Perogrullo, traductor
Morir en Francia en 2011 no es lo mismo que morir en Haití.
Justo antes de entregar al Fondo Editorial Casa de las Américas mi propuesta definitiva de traducción de La sangre y el mar, novela del haitiano Gary Victor, el realizador cubano Rigoberto López, en compañía de Ernest Pépin —poeta, novelista y ensayista de la Guadalupe, dos veces premio Casa—, tuvo la gran gentileza de ofrecernos un visionaje de un documental suyo sobre Puerto Príncipe, cuyas fantasmáticas imágenes me proporcionaron muchas claves para lograr un mayor acercamiento en mi versión.
El autor de esta extraordinaria novela-testimonio, nacido justamente en Puerto Príncipe, es un bien conocido y multilaureado escritor, además de guionista para la radio, la televisión y el cine. Se trata, según la portadilla de la edición francesa que me sirvió de fuente,1 del “novelista haitiano más leído en su país, sobre todo por la juventud”. La traducción de la obra estaba destinada a ser su primera edición en español; con ella, Victor obtuvo el prestigioso premio Casa de las Américas 2012 en la categoría Literatura caribeña en francés y en creol.
A propósito de la próxima presentación de la novela en La Habana, en el marco del Premio Casa 2013, y de la segunda edición del coloquio “El traductor y el editor”, en las actividades colaterales de la Feria del Libro, me he animado a contar mis experiencias como traductora de Victor.
Desde nuestro primer intercambio de mensajes por correo electrónico, establecí una relación de empatía con el autor. Sabedora de que la lengua castellana no le era del todo ajena, sin pensarlo dos veces, le mandé mi versión completa para que la “triturara” a voluntad si acaso yo no había logrado llegar al fondo de su pensamiento —soy una convencida de que más vale hacer una nueva traducción que tratar de salvar una propuesta deficiente—. No sucedió. Poco después, me respondió en términos muy elogiosos, lo cual fue sumamente estimulante, pues a Victor le precedía la fama de ser muy exigente y celoso con sus textos. Para mi sorpresa, también me escribió su editora en Francia, la señora Jutta Hepke.
Con la confianza que aquellos contactos me fueron transmitiendo, les envié dos propuestas de Ricardo R. Villares, diseñador del Fondo editorial Casa, para la cubierta de la edición cubana. Victor prefirió la segunda, no sin antes explicar sus razones. Con esa “oralidad” con la que “escriben” los caribeños, exclamaba: “J’aime, j’aime, j’aime!” (¡Me gusta, me gusta, me gusta!).
Faltaba concretar otro paso: el editor o la editora de Casa a cargo de juzgar mi propuesta. No solo los mediadores cubanos solemos mostrarnos recelosos epidérmicos de este eslabón insoslayable. Acababa de leer e interiorizar un excelente artículo de Enrique Bernárdez, mi colega de la Universidad Complutense de Madrid, titulado “Traduttore-traditore… ¿o editore-destruttore?”.2 Comienza con la siguiente reflexión:
Vivimos tiempos de globalización. Una globalización que, entre otras muchas cosas, significa la eliminación de la diversidad, pérdida de la diferencia: pensamiento único, costumbres únicas. En términos del habitus de Pierre Bourdieu (Bernárdez 2008; cap. 4), diríamos que la globalización lleva a la generalización de un cierto habitus de difusión cada vez más amplia; con el posible, indeseable, resultado final de que todos los seres humanos hagamos básicamente las mismas cosas de la misma manera…3
En una traducción literaria, los significados subjetivos de las palabras y el manejo que de ellos hace el autor para describir todo tipo de situaciones son un elemento fundamental que no figura en ningún diccionario, restan protagonismo al conocimiento asumido de la lengua de partida y dependen, en buena medida, del habla y de la sensibilidad interpretativa del hermeneuta intercultural.
Conversamos largamente con Ana María Caballero, editora asignada a mi texto, sobre causas y azares de la tendencia a explicarlo todo, a la armonización de la estructura, del vocabulario, a la simplificación, a los pros y los contras de la unificación, etc. Con el listado de sus dudas puntuales a la vista, convinimos de consuno en que, en algunos casos, sus observaciones eran válidas y elegibles; en otros, se sopesaron mis criterios sobre la selección de equivalencias. Ana María es una editora sensible y competente, con grandes deseos de hacer una buena labor. El trabajo fluyó, con gran complementariedad, para nuestra común satisfacción. La mayoría de los problemas se resolvieron sin saltos acrobáticos. Otros retarán la actividad cognitiva del lector, a quien a veces consideramos incapaz de entender nada que no aparezca explicado con suficiente claridad, sin pensar, ni por un momento, que hay cosas que el autor prefirió no explicar.4 A nuestras valoraciones sumamos las de Victor y las de Jutta Hepke: ¡ocho ojos ven más que dos!
