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Paráfrasis para una cóncava satisfacción

Racso Morejón, 19 de diciembre de 2012

Demasiado inapresable  nació la poesía, sus anchurosas posesiones en el  saber del Ser como para pretender delimitar su dimensión sensorial, pero se nos permitirá a los mortales, a partir de nuestras propias percepciones, penetrar siquiera la membrana de este saber-ser: los libros de poemas.

Cuando tropiezo con  un poemario, casi al azar, -nada de concurrencias- suelo abrirlo en una  página también casual y leer con atención el poema o en ocasiones el fragmento -nada de imanes- del poema que aparece a mi vista, si me atrapa la azarosa lectura doy por sentado que el resto de los poemas me enganchen, para decirlo con un término común. Ni sorteo ni precario gozo, mero diálogo lúdico.

Después que usted se acerque al poemario Convexa pesadumbre, aliado lector, pruebe entonces la cóncava satisfacción de verificar mi teoría y complázcase con su propia lectura; lo digo porque el cuaderno le puede pasar inadvertido con  profusa facilidad, (todavía no acaban de vislumbrar los hacedores de libros que un poemario es sobre todo UN LIBRO) puesto que la portada  nada dice sobre que ahí dentro, detrás de esa cartulina ocre-mostaza y con una ilustración funesta por muy de Fayad Jamís que sea.

 Aquí coexiste un cuaderno  de travesía personalísimo, con una atmósfera  vivencial incrustada en la voz –y la piel- de sujetos líricos que nos permiten visualizar momentos de la criatura (oblicua) que es el poeta –los paréntesis son míos- con admirables latencias de un hombre y su relación individuo-ser-circunstancia.

Lo cierto es que tropecé, en mi ejercicio de consumidor de poesía, con una pregunta que me hizo penetrar las páginas del poemario para finalmente salir de la librería con la placidez irresoluta de saber, desde la poesía de Norberto Codina, que llevaba a casa más que un libro de poemas una ansiedad abierta detrás de esa pregunta ¿La poesía es el habla más perfecta del hombre, una crítica de la vida? Traspasar ese umbral se me convirtió en un apremio.

Con el ánimo de retribuir esa inmutable manía del hombre de inventarse otredades, espejos vitales y furtivos que nos permitan compensar esas fugas de eternidad reminiscente, la sed prístina que experimentamos y el pavor que padecemos ante nuestros propios descubrimientos, alisto estas interpretaciones; que intentan roturar las extensas propiedades de la Poesía a partir la lectura del cuaderno, Convexa pesadumbre, Editorial Letras Cubanas, 2006;  un libro de poemas que calibra las pausas y los silencios que nos dejan sus páginas como saldo votivo y aprendizaje. ¿No es la Poesía haz de conocimientos?

Cuando uno dobla la última página de un hermoso libro de poesía, lo mejor es no pensar sino vivir por largo o corto tiempo en la verdad de ese mundo poético que nos fue ofrecido, escribiera Luis Amado Blanco, de seguro una tarde -por la tarde-, con un poemario ya cerrado entre las manos, mirando a la distancia, sosteniendo la respiración con ese aposentarse en la brisa que le era tan próximo; palabras publicadas luego un 11 de agosto de 1951; por eso cuando terminé de leer el poema homónimo que para este libro, Convexa pesadumbre, escribiera Norberto Codina (Caracas, Venezuela, 1951) –la coincidencia en las fechas me sobrecogió poderosamente- sentí, por un lado, el peso de esa insuficiencia que nos ultima y nos endosa siempre la inminencia de hacernos preguntas, no delante del espejo sino frente la realidad que nos llama, para adecentar el horizonte interior, que en mixtura creadora anuda al hombre a/con su incógnito itinerario; por la otra, una filiación con ese mundo poético que nos fue ofrecido, ya referenciado y que proponen los poemas de este libro bueno al decir de Alberto Rodríguez Tosca, sutiles brasas –permítaseme el oxímoron- con que Codina nos comparte su “pesadumbre”…
 

Bien por todos, mansos y pobres,
guerreros y paupérrimos,
la vida es una sola,
es un zumbido y una antorcha,
la ciudadela donde se quiebran
todas las preguntas,
porque no somos más que eso,
y ahí está el misterio de nuestra felicidad,
una sola vida para tantas preguntas.

