Un centenario que hace recordar más que una obra en sí misma: Horas de mi vida, de Dulce María Borrero
Los grupos de familia de peculiar connotación en la cultura cubana, fuentes nutricias de la identidad nacional, y con mucha más razón de la identidad cultural, son numerosos. Entre otros: los Heredia, Del Monte, Milanés, Pérez y Montes de Oca, Betancourt, Zambrana, Valera Zequeira, Borrero, García Cárdenas, González del Valle, De Armas, Quesada, Méndez Capote, Poveda, Roa, Loynaz, Diego, Vitier, García Marruz, Pogolotti...
Los Borrero Pierra, con una notable ascendencia genealógica y artística, colmaron a la cultura cubana de expresiones estimables y de excelencias artísticas tanto en la lírica, la pintura y el diseño, como en otros géneros literarios y quehaceres (científicos, pedagógicos, periodísticos, estilísticos), a lo que se suma la lucha social –fundamentalmente de corte feminista– que con frecuencia se entronca con el compromiso político a favor de los destinos de la patria. Y es que crecieron volcados al arte, a la educación, al periodismo y a los afanes libertarios. No faltó quien dijera, como Rubén Darío, que aquella era una familia de artistas. La magia poética fluía por distintos veneros: la Avellaneda –de quien se afirma fue ascendiente lejana de los Pierra–, Martí, Bécquer, Heine, Casal, los hermanos Uhrbach. En la Casona de Puentes Grandes tan pronto se escuchaban las sonoridades de un piano Pleyel, de una canción, del recitado de versos o de los trinos de las aves cantoras del padre, como podía perderse la mirada en la contemplación de las pinturas de Juana y los ensayos de Dulce María con el pincel. Y muy cerca de todos, el embrujo del río Almendares con sus húmedas cañadas, salpicadas de cadenas de flores, de un camino de lirios recordado siempre por Dulce María. Pero ese mundo idílico tendrá un final abrupto.
La ascendencia mambisa de la familia tocó corazones y conciencias. Esteban, el pilar, guía y conductor, prefirió tomar la senda del exilio con su familia en 1896, antes de plegarse a las manipulaciones autonomistas o de ser victimizado por los desmanes de la represión colonial. Se establecieron en Cayo Hueso. Allí, las entonces adolescentes, dejaron atrás la niñez por la impronta de la emigración. Y con la emigración vino también la pérdida física de Juana, la “virgen triste” que amaron Julián del Casal y Carlos Pío Uhrbach, la de la poesía de la plenitud alcanzada en piezas como “Última rima” y también, pendularmente, la de la exaltación lírica de tono sensual. Es Juana en sí misma un caso poético insólito por su peculiar sensibilidad germinante desde su niñez, por la madurez lírica manifestada ya en la adolescencia y por su talento trunco al morir con solo diecinueve años dejando tras de sí toda una obra.
Dulce María Borrero compartió también el exilio patriótico de la familia. Siguió al padre por Cayo Hueso y Costa Rica para convertirse en su apoyo cotidiano. Así fue forjando su carácter entre los deberes patrios y el amor a todas las formas de la cultura. Se hizo poetisa y pintora. En la Revista de Cayo Hueso y en Cuba y América, en donde aparecieron sus primeros versos con ilustraciones propias en 1897, queda el tono melancólico de los dolores de la familia signada por la diáspora y el duelo de la pérdida. Regresaron a La Habana en enero de 1899. La nueva casa intentaría reproducir el antiguo hogar aledaño al río y abre sus puertas a la intelectualidad del nuevo siglo. Son las tertulias que encarnan un significativo espacio de interés para la cultura cubana entre 1902 y 1906. Dulce María y sus hermanas beben de esas fuentes. Por allí pasan figuras notables de la lucha de liberación reciente, poetas, naturalistas, pedagogos, pintores, pianistas, editores de revistas nacionales, y extranjeros residentes o de paso por el país.