Una novela haitiana no es una novela francesa, aunque se haya escrito en francés. Ni un escritor haitiano es un escritor francés.
En las literaturas caribeñas sobresale un sustrato muy fuerte de oralidad que sospecho no sea casual. La oralidad de estas literaturas no es, a mi juicio, resultado espontáneo de una cultura marginal, sino opción consciente de una meditación, una apropiación, una interpretación de las fuentes lejanas directas o sesgadas que dan lugar a esa manera de decir lo implícito. Lo que hace particularmente interesante esa forma de expresión explícitamente elegida es —yo diría— la voluntad de corregir una insatisfacción y ensayar una depuración radical de técnicas y construcciones narrativas siempre tomadas de la panoplia cultural tradicional de la literatura francesa. Pienso que, al hacerlo, el autor caribeño, con su manera peculiar de escribir “hablando” o de hablar “escribiendo”, vence la inquietud y el riesgo de provocar —de cara a la menor confidencia, rescate de la memoria, osadía, búsqueda de raíces, valor de opinar o reclamo identitario— reacciones que, por exceso de racionalismo, limiten, una vez más, su anhelo libertario.
Victor maneja la conciencia existencial y la cultura de sus conciudadanos a través de sus muertos y sus dioses, pero, a la vez, las trae de vuelta de la misma mano. El ser humano que se remite al origen y regresa del origen: metáfora de la tradición oral, de la función del libro y de la cultura.
La relación del hombre caribeño con el paisaje y, sobre todo, con las fuerzas de la naturaleza es muy especial. El mar y el viento tienen un papel protagónico de primerísima magnitud. Pocas veces sale victorioso de un combate cuyo “dominio”, en cambio, Occidente se anota cual “logro” de su presunta superioridad como civilización. El caribeño sabe que está dialogando y conviviendo con fuerzas de poderes sobrenaturales que no admiten arrogancia, sino respeto, prudencia y veneración.
(…) Notre chambrette à Paradi avait deux fenêtres. Quand je les ouvris pour la première fois, après avoir allumé la lampe à kérosène que nous venions d’acheter, je crus que la brise assasine de flamme allait s’engouffrer dans la pièce…5
(…) Nuestro cuartucho en Paradi tenía dos ventanas. Cuando las abrí por primera vez después de encender la lámpara de luz brillante que acabábamos de comprar, creí que la brisa asesina de llama iba a devorar la estancia…6
Cuando traduje este fragmento, fue inevitable evocar la descripción que, en su cuento “Luvina”, hace Juan Rulfo de un viento parecido y otro que “uno lo oye, rasguñando el aire, (…) haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar (…) prendiéndose de las cosas como si las mordiera (…) luego rasca como si tuviera uñas (…) escarbando con su pala picuda debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos”.7
Para el europeo, el mar, desde Homero, fue escenario para una épica, conquista o rescate de espacios geográficos. Para el caribeño, el mar simboliza una voluntad de supervivencia, un esfuerzo de memoria, donde las fuerzas de la naturaleza, más allá de lo humano, se hacen visibles, innegables, rigen su pasado y su presente, “multilingües, multiétnicos, de muchos ancestros, fragmentos… La unidad es submarina”.8 Un agua que, más que flotar apacible, fluye frenética y debe vehicular, también, un mensaje de futuro. Esas resistencia y persistencia que son, además, una forma de vivir y de explicar la visión mitológica de la insularidad, han sido percibidas y cantadas por cada autor a su manera. De ahí la diversidad de sus poéticas.