Del mismo modo, cuando terminé de leer estos “testimonios” de Norberto Codina, no pude menos que evocar unos versos de Wichy, un poema intitulado justamente Receta, produciéndose en el lector de entonces esa sensación de sublimar los ánimos que imprime toda poesía cuyos silencios nos conquistan, nos incitan y su aire, su olor y su consomé, en definitiva,  ayudan a la intelección de este poemario que, además de tener un clima apropiado donde se borra el límite de los sentidos exhibe un temple del ánimo sin encrucijadas para la lectura y los presentimientos que ella genera. Por eso permítanme extender los versos de Nogueras para ilustrar mejor la idea.

No hay cosa peor
que un poema frío o demasiado caliente.
El poema debe tener la temperatura del cuerpo,
el poema debe gotear
sobre los labios de un niño
como tibia leche materna.

Entonces puedo decir que acabo de leer – y les recomiendo- un libro sensible y agradable, atemperado; un libro con el polvo sacudido escrupulosamente, un libro que saca e ilumina ideas que hemos estado acopiando y que se nos vuelven ociosas en el apagado trastero de las imágenes y metáforas en lontananza, pero que también abriga en la naturaleza de su esencia ese metal secreto que nos tienta desde su ojo calador que también, es decir, tan bien atisba  al hombre en su circunstancia y en su cosmovisión. Esa pálida EDAD DEL HOMBRE, es un poema que ennoblece lo que propongo, todavía me permito ofrecerles su última estrofa para salvar mi posible deuda.

(…)
No quiero decir que vivir, vivir y vivir
sea una profesión de fracasado,
pero vale la pena no hacer trampas
sobre el cadáver del hombrecito,
y fiel al último pasajero del arca,
del rostro oscuro y tronco y piernas como yerba,
morir cruzando el río
no para entristecer, sino para socorrer a los demás,
para recordar a los demás
en un olvidado rincón del evangelio.
Eso es filantropía, quién la ejerció lo sabe.

Uno de los menesteres a los que está urgida la lírica contemporánea es la sobriedad, donde autores y lectores,  inclinados sobre la superficie de la poesía / lentamente juntamos sus vértebras y articulamos, cada uno en su oficio, los (in)fértiles silencios desde los que enhebrar esa mixtura fecunda para aproximar al Ser a su contingencia, pulsando su testimonio con la historia, Y la historia es, como la poesía, ante todo incertidumbre. No recuerda con certeza el poeta. ¿Será esa la razón por la que Convexa pesadumbre sea un título que suscita sed de lectura?

Como satisfacción y/o gratitud ante lo que será el no develado misterio de la palabra poética, el Poeta entra en ella por omisión de significados y en ese penetrar la obscuridad de la palabra nace la voz, la voz embarazada ya de la intuición y la experiencia mutante que éste le incorpora, de manera que ese nacimiento no sería nuca una nueva palabra, sino palabra-metáfora y palabra-imagen nacidas para poblar esas infinitas comarcas de realidades inextricables que van a transmutarse entre sí, ensanchando su naturaleza hacia el afán de prevalecer. Vigilia insomne cuya luz llega hasta más allá de la razón. Lo intangible percibido, re-significado, no aquello que le queremos narrar a la realidad, sino todo lo que ella –en realidad- tiene que ofrecernos en razón de equidad. Razón poética.

En la voluntad de viaje que es la vida una inusual eficacia ha ido aprehendiendo el poeta en una cruzada (in)conclusa con la palabra, con su ámbito y, como interrogante que perdura, con su yo interior; voz abroquelada en la tensión por auscultar el acontecer de la escritura en el sustrato de eso que llamamos memoria; en este (im)pulso por la aproximación a la poesía de Norberto Codina queda el péndulo de las circunstancias oscilando, queda una perceptible sed por atravesar el cristal que supone toda obra lírica yuxtapuesta al autor, queda un cerrar la página 81 del poemario, aguantar la respiración, mirar por la ventana, escuchar el bullicio, paladear el último sorbo de café de la tarde y permanecer con una promesa en mi voz interior,

que puede ser una promesa, un ejercicio, una noticia

una razón
                   una clave
                                     un pretexto

la huella de la inspiración

la mano perdida en la hoja desierta.

 

El Vedado, desde un balcón en noviembre de 2012.