Agustín de Rojas, en el Umbral del recuerdo
Cómo decir adiós a uno de los hijos ilustres de Santa Clara; al joven fecundo en ideas egresado de la carrera en Ciencias Biológicas; al profesor querido y admirado por los instructores de arte de Villa Clara, a quienes impartió clases de Historia del Teatro; al autor que cosechó varios lauros por sus meritorias obras de ciencia ficción, entre ellos el premio David de 1982 en reconocimiento a los valores literarios de la novela Espiral, iniciadora de un ciclo temático que hallaría continuidad en Una leyenda del futuro (1985) y El año 200 (1990).
Cómo despedir al hombre que nació a mediados del pasado siglo, que fue fiel a su tierra cuna y figuró como miembro por derecho de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Al literato inquieto y versátil en sus intereses creativos, afanes que lo llevaron a incursionar, además, en temáticas de carácter histórico, que le harían merecedor del premio especial de novela Dulce María Loynaz por El publicano, narración que desanda los entuertos en la vida de uno de los discípulos de Jesús. Inagotable, consagró varios escritos exegéticos que verían la luz en la publicación de la Diócesis de Santa Clara..jpg)
A poco más de un año de su desaparición física, ocurrida el 11 de septiembre de 2011, la revista Umbral —editada por la Dirección Provincial de Cultura de Villa Clara— consagra su más reciente número al intelectual cubano Agustín de Rojas. Y es que no basta con rendir homenaje a su memoria, se trata más bien de evocar el desempeño creativo y la labor de magisterio del artista santaclareño, a quienes muchos agradecen su mejor formación como profesionales de la cultura nacional, en tanto otros —incluso aquellos que no le conocieron de manera personal— guardan con gratitud los recuerdos de una buena lectura cobijados al amparo de una de sus obras publicadas.
“Una faceta poco conocida de la desconcertante personalidad de Agustín de Rojas fue su desempeño como profesor de Historia del Teatro, durante cuatro cursos, en la Escuela de Instructores de Arte Manuel Ascunce Domenech, de Santa Clara. Para los teatristas fue una sorpresa que se les adelantara, en la docencia de esta disciplina, un novelista que nunca asistió a nuestras salas, ni se interesó en estrenos o temporadas teatrales: ¿Qué currículum tenía Agustín para impartir Historia del Teatro?”, interroga en su propio artículo la filóloga Carmen Sotolongo Valiño. La respuesta no se hace esperar y líneas después se revela al hombre que extasiado se adentraba en la cosmovisión de la antigüedad clásica. Sin lugar a dudas, sus clases constituían un viaje en el tiempo y una propuesta de acercamiento y comprensión de los postulados del teatro y la cultura griega y romana. Quizás el mayor aval de Rojas radicó en su vasta cultura, en el dominio de la Historia del Arte y en particular de la literatura, valores cognoscitivos que se asentaron en la realización de Historia del Teatro I (de los orígenes al Medioevo), publicada por la editorial Capiro en 2001 y que desde entonces se alzaría como material de consulta, tanto para estudiantes como profesionales del género.
No faltan en las páginas de Umbral el acercamiento del amigo discípulo, en este caso el escritor José Miguel Sánchez (Yoss), quien recuerda como ante la muerte de una persona a la que nos unen especiales lazos de cariño, amistad, respeto o admiración solemos “esconder sus inevitables defectos, mirar con cristal de aumento sus indiscutibles virtudes. Decir lo bueno que fue, lo imposiblemente perfecto que era en todo lo que hacía y olvidar sus errores y fracasos. Construir, en fin, una heroica estatua de bronce en lugar del hombre que ya no está, como si su inmóvil perfección pudiera consolarnos de la pérdida. Y es que no me acabo de creer que te moriste, San Agustín El Rojo, como te apodábamos algunos, por tu erudición teológica comparable a la del beato de Cartago y porque si alguna vez hubo una auténtica novela socialista de ciencia ficción fue la que tu escribiste”.
De igual manera, unas tras otra, leeremos en esta edición las vivencias, encuentros y desencuentros con la obra y la vida de Agustín de Rojas en voz o palabras de Gina Picart, Rafael Soriano, Ricardo Riverón Rojas, Norge Espinoza, Jorge Ángel Hernández, Arístides Vega Chapú, Alberto Garrandés y muchos otros que desde la sana fraternidad le calificaron como “un loco clarividente”, “el Asimov de Cuba”, “el hijo del Dragón” o de “chevalier o cátaro de Santa Clara”.
Si la despedida es impostergable e ineludible, sea entonces con las palabras de Jorge Luis Rodríguez: “Nunca más podremos escuchar tus consideraciones cotidianas, la risa contagiosa y ese singular orgullo cómplice tuyo al ver el éxito de los demás. Nadie podrá suplir tu gesto de echar el brazo y dar unos pasos en un figurado trillo en medio del Parque Vidal, ese predio donde eres un personaje sobresaliente. Tú, sin querer ser centro de nada, llenas, imperas la literatura villareña, eres el canon orgánico y afectivo, no el que asume por rapiña. Agustín, dejas un vacío acá que no se ocupará: aquí no hay nadie de tu validez humana y candidez infantil. Es mucho el espacio que mereces. Aún recuerdo la calurosa tarde manicaragüense, cuando nos ofreciste para nuestra biblioteca un montón de textos sobre teatro y sobre José Martí. Así, en medio de tu bondad, te recordaré”.