Con su “maldita circunstancia del agua, me obliga a sentarme en la mesa del café. Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer”,9 Virgilio Piñera no percibe el mar igual que Perse: “y sobre la playa de mi cuerpo el hombre nacido del mar se ha tendido. Que refresque su rostro en la fuente misma bajo las arenas; y se regocije sobre mi era, como el dios tatuado del helecho macho”;10 o que Trouillot: “Sueño con derivas, con agua hirviente y tumultuosa, con ríos rabiosos. Desbordamientos y crecidas. Ahogados y liberaciones”;11 o que Césaire, para quien están las “…islas cicatrices de las aguas”.12
Y ahora veamos qué traducción he propuesto en la caracterización de Estevel, uno de los personajes protagónicos de Victor, quien es justamente un protegido de Agwe, el dios del mar:
(…) j’arrivais devant notre logis sans m’en rendre compte, plongée que j’étais dans mes pensées. J’esayai en vain d’ouvrir la porte. J’avais bien la chef, mais inexplicablement, elle ne parvenait pas à jouer dans la serrure. Me parviernt alors le bruissement discret de la mer quand elle met une sourdine à la colère écumeuse au petit matin pour étaler l’ondulation de sa toison bleutée jusqu’aux confins de l’horizon. Cebruissement n’avait certainement pas quitté la baie, survolé le chaos sonore de la ville, comme chaussé de bottes magiques, pour me parvenir ainsi avec une telle netteté, avec son parfum d’algues et de sel marin. Des embruns me fouettaient le visage. Tout cela semblait s’extraire d’une manière surprenante de notre chambre. Je frappai à la porte sans obtenir de réponse. Je devinais qu’Estevèl était à l’intérieur. Lui seul était capable de provoquer ces phénomènes, comme si autour de lui gravitait un monde invisible d’eau qui ne se manifestait que dans l’absence des corps et des âmes. L’unique fenêtre donnant sur l’extérieur était éclairée. Je traînait jusqu’en dessous deux blocs que je pris près d’un tas de sable. Je me hissai dessus pour avoir vue sur ce qui se passait. (…) J’aperçus Estevèl debout, enfoncé dans l’eau jusqu’à la taille…13
Llegué frente a nuestra vivienda sin darme cuenta, sumida como estaba en mis pensamientos. En vano traté de abrir la puerta. Tenía llave, pero inexplicablemente no funcionaba en la cerradura. Me llegó entonces el discreto ruido del mar cuando al amanecer le pone sordina a la cólera espumante para esparcir la ondulación de su vello azulado hasta los confines del horizonte. Ese zumbido no procedía de la bahía, ni sobrevolado el caos sonoro de la ciudad como calzado de botas mágicas para que me llegase así, con tal claridad con su perfume de algas y de sales marinas. El rocío del mar me salpicó el rostro. Sorprendentemente, todo aquello parecía salir de nuestro cuarto. Toqué a la puerta sin obtener respuesta. Adivinaba que Estevel estaba dentro. Era el único capaz de provocar semejantes fenómenos como si a su alrededor gravitara un mundo invisible de agua que sólo se manifestara en ausencia de cuerpos y almas. Había luz en la única ventana que daba al exterior. Agarré dos bloques que estaban en un montón de arena, los puse debajo y me subí para tratar de ver qué había en el interior de la vivienda. (…) Allí estaba Estevel de pie, hundido hasta la cintura en el agua.14
Terminamos. Viajar en autobús por el interior de Francia y describir después esa experiencia tampoco tiene nada que ver con la vivencia de un viaje de San Juan a Puerto Príncipe, y seguramente la traducción de uno y otro relato al español tiene, por fuerza, que acudir a los lenguajes de Victor. Veamos original y traducción:
(…) Le voyage vers Port-au-Prince fut doublement éprouvant. Il y eut ces heures terribles passées dans un container converti en véhicule de transport pour ruraux, puis le choc de la cohue crasseuse et de la chaleur dès les premières banlieues de la capitale. Estevèl et moi étions immobilisés sur un banc de bois par un essaim de légumières puant la terre, la sueur et les légumes, qui se rendaient aussi à Port-au-Prince. Certaines d’entre elles, dès les premiers kilomètres, se mirent à vomir dans des sachets en plastique apportés certainement pour cet usage. Une des femmes, ne pouvant plus maîtriser son envie d’uriner, laissa courir le liquide le long de ses cuisses, et l’intérieur du véhicule avait ainsi, outre l’odeur de ces corps campagnards, des odeurs d’ammoniaque, de vomi, de fumée et d’huile de moteur. Je me disais, ahurie devant ce spectacle, que c’était triste de voir ces femmes, qui se dépensaient tant pour nourrir leur famille, obligées de voyager toujours dans des conditions aussi déplorables. Des grappes de passagers étaient accrochées à qui mieux au-dessus de nous, car le toit du container avait été enlevé. Quand le véhicule, conduit par un sorte d’hurluberlu édenté, borgne et alcoolique, prenait un virage à trop grande vitesse et penchait ainsi dangereusement, des tennis ou des sandales bon marché, maculées de boue et d’excréments d’animaux, logeant des pieds putrides, venaient se balancer devant nos visages, ce qui déclenchait de la part de l’essaim de légumières des salves d’injures dévastatrices.15