En las dos primeras décadas del siglo Dulce María despliega una intensa actividad. Se inicia en la enseñanza y en la teorización pedagógica; se adentra progresivamente en el mundo intelectual; estudia música lo que le permite componer algunas piezas y musicalizar el Intermezzo de Heine (según refirió su hermana Mercedes); colabora con periódicos y revistas; crea sus imágenes del Quijote, muy celebradas por Rubén Darío, como ilustraciones del libro de su padre: Don Quijote, poeta. Juguete literario; es cofundadora de la Academia Nacional de Artes y Letras a la que pertenecerá de modo vitalicio; da los primeros pasos en la lucha feminista. Y continúa escribiendo versos. Su poemario Horas de mi vida alcanzará un galardón importante para la época y profundizará sus nexos con creadores del país y de origen foráneo como Rubén Darío, José Enrique Rodó, José Santos Chocano, Luis G. Urbina, Gabriela Mistral, Francisco Villaespesa, Federico Henríquez y Carvajal, Américo Lugo y Fabio Fiallo, entre varios.
Posteriormente mantendrá este mismo sentido de vida: multiplicándose, entregándose a causas nobles con mucho de espíritu martiano y heredera de los ideales de identidad que caracterizaron la vanguardia revolucionaria de las luchas anticoloniales. Pero, sobre todo, sus afanes por la emancipación de la mujer la condujeron a condenar las concepciones patriarcales del matrimonio y los prejuicios sobre el divorcio; a ser testigo comprometido de la Protesta de los Trece; a participar de modo significativo en los tres congresos nacionales de mujeres que tuvieron lugar durante la etapa de la república mediatizada -escenarios de su defensa de los derechos femeninos y de la niñez-; a divulgar los intereses pedagógicos a favor de la escuela pública, tan importante para preservar los valores de la nación; y a promover la cultura popular a través de la fundación o desarrollo de bibliotecas de alcance público.
A lo largo de toda su vida escribió versos que fueron recogidos en gran parte por periódicos y revistas, fundamentalmente Cuba y América: El Fígaro, Social, La mujer moderna, Cuba Contemporánea y los Anales de la Academia Nacional de Artes y Letras. Entre estas publicaciones y su libro de versos se encuentra el volumen de su obra poética. Antecediendo a su poemario Horas de mi vida, en 1908 su poema “Amor (canto simbólico)”, obtuvo el premio de los Juegos Florales del Ateneo de La Habana, concurso anual de esa institución. Una nota interesante en esta trayectoria fue la aparición en Cuba Contemporánea de tres poemas suyos traducidos al inglés: “La canción de las palmas”, “A la luna” y “Cantares”.
Será en 1912 cuando alcance su éxito mayor en el cultivo de las letras. Su poemario Horas de mi vida fue publicado y premiado. Veamos por partes los dos hechos acontecidos hace ya cien años. Su hermana “Mercita” refirió en 1973 a la autora de este artículo que, a instancias del intelectual dominicano Fabio Fiallo y del escritor cubano Luis Rodríguez Embil, ambos con nexos diplomáticos en Berlín, se realizó la edición del libro en la capital alemana, en la Colección Autores Hispano-Americanos, de J. Katz Verlag, Sánchez y Rosal Hermanos, Mannheim. Fue premiado en Cuba con Medalla de oro y Diploma de la Academia Nacional de Bellas Artes, en tanto cosechaba críticas laudatorias de varios escritores del Caribe y América Latina. Más que búsquedas de intenciones renovadoras de la poética aquilataron el logro de la expresión lírica en un buen número de las composiciones del poemario.
