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Mi tío el exiliado

Jesús Dueñas Becerra, 14 de diciembre de 2012

A las personas les tiene sin cuidado ser perversas, pero les desagrada ser ridiculizadas
Moliere


La Compañía Teatral Rita Montaner, que dirige el escritor y dramaturgo Gerardo Fulleda León, estrenó la obra Mi tío el exiliado, de Yerandy Fleites Pérez, con dramaturgia, puesta en escena y dirección artística de Fernando Quiñones Posada.

La trama gira alrededor de Evaristo, el tío Pérez (Ariel Gil), quien fuera forzado a abandonar el país en el año 80 del pasado siglo, por el puerto de Mariel, como consecuencia de su homosexualidad. A propósito, el tema del exilio deviene un leitmotiv en el teatro y la narrativa insulares desde los años noventa de la anterior centuria, y además, sensibiliza al auditorio desde el punto de vista afectivo-sentimental, porque de los presentes ¿quiénes no tienen —por una u
otra razón— un familiar allegado o no en el exterior?

En el hogar de ese exiliado, que ahora regresa a su terruño natal, la hermana Piedad (Valia Valdés) y el sobrino Dago (Dayron Moreno)  lo acogen con cariño y afecto, pero el cuñado Adán Robespierre (Carlos García), el «incorruptible», prototipo del extremista-oportunista, lo recibe con marcado interés, porque piensa que se ha convertido —como por arte de magia— en millonario, y que va a repartir dólares a manos llenas. Tanto es así, que le prepara una fiesta de bienvenida a Evaristo quien, por el dinero y los regalos que supuestamente trae, debe ser objeto de un especial agasajo. 

Sin embargo, el pobre hombre regresa enfermo, a las puertas de la muerte, sin un centavo en el bolsillo y con el dolor generado por un amor que dejó en el pueblo donde nació y creció. Tal fue la reacción de Robespierre que buscó un pretexto para marcharse de la casa mientras el cuñado estuviera alojado en ella, ya que —en su fuero interno— se sintió ridiculizado, engañado y burlado por la persona a quien, en realidad, siempre rechazó y despreció. 


 

En ese contexto dramatúrgico, con más momentos hilarantes que trágicos, el público puede apreciar la falta de valores éticos, humanos y espirituales que corroe no solo al ambicioso cuñado, sino también a la maestra Pura (Yanell Gómez), la vecina Adela (Mireya Chapman) y el guajiro Aluvión (Rey Llanes), quienes van a ver qué beneficios pueden obtener con la visita del otrora «degenerado o enfermo de una anomalía sexual incurable».

Todos/as ellos/as son esclavos/as de las cosas materiales y solo valoran al prójimo por lo que tiene y no por lo que es: una persona a quien —por el solo hecho de serlo— se debe amar y respetar su dignidad humana.

Por otra parte, habría que destacar la severa crítica al Sistema Nacional de Educación, materializada en la forma de relacionarse la maestra con los/as discípulos/as (Cinthia Paredes, Ernesto Amores y Eduardo Nieto), y estos con aquella: la forma vulgar e irrespetuosa con que se tratan mutuamente, lo cual no les permite a los/as alumnos/as descubrir ese sol del mundo moral que debe iluminar, no solo a quienes desempeñan la sagrada función de instruir y formar a las nuevas generaciones, sino también a los padres, máximos responsables de la educación infanto-juvenil y primeros mentores de los niños y las niñas.

Un párrafo aparte requiere la actuación estelar de Yanell Gómez, quien se distingue por la versatilidad y la madurez escénica, en el papel de la maestra, así como la de los estudiantes, quienes hacen reir a los espectadores con sus chispeantes intervenciones, pero también los hace reflexionar acerca de cómo se tergiversa el resultado del proceso docente-educativo en algunas escuelas primarias o secundarias de nuestro archipiélago.

Por último, el tío exiliado fallece en los brazos de Amador (Orelves Flores) quien, en sus años mozos, fuera su pareja, no sin antes evocar los momentos de placer y felicidad que ambos vivieran cuando solo eran dos jóvenes soñadores.  Amador se ha mantenido, como él mismo afirma en el diálogo final con su moribundo amigo, en una cueva, en la pared (léase closet). Con otras palabras, detenido en el tempo psíquico… hasta producirse ese reencuentro, donde explota y reniega de no haber adoptado una actitud más consecuente: haber seguido a su pareja. No obstante, siempre estuvo cerca afectivamente de la familia de Evaristo.

Al cumplirse los dos años del deceso de Evaristo, se celebra una fiesta el día de su onomástico, presidida por la foto del occiso, y en la que participa todo el elenco actoral… hasta que Adán Robespierre, «el incorruptible», llega y da por concluida dicha actividad festiva, y con ella, la obra.

«[…] Fleites Pérez acribilla con frecuencia [las consignas huecas, vacías y] los dobles discursos para adentrarse en algo a lo que [verdaderamente se le] concede […] auténtico valor: los sentimientos [nobles y puros, que] se imponen al margen de las orillas, de los falsos distanciamientos, de las lejanías físicas y de todo tipo», precisó en las notas al programa el sagaz crítico, escritor y periodista Frank Padrón.

Dicha puesta entraña en «[…] su cubanidad el doble tono que nos caracteriza: ese carácter tragicómico que no permite deslindar [o delimitar] dónde empieza y dónde acaba cada uno de tales registros; por eso, más que comedia o drama pienso que Mi tío… es una obra desde la esencialidad, la insularidad y la peculiaridad de un modo de ser [sui generis], más allá de las [posiciones ideológicas y las latitudes geográfico culturales], más allá de los credos y las (sin)razones», concluyó el citado colega.

Esos rasgos fundamentales, que configuran la personalidad básica del cubano, Fernando Quiñones los mezcló con una «química especial, cuya fórmula solo él conoce, y que identifica su producción intelectual y espiritual en el campo de la dirección artística. En consecuencia, llevó a escena esa joya —susceptible de ser pulida aún más— del teatro cubano contemporáneo, favorablemente acogida por el «respetable», que la premió con una cerrada ovación.              

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