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Una caja de zapatos vacía

Jesús Dueñas Becerra, 28 de diciembre de 2012

Espacio Teatral Aldaba, que dirige Irene Borges, llevó a las tablas de la sala Tito Junco del Complejo Cultural Bertolt Brecht, la obra Una caja de zapatos vacía, del escritor y dramaturgo Virgilio Piñera (1912-1979), con dirección y puesta en escena de Eric Morales Manero.

Dicha puesta en escena rinde homenaje al centenario del autor de Aire Frío, un clásico del teatro cubano contemporáneo, asumiendo el reto que entraña llevar a escena a uno de los más grandes dramaturgos de nuestra plataforma insular.

La elección de esa obra está indisolublemente vinculada con las fibras íntimas del mundo subjetivo de este director y actor para evocar la presencia espiritual del maestro, omnipresente; el ser humano con virtudes y defectos que es; los deseos que siente; lo que ama y odia; las cosas que anhela alcanzar; y las que le agradaría cambiar. Pero —por encima de todo ello— el miedo (¿a lo conocido o a lo desconocido?) que le genera enfrentarse a ese texto, percibido como un «fantasma» dentro de su cerebro, o como un conflicto intrapsíquico que le facilitó visualizar la vida con mayor nitidez.

El principal artífice del teatro del absurdo en la mayor isla de las Antillas, Piñera, era una persona fascinante, que siempre alimentó demonios y acarició ángeles, que habitaran en su inconsciente freudiano. Pero, a la vez, fue lo suficientemente inteligente (global y emocionalmente) para enfrentarse tantos a unos como a otros. No obstante, partió —en todo momento u ocasión— desde el miedo, esa emoción que paraliza y  bloquea la razón y el entendimiento. Por paradójico que a simple vista pudiera resultar, esa sensación de debilidad colocó en sus manos las herramientas para convertirse en un hombre valiente, atrevido, intrépido, para decir las cosas que pensaba y sentía en cualquier circunstancia adversa u hostil a la que se enfrentara durante su azarosa existencia terrenal.

Cuando una persona presenta sus cartas credenciales sobre la mesa, sin medias tintas, proporciona muestras fehacientes de verdad, por muy voluble o insensata que ella le pudiese parecer al prójimo. 

Piñera, quizás sin proponérselo, ha obligado a Morales Manero a traer a la superficie las miserias ocultas dentro de su yo interior, los problemas mundanales que lo obsesionan, y por consiguiente, a mostrar las máscaras, las ansias y los miedos que lo acosan, persiguen y torturan sin piedad.

En Una caja…, magistralmente interpretada por Brenda Besada (Berta), Eric Morales (Carlos) y Roberto García (Angelito, actuación especial), encontramos un discurso ácido, puesto en boca de los personajes cual afilado cuchillo, que hiere el cuerpo, la mente y el alma de quienes se involucran en la trama.

Ese contexto dramatúrgico refleja —con meridiana claridad— las relaciones y el abuso de poder; el miedo (leitmotiv en esa obra); el machismo; la descomposición social; los falsos valores ético-morales en que descansa la programación socio-cultural; la represión de la conducta homoerótica, como consecuencia de la naturaleza maligna de ese «cáncer social», como el escritor, crítico y periodista Frank Padrón califica a la homofobia; la homo y la bisexualidad; así como el comportamiento cíclico del ser humano en los más disímiles niveles de funcionamiento psicológico y social.

De acuerdo con mi percepción, el sentido del mensaje que transmite al público y al crítico Una caja… reside, en lo fundamental, en la perdurabilidad de esos conflictos socio-políticos y humanos, que tienen lugar en cualquier formación socio-económica, así como la desmedida intensificación que, hoy por hoy, han alcanzado en todo el orbe. Elementos de juicio que le confieren a esa obra palpitante actualidad, ya que cada generación podrá hacer de ella nuevas lecturas; y en consecuencia, descubrir insospechados matices. He ahí, a mi juicio, la génesis de su simbólico título.  

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