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El costumbrismo olvidado de Jeremías de Docaranza

Fernando Padilla González, 21 de diciembre de 2012

La historia de la literatura cubana reboza de figuras destacadas que consagraron el noble ejercicio de la escritura al costumbrismo literario. Esta corriente artística no es privativa de la letra impresa, pues otras manifestaciones —el grabado, la pintura y el teatro— hicieron suyas la manera de reflejar los matices de la sociedad criolla con el paso del tiempo.

La ironía y la crítica sagaz son quizás los dos matices de mayor representatividad en el costumbrismo cubano. A la mirada del artista o el literato sobresalían aquellos hábitos peculiares, los buenos y los malos modales, la astucia de unos y la ingenuidad de otros, la ignorancia y los dogmas ante las tradiciones foráneas y el ridículo de muchos ante la incomprensión del modelo social imperante.

Remontarnos a los orígenes del costumbrismo en Cuba ineludiblemente supone una vuelta al pasado, bien remoto, de la historia de la Mayor de las Antillas. Incuestionable resulta hoy el valor informacional que representa, para los estudiosos y para la historiografía de la nación, la documentación confeccionada por Fray Ramón Pané y el Padre Bartolomé de las Casas. Al primero debemos el haber desentrañado y legado a la posteridad la rica cosmología de los aborígenes caribeños. En tanto, Las Casas describió sus costumbres antes que el dominio español cercenara con violencia la cultura de “nuestro primeros padres”, como los denominó Manuel Galich.

No fueron pocos los cronistas que, durante el período colonial, zarparon desde los puertos de Europa con destino al Caribe, con el objetivo de referenciar la vida o las costumbres de los habitantes de la América insular. El rico paisaje de culturas no solo alimentó la aún reciente revelación industrial de la imprenta, pues dibujantes, pintores y grabadores recrearon la vastedad del universo de las tradiciones españoles, mozárabes, africanas y asiáticas que juntas germinarían en un nuevo matiz social: lo criollo.

Al primigenio y velado costumbrismo de entonces no escaparon las danzas o bailes populares, la vestimenta, la religiosidad, la música y el lenguaje. Sumergida la Isla aun en la etapa colonial surgieron los primeros exponentes literarios del costumbrismo propiamente dichos. Discípulo de Tomas Romay, de quien recibió las materias de Filosofía y Latín, el habanero Buenaventura Pascual Ferrer es uno de los pioneros de la literatura de costumbres. Ocho misivas referentes a Viajes a la isla de Cuba, “Las misas de madrugada”, “El uso de las calesas” y “Paseos al monte”, escritos en las postrimerías del XVIII, dan fe de un marcado interés por retratar el rico entramado de relaciones sociales de la Cuba del “siglo de las luces”.

A Buenaventura seguirían otros como Gaspar Betancourt Cisneros, José María de Cárdenas y Rodríguez, Francisco de Paula Gelabert, Manuel Costales y Juan Francisco Valerio. Cisneros, quien inmortalizó su obra bajo la rúbrica de El Lugareño, de manera acertada supo utilizar la ironía y el ridículo implícito en la crítica de los hábitos sociales de la época.

Acerca de la literatura de costumbres de El Lugareño afirma Max Henríquez Ureña: “Sabía manejar esa arma (la ironía y el ridículo) con ingenio y gracia, pero a la sátira agregaba la admonición: sus descripciones iban enderezadas a enmendar las costumbres, sin que su prédica aleccionadora se apartara del tono regocijado, con frecuencia zumbón, que daba a sus escritos. Sus contemporáneos leían con avidez las “Escenas cotidianas” que publicaba en la Gaceta de Puerto Príncipe en 1838 y 1839. Sus comentarios humorísticos sobre las fiestas de San Juan, la rutina, el chisme, la murmuración y los diferentes bailes de moda, alternaban con serias reflexiones sobre la educación, los pobres y los mendigos, el movimiento intelectual, la imprenta y algunos temas de economía política, como la moneda y trabajo”.

Llegada a su fin la etapa colonial e instaurada la república a inicios del siglo XX, un nuevo cultor de la literatura de costumbres surgía: Emilio Roig de Leuchsenring. Hermann, Unoquelovio, Unoquelosabe, Cristóbal de La Habana, Juan Matusalén Junior y El Curioso Parlanchín  fueron algunos de los seudónimos que autentificaron sus escritos en revistas como Social, Carteles y Gráfico, donde con exquisita elocuencia y palabra precisa recreó una galería de personajes, a la manera de Víctor Patricio Landaluze, que retrataban a los pregoneros matinales, el toque del tambor en las cofradías, los novios de sillones, los infortunios del médico de los muertos, la agonía de los maridos carceleros, la picardía de la niña precoz o el personaje de los moralistas criollos.
Pero volvamos tiempo atrás, dos centurias con exactitud, lo que nos sitúa en diciembre de 1812, a las puertas del poblado matancero de Limonar, justo en el sitio que serviría de cuna a José María de Cárdenas y Rodríguez de la Barrera, quien aventajó en dos años a su hermano y también escritor y periodista, Nicolás de Cárdenas y Rodríguez.

Los primeros estudios del joven José María transcurrieron en su natal provincia de Matanzas, hasta que se traslada hacia La Habana, donde matricula en el colegio San Fernando y sucumbe ante la vastedad cognoscitiva de un maestro en especial, el gran intelectual cubano del siglo XIX, José Antonio Saco. Incansable buscador de la verdad e insaciable en sus ansias de saber, Cárdenas y Rodríguez marcha rumbo a los Estados Unidos para proseguir su superación académica.

En tierras norteamericanas conoce a Félix Varela, a quien ayuda en la corrección de algunos de sus trabajos. Luego de un período de viajes regresa a La Habana en 1840, iniciándose así una etapa fecunda de su obra como literato. Las páginas de La Prensa, Faro Industrial de la Habana, El Prisma, Revista Pintoresca, Flores del Siglo y Revista crítica de ciencias, literatura y artes se nutren continuamente de sus colaboraciones.

Publicada en 1847, Colección de artículos satíricos y de costumbres es la primera obra genuina de costumbrismo que ve la luz en Cuba. Henríquez Ureña señala que Jeremías de Docaranza —como también se le conoce a José María de Cárdenas— “es el más notable articulista de costumbres”. En tanto, apunta sobre la citada obra que “hay muchas páginas que pueden tenerse como modelos en el género, principalmente «Un médico de campo» y «Fisiología de un administrador de un ingenio»”.

Observación aguda, fina ironía, donosura en la expresión, son cualidades que resaltan en Cárdenas. Su comedia Un tío sordo (1848), en tres actos y un verso, denota buen conocimiento de los resortes teatrales y abunda en escenas ingeniosas. Jeremías de Docaranza también incursionó con acierto en la poesía costumbrista, muestra de ello son sus versos titulados “La comadre”, aunque algunos estudiosos de su obra afirman que sus fábulas literarias escritas en verso reclaman mayor mérito.