Dolce vita, Eduardo y la sensación de una clase práctica de narrativa
Eduardo Heras León es un escritor popular, un cuentista que mueve las cuerdas interiores del lector, cuyos textos nos acompañan en la memoria y en el subconsciente, aun cuando hayamos retirado el libro del pliegue de la axila.
En Cuba, donde el término best seller no se emplea para los autores nacionales, Leonardo Padura, Daniel Chavarría y el Chino Heras son —en mi modesta y atrevida opinión— los narradores que mayor número de lectores convocan (¡Y por favor, no apelemos a las estadísticas para comprobar esta afirmación!).
Las clases del proyecto cultural Universidad para Todos lo vieron entrar en los hogares uno y otro día. Dejó de ser Heras León para convertirse en Eduardo, como si todos lo conociéramos (entre ellos, quien escribe, que solo lo conoce por su escritura, la TV y alguna coincidencia en actos literarios).
De manera que cuando aparece un libro de este autor nos preparamos como para un festín. Eso sucedió con el último llegado a nuestras manos: Dolce vita, (Ediciones Unión, 2012), con una cubierta roja y un corazón grande cruzado de calles y avenidas de la capital (quizás intencionadamente kitsch), ilustrativo de los senderos por los cuales deambulan aquellos hombres y mujeres con los que el lector se topará dentro.
El volumen es pequeño, 138 páginas. Se lee en pocas horas y deja el regusto de los platos sabrosos. Reúne ocho narraciones breves, sin exagerar, y aunque la última da título al libro, igual pudo nombrarse "Amor de ciudad grande", "Almuerzo en Santo Domingo" o "La última cena", porque también estas son impactantes, conmovedoras, regocijantes, pese al riesgo que corro de que el maestro Heras me sugiera control en la profusión de adjetivos y yo pida una exención para su caso.
Los cuentos, fechados entre finales del siglo XX y principios del XXI, agrupan un rosario de situaciones que aunque parecen extraordinarias no lo fueron, o no lo son, vividas por personas con las cuales nos identificamos, o con circunstancias por las cuales pasaron amigos, allegados y hasta familiares. La realidad se emparienta con la bruma, el dramatismo con el humor, la frustración con la esperanza, el amor lleva de la mano a la nostalgia y la ilusión se aferra desesperadamente a la vida real.
Hay un bello mensaje en estas líneas:
Pero ¿qué hacer si nadie puede controlar las ilusiones? ¿Qué hacer si las puertas casi siempre se abren solo una vez? ¿O tal vez no? ¿Y esta, volvería a abrirse? ¿Quién podía saberlo? Entonces se levantó y se sacudió ligeramente el polvo. Volvería a ese lugar. Por supuesto que volvería. Cada domingo. Porque a pesar de todo él había sido siempre un luchador y su vida una permanente lucha por creer, siempre por creer, aunque cada día se le hacía más difícil.
(Página final de Dolce vita).
Cuánto tienen estos relatos de las vivencias propias del autor es algo que va más allá de lo que este lector puede asegurar, pero cuánto tienen de las del lector es algo que más de uno de nosotros podríamos asegurar.
Maestro en el tratamiento de la introspección, también acertado en el diálogo, el libro se disfruta porque no plantea el rompecabezas de su comprensión, ni el dilema de las cuartas y quintas lecturas que no siempre hay tiempo para realizar. Con una basta, con dos, mejor. Debe ser porque presumo a Eduardo Heras como un escritor diáfano, que sabe decir sin circunloquios ni elitismos.
Esa manera de vernos por dentro es lo que ha caracterizado su prosa desde los tiempos en que se apareció con un libro antológico: La guerra tuvo seis nombres (Premio David 1968), que los lectores pueden retomar si consiguen sus Cuentos Completos (Santo Domingo, República Dominicana, 2012).
La contraportada de Dolce vita aporta datos sobre el autor que no voy a repetir. Solo que es director del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, Premio Nacional de Edición y mereció el título honorífico de Maestro de Juventudes.
A sus 70 años y algo más ya cumplidos, en posesión de una obra cuantiosa, de una técnica que mostrar, con una labor docente que pocos exhiben y con un público lector que lo respalda ̶ y no va a protestar ̶, es dable pensar en su vida como una significativa “dolce vita”.