Son ilustrativos de su temática los títulos de sus ocho secciones: Gotas de llanto, Reminiscencias, Lauros sangrientos, Flores de amor y de melancolía, Albas lejanas, La siembra de la muerte, Amor (canto simbólico) y Horas crepusculares. Están dedicadas sucesivamente a intelectuales coetáneos que permiten identificar corrientes de estilo: al poeta colombiano Julio Flórez, al escritor español Francisco Villaespesa, al creador cubano Félix Callejas, a los escritores dominicanos Américo Lugo y Fabio Fiallo, a Rubén Darío y, nuevamente de Cuba, a Aurelia Castillo de González y a Enrique José Varona.
Puede afirmarse que esta obra testimonia la presencia de la llamada poética de transición fluctuante entre dos estilos artísticos, romántico y modernista, encabalgada entre dos siglos, el que finaliza y el que comienza. Efectivamente, producción poética con mucho de fondo e inspiración románticos, pero también modernista tanto en el empleo de símbolos y plasticidad en su imaginería como en el cultivo del metro extenso, cercano al poema en prosa. Las exégesis de la obra coinciden en que sus mejores realizaciones pueden hallarse en las piezas de tema amoroso, patriótico y descriptivo. A esta última línea temática y a la sección “Horas crepusculares” pertenece el conocido poema “El remanso”, evocador de las aptitudes de la poetisa-pintora, intimista del paisaje. De aquí que sea una composición que no olvidan los antologadores más exigentes. Veamos:
“El remanso”
Bajo el arco fresco del ramaje umbrío,
de los arrayanes que bordan la orilla,
entre la guirnalda florecida, brilla
como una pupila de esmeralda el río.
Y es la transparencia de sus aguas puras,
inmovilizadas, tan serena y honda,
que se unen la fronda sonora y la fronda
del cristal, formando dos grutas oscuras.
Del airón altivo de una palma enhiesta
oculto en los flecos, con trinos de fiesta
modula un sinsonte sus claras octavas,
mientras doblegados amorosamente,
con leve murmullo besan la corriente
los penachos líricos de las cañas-bravas.
Estos hermosos versos muestran cómo las habilidades plásticas de la poetisa enriquecen la visión del paisaje natural, mientras ofrece el pálpito transversal del sujeto lírico. Los aspectos paisajísticos son tomados no como aspectos meramente informativos de la imagen que ante la creadora se despliega. Por el contrario, esta brinda sus apreciaciones estéticas de esa percepción de la realidad en su apresamiento temporal y subjetivo del ambiente a modo de una descripción lírica polivalente. Comunica un estado de ánimo que se desprende de la contemplación del paisaje plácido, armónico, levemente musical (“fronda sonora”, “murmullo” y “trinos de fiesta”), en el que se entrecruzan las sombras (“umbrío”) con las transparencias, el cristal, el brillo, y un regocijante cromatismo explícito por momentos o sugerido.
Y otros, como este poema, en esta línea descriptiva intimista, o en las otras vertientes temáticas señaladas componen un friso poético de calidades desiguales, pero en definitiva registro creativo de su momento. Es conocido que Dulce María Borrero con su poemario Horas de mi vida integró la hornada de poetas que legó a la cultura cubana el testimonio de sus obras en el contrapunto romántico-modernista del proceso poético de inicios del siglo XX que vendría a ser como una especie de sedimento epocal para el vuelco renovador que protagonizarían los tres grandes del verso de Santiago de Cuba, Guantánamo y Matanzas.
A la altura de su primer centenario, puede releerse Horas de mi vida desde una óptica plural, pero básicamente en su dimensión histórico-literaria como un compendio de temas y corrientes del alba del siglo XX, expresión también del estado poético de entonces cuando, junto a la maestría lírica, coexistieron otras voces con variedad de calidades. Las más representativas pasaron a ser intérpretes de los conflictos de la nación que defendía su propia identidad y soberanía. De aquí que consustanciados a la efusión lírica legitimen con su presencia la memoria histórica del pasado heroico o el enaltecimiento paisajístico: más que motivos poéticos recurrentes, razón existencial, sustancia de identidad.