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Caperucita Roja… ¿en la ciudad?

Alina Iglesias Regueyra, 21 de diciembre de 2012

En 2008, la Colección Dienteleche de Ediciones Unión publicó un original título dedicado a las edades preescolares. Insertado en esa corriente literaria que gusta de versionar clásicos infantiles y cuentos de hadas, Caperucita Roja en la ciudad se presenta en un formato apaisado, como un álbum, muy de la preferencia de los más pequeños, esos a quienes aún hay que leerles y reclaman que el objeto literario contenga profusas ilustraciones.

El autor, Hermes Pérez Caso, nació en Villa Clara en 1937 y es miembro de la Uneac. Estudió Ciencias Sociales y es profesor y máster en Ciencias Militares y Técnico Militares. Paralelamente, ha podido desarrollar una carrera literaria que abarca géneros tan diversos como la poseía, el cuento y el testimonio, dirigidos a distintos tipos de público. Sobresalen su relato “El güije y la jicotea”, premiado por la Unesco, y el policiaco infantil “La casa encantada”, incluido en una antología publicada por la editorial Capitán San Luis.

Por su parte, las ilustraciones son de la autoría de José Antonio Acosta, joven pintor e ilustrador, graduado en San Alejandro, cuyas obras han sido parte de exposiciones colectivas exhibidas en Sydney, Shanghai y Toronto. Acosta ha ilustrado libros para otras editoriales, como la también cubana Gente Nueva o la puertorriqueña Isla Negra Editores. Las imágenes de Caperucita Roja en la ciudad se caracterizan por el colorido y la variedad de técnicas empleadas, entre las que se destaca el manejo del lápiz de color, con un trazo aparentemente pueril y desenfadado, pero de acabado exquisito.

Con sus 16 páginas, el libro se distingue por la mínima presencia de texto y la máxima representación de imágenes, en las cuales prima la gama fría, a tono con la historia que se narra. De esta manera, se enfatiza, por contraste, la figura de la niña, descrita igual que la Caperucita original: de cabellos rubios y claros ojos, cubierta con una caperuza granate. No obstante, el relato ofrece una visión renovada y actualizada del personaje clásico, pues vive en un metafórico “bosque de piedra”.

Pues sí, el bosque estaba lleno de edificios muy altos y de calles anchas por donde circulaban millones de automóviles contaminando la atmósfera de sustancias tóxicas, de esas que hacen daño a los niños y a los mayores (…). Vivir en el Centro para los mayores significaba ser importantes, aunque se murieran de calor, respiraran humo y apenas pudieran entenderse con la bulla de los autos y la gente.

La preocupación ecológica está bien presente en el relato, la contaminación ambiental y acústica se exponen descarnadamente, pero con un lenguaje apropiado para el lector más chico. La protagonista es feliz cuando puede visitar a su abuela en las afueras, mas este largo y trabajoso paseo, que exagerada y fantasiosamente exige “un ómnibus, después dos tranvías, cinco trenes, cuatro botes (de remo, de vela, de motor y de vapor)…”, se le interrumpe al encontrarse, en una esquina, con un hombre, muy parecido a un lobo, que la amenaza y logra llevársela para la casa de la abuela, con el fin de tenderle una trampa y devorar… ¡los dulces que hacía la anciana! A pesar de la ingenua excusa, el autor logra siluetear la figura de un secuestrador o abusador, como alerta familiar y social, personificando en este tunante al lobo clásico.

Llegado el clímax de la acción dramática, tras engullir cada plato que ha forzado a la anciana a cocinar, el antagonista decide amarrarlas, pero los vecinos acuden a sus gritos. Una sorpresa ilumina el positivo final del cuento: ante el asombro de los presentes, el pasivo personaje de la abuela —quien había interpretado, a su vez, a una tradicional cuidadora— se transforma en una auténtica luchadora que despacha al rufián en un dos por tres. La descripción del combate es de lo más simpática:

El señor lobo trató de huir, pero la súper abuela de Caperucita Roja se lo impidió. Sí, lo cogió por las piernas, lo viró cabeza abajo, lo sacudió hasta sacarle el último objeto robado de sus bolsillos, entonces lo puso de patitas en la puerta y le dio tal patada por el fondillo, que el señor lobo salió como un cohete y sí, puede que aún esté dando vueltas en el cosmos…

Con esta graciosa escena, llena de imágenes típicas de los animados infantiles, concluye un texto que quizás, por momentos, pueda asustar a los infantes, pero que, al terminar, prueba la acertada dramaturgia con la cual el autor nos conduce hacia un final feliz y sorpresivo, muy alegre, como regalo para todas las superabuelas lectoras y sus nietos.