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Del teatro bufo al vernáculo

Jorge Tomás Teijeiro, 14 de diciembre de 2012

El llamado “teatro bufo”, una forma peculiar de la comedia, hizo su aparición en la segunda década del siglo XIX, cuando la forma que lo precedió, “la tonadilla” comenzó a difuminarse. Satírico y picante, a veces calificado de obsceno, incorporó estereotipos que se correspondían con personajes que pudieran haberse encontrado en cualquier parte del país.

Pero, poco a poco, esta forma teatral fue separándose de los modelos europeos y comenzó a cubanizarse. Tomó préstamos del argot de los barracones de esclavos y de los barrios marginales, con un lenguaje que derivó hacia la guaracha:

La mulata es como el pan;
se debe comer caliente,
que dejándola enfriar
ni el diablo le mete el diente.


A partir del teatro bufo y respondiendo a nuevas condiciones históricas y culturales, a principios del siglo XX surgió otra forma más elaborada de la comedia autóctona, llamada en principio “teatro cubano”, pero que, a la larga, tomaría su definitivo nombre: teatro vernáculo.

El teatro vernáculo mantuvo como esencia el costumbrismo, a través del tratamiento de la actualidad nacional, especialmente en su arista política: la parodia y la sátira sirvieron de estuche al humor criollo, muchas veces salido del propio pueblo.

En realidad, el clima corrupto de la época era propicio para la creación y circulación entre la población de chistes, chascarrillos y hasta composiciones musicales como la antológica Chambelona, a la que se le podía modificar la letra de acuerdo con la necesidad del momento:

¡Ae, ae, ae la chambelona!
Aspiazu me dio botella
y yo voté por Varona.
¡Ae, ae, ae, la chambelona!


Así se manifestaba el choteo, que llegó a ser tal que se produjo hasta una “Indagación del choteo”, pensado y escrito por Mañach. ¿De qué otra forma pudiera calificarse la siguiente cuarteta?

¡Qué suerte tiene el cubano
en su típico bohío
Le cogió el dinero a Prío
y votó por Castellanos.


Pero en esta nueva forma teatral que constituyó el teatro vernáculo se sucedieron notables cambios: mayor profusión de la escenografía y del vestuario y notable desarrollo de la música compuesta por verdaderos maestros. El espectáculo llegó a convertirse en una revista, con todos sus atributos, como estaba sucediendo en otros países.

Se mantenían, sin embargo, los típicos personajes del “ambiente”: el negrito, dicharachero y pícarón –interpretado por un blanco embetunado--; el gallego, reflexivo y cauteloso; la mulata, sandunguera, pero difícil de conquistar; el bobo, quien a veces con su bobería decía o hacía cosas sorprendentes; y, en ocasiones, el chino, tratando de aplatanarse en este complejo contexto. Seres tomados del entorno, pero caricaturizados para hacer reír.

El teatro Alhambra

En septiembre de 1890, en la céntrica esquina de Consulado y Virtudes, comenzó sus funciones el teatro Alhambra, inicialmente para la presentación de zarzuelas españolas. Al año siguiente las obras se cambiaron por otras de sabor netamente criollo. Luego de afrontar distintas vicisitudes —durante la intervención estadounidense llegó a llamarse Café Americano— al fin alcanzó su definitivo destino cuando el 10 de noviembre de 1900 se le restituyó su nombre original comenzando, según Eduardo Robreño “lo que pudiera llamarse la temporada teatral más larga de que se tenga noticias en el mundo” y que incorporaría, al igual que el teatro bufo, los tipos y costumbres de la época.

Los libretos del Alhambra fueron de mucha calidad. Entre sus autores merecen mencionarse a Federico Villoch (el más prolífico de todos), Agustín Robreño, Agustín Rodríguez, Julio Díaz, Sergio Acebal, Guillermo Ankermann, Arquímides Pous  y los hermanos Francisco y Gustavo Robreño.

El género “alhambresco”

En la época del apogeo del vernáculo se podría haber dicho: “No solo en el Alhambra cuecen habas”, pues otros teatros presentaban espectáculos similares con obras que intentaban remedar las actuadas en aquel y, por cierto, algunas veces lo conseguían.  Este es el caso del Molino Rojo, teatro situado en Galiano y Virtudes, donde en 1908 se inició la compañía formada por Guillermo Ankermann Rafat (1879-1956) y su hermano Jorge Ankermann, conocidísimo autor musical cubano. 

