó a incursionar —con éxito indiscutible— en el campo de la dirección artística; disciplina a la que se ha entregado en cuerpo, mente y alma desde los años ochenta del pasado siglo, y por la que ha recibido los más disímiles lauros y reconocimientos.
Por esa y otras muchas razones, que desbordarían los límites de esta entrevista, invité a dialogar a mi viejo amigo Fernando Quiñones, a quien le cedo la palabra para que interactúe con los/as lectores/as de nuestra sección.
¿Cuáles fueron los factores motivacionales que orientaron su vocación, primero en la actuación y luego en la dirección artística?
La infancia deja huellas sorpresivas. En la Ciudad de los Tinajones, en la casa de la maternidad, mi madre me lanzó al ruedo de la vida. Ahí comencé a respirar mis ilusiones […] de niño intranquilo y demasiado juguetón, según Catuca y Posada, abuelos cariñosos de un nieto único. Se dio inicio a lo que sería mi vocación por el arte: disfrutar los espectáculos de los San Juanes camagüeyanos, el mundo atractivo de la televisión, el Juego de Locutor de un «Día de Reyes», abrieron las compuertas de lo que sería más tarde mi yo deseado.
La actuación de seres humanos que interpretan personajes ajenos a sus vidas, siempre me atrajo de manera soberana. Después, el útil y necesario aprendizaje durante el tránsito por varias carreras afines al teatro: Actuación, Pedagogía de la Actuación y Dirección Artística, Teatrología, Dramaturgia, etc., me condujeron a lo que realmente me realiza como artista: La Pedagogía Escénica y la Dirección Artística fundidas en cálido abrazo.
¿Qué representa para usted, como profesional de las artes escénicas, formar parte —desde hace cuatro décadas— de la compañía teatral Rita Montaner, que este año cumple su aniversario cincuenta?
En los 50 años de vida artística de la compañía teatral Rita Montaner, llevo trabajando cuarenta. Representa el Alma Mater en mi vida profesional. Desde entonces, solo he salido para realizar labores artísticas en otros lugares, pero siempre regreso. Esa emblemática agrupación me abrió sus brazos para acogerme, protegerme, y mucho más que eso: permitirme crecer junto a ella.
¿Qué ganó y qué perdió con el tránsito de actor a director artístico?
Nada se pierde, todo es ganancia. Un director artístico que se respete debe conocer de todo, es una carrera muy amplia y abarcadora. En primer lugar, debe dominar con maestría la forma de conducir a los artistas en la interpretación de los personajes a los cuales deben prestarles piel y alma.
La mejor forma es tener experiencia, conocer las reglas básicas indispensables de la actuación, no solo en teoría, sino también sufrirlas en carne propia. Sin la vivencia, la formación integral que debe recibir un director artístico resulta —a mi juicio— incompleta […], desde todo punto de vista.
El director artístico organiza todo un espectáculo, donde la materia prima indispensable es el actor, hacedor de la concepción, de los objetivos, del hecho creador en sí. No se pierde nada, reitero, sino se gana todo.
De las muchas vivencias y experiencias profesionales ¿podría relatar alguna que le haya dejado una huella indeleble?
En cuatro décadas de labor, podría enumerar cientos de vivencias y experiencias muchas más. Siempre que inicias un nuevo proyecto, es como el estudiante en su primer día de clases. Es comenzar a descifran un texto dramático, precisar si es una comedia, un melodrama o una farsa, entre otros géneros dramatúrgicos.
Es, en síntesis, abrir una ventana a la creatividad, para […] crear los cimientos de un nuevo espectáculo. Hay que organizar muy bien todos los factores que lo configuran, para que nuestro edifico artístico no sufra fisuras, ni mucho menos desplomes, que pueden resultar fatales. Es ahí donde nacen las vivencias que crecen con la «Semilla Emocional», para utilizar el lenguaje técnico de su primigenia profesión.
Día a día, deben estar ahí los conocimientos y las experiencias, para culminar satisfactoriamente el proyecto iniciado. La mejor vivencia […], la más vívida, la más reconfortante de todas las experiencias, está al final de cada función, cuando el público aplaude y así agradece todo el esfuerzo realizado por los actores y los técnicos.
¿Alguna sugerencia a los jóvenes que se inician, tanto en el campo de la actuación como en el de la dirección artística?
Estudiar, leer, investigar, acribillar a preguntas a quienes tienen más experiencia en el medio, adueñarse de todos los conocimientos posibles, no dejarse influir por una sola tendencia o sistema y conocer todas y cada una de las posibilidades reales y potenciales de que se dispone. Solo así, se llegará a ser un artista integro, con un estilo personal, único e irrepetible.