Guillermo Ankermann se había iniciado en 1906 en los bufos de Mirieles y fue actor y autor de obras teatrales y a la postre terminó formando parte de la tropa artística de Regino López, donde desarrolló su mejor labor autoral. Fueron éxitos de Guillermo Ankermann en el Alhambra la opereta Flor de the y las obras: El país de las botellas y Postales descoloridas.

En su libro El Alhambra, Gustavo Robreño recoge tres pequeñas obras del mencionado autor por considerarlas dentro del género “alhambresco”, estas son: “Todo por el honor”, “Las cosas de Cuba” y “La segunda república reformada”. De esta última veamos dos fragmentos que resultan típicos del género.

Primer fragmento. Contrapunteo entre el tío “gallego”, dueño de la bodega, y el “sobrín” venido de la madre patria a quien pretende domar, perdón, quise decir “entrenar” en el oficio.  Veamos.

VICTORIANO
(Al dependiente) Eres un cernícalo. Ya te tengo dicho que no se puede vender la libra de manteca a menos de diecisiete centavos, el arroz a ocho y los frijoles a siete.  Lo mismo que cuando vas a despechar luz brillante, no despaches dulces de guayaba sin antes lavarte las manos porque haces un conglomerado que no hay Dios que se lo empuje. Vamos, hombre, lava esos vasos que parecen de cristal cuajado, no los laves con jabón que después les queda el gusto. ¡Coge un poco de azúcar prieta! ¡Estos salaos gallegos no aprenden ni pa’ Dios! ¡Y después, si uno les da un cocotazo viene la Internacional a reclamarle a uno daños y perjuicios! 

Segundo fragmento. Victoriano mantiene relaciones extramatrimoniales con la mulata Ana Belén. La esposa de Victoriano, Ramona, sospecha que la susodicha se dirige a la bodega y la espera para formarle la de Pancho Alday. Efectivamente, se aparece la querida del gallego y este le pide a su amigo, el negrito Manengue, que lo saque del apuro. Obsérvese a continuación cómo el autor plantea la situación y la prosopopeya de Manengue para tratar de arreglar el asunto.

VICTORIANO
¡Ay, mi madre! Si aquí está María Belén.

MANENGUE
Te la partieron, Victoriano.

RAMONA
Aquí la tienes.

VICTORIANO
Emplea tu diplomacia, Manengue de mi alma.

MANENGUE
No hay que apurarse (Pausa.) Suplico un poco de calma entre los contendientes beligerantes. ¡Ejem… ejem!... Dos pasiones, dos mujeres y un detallista en víveres… ¡Qué hermosa trilogía! ¡La inspiración de Homero, la lira de Petrarca, el estilo de Lanuza,  la placidez de Plácido para inspirarme yo!

VICTORIANO
¡Métele que vas bien!

MANENGUE
¡Aquí, como en Guanabacoa, o sobra una mujer o falta un macho entero que jable como yo!

VICTORIANO
¡Métele, métele!

MANENGUE
¿Somos o no somos personas decentes? ¿Y el criterio? ¿Y el derecho de gentes? ¿Y el amor libre de los pueblos progresistas ante el qué dirán de los que digan?

VICTORIANO
Ahora, moreno.

RAMONA
¿Y a usted, quién lo ha llamado?

MANENGUE
Me mataron el gallo.

Acta est fabula

“La comedia ha concluido”, mejor dicho, ha concluido este artículo sobre nuestro teatro vernáculo, que tuvo su punto culminante en el Alhambra, donde se ofrecían espectáculos solo para hombres. (Algunos adolescentes, para ser admitidos, permutaron sus pantalones bombachos por otros de pernera larga), donde se representaban obras algo subidas de tono que luego las señoras y señoritas podían disfrutar a posteriori cuando Regino estrenaba en el Payret o en el Martí.

Permítaseme, para finalizar, usar como colofón unos versos con que solían terminar algunas obras satírico-musicales:

Aquí termina el sainete
perdonad sus muchas faltas.