(…) El viaje a Puerto Príncipe fue doblemente espantoso. Pasamos horas terribles metidos en un contenedor convertido en vehículo de transporte para rurales, luego, el choque de la mezcolanza grasienta y el calor desde los primeros suburbios de la capital. Estevel y yo íbamos inmovilizados en un banco de madera por un montón de verduleras que apestaban a tierra, a sudor y a legumbres que también iban para Puerto Príncipe. Algunas, desde los primeros kilómetros, vomitaron en los cartuchos plásticos que llevaban seguramente para eso. Una de las mujeres, que no podía aguantar más las ganas de orinar, dejó que el líquido corriera por sus muslos, y así el interior del vehículo, aparte del de los campesinos, olió a amoníaco, a vómito, a estiércol y a aceite de motor. Me decía, aterrada por aquel espectáculo, que era triste ver a esas mujeres que tanto se esforzaban por alimentar a su familia. Cómo se obligaban a viajar siempre en tan deplorables condiciones. Había pasajeros que se amontonaban en racimos como mejor podían por encima de nosotros porque al contenedor le habían retirado el techo. Cuando el vehículo, conducido por una suerte de mastodonte desdentado, torpe y alcohólico, hacía un giro a una velocidad excesiva y se inclinaba peligrosamente, los tenis o las chancletas baratas, manchadas de lodo y de excrementos de animales, que calzaban los pies pútridos, se balanceaban frente a nuestras caras, lo cual provocaba en el montón de verduleras demoledoras salvas de malas palabras…16
Victor toma distancia de otros sostenes culturales habituales para narrar como si conversara con cada uno de nosotros sobre la suerte de Puerto Príncipe y de su barrio Paradi, el destino trágico y la esperanza de sus habitantes y de su país.
Era curiosa esa sensación de libertad que procuraba mirar desde lo alto de la montaña estando englutida en la promiscuidad y el infierno de Paradi. Visto desde abajo, Paradi era un chancro, un no-lugar, un cementerio de vivos, una ciudad-dormitorio para parias escapados de la provincia en busca de una mejoría tornada ilusoria en esta capital. Desde abajo, lo único que se percibía era ese manto leproso de hormigón y de zinc que había talado el verdor de la montaña. Pero de lo alto, frente a la ciudad, uno era presa de una sensación a la vez de ligereza y de poder. El que se pudiera abrazar con la vista la magnificencia engañosa de la ciudad vista de lejos, incitaba a los sueños más demenciales de conquista y de éxito.17
Y así, en aquel marco de violencia, fui traduciendo una historia de traiciones, de segregación social, confesional, cultural y racial; de amores frustrados, violaciones, perversiones, marginalidad, fatalismo, catástrofes naturales, desequilibrios ecológicos, asumida con una suerte de realismo poético:
Cualquiera diría que la montaña se había dotado de un carapacho donde la techumbre de cada habitación era una escama. Un carapacho bien frágil para el día en que la tierra se pusiera a temblar, cuando un diluvio haría que el suelo fuese incapaz de sostener aquella masa monstruosa. Me dije que algún día, en pleno Paradi seríamos tragados por una gran ola de basura. Me preguntaba qué sería mejor: ¿Morir aplastada bajo los escombros durante un temblor de tierra, como en esa pesadilla con la que soñaba tan a menudo, o ser arrastrada por una ola de basura?18
Experiencias que quizás son universales, o hasta puede que desconocidas para una buena parte de los lectores potenciales de esta literatura, pero que en Haití se viven de manera muy específica. Espero, junto con el autor, habérselas trasladado a los lectores de mi país, aquellos para quienes, en definitiva, trabajamos.
Notas:
1- Gary Victor: Le sang et la mer, Vents d’ailleurs eds., Francia, 2010 (186 pp.).
2- En Juan José Lanero y José Luis Chamoza (eds): Lengua, traducción, recepción. En honor de Julio César Santoyo, vol. II, Universidad de León, 2011, pp. 93-115. El artículo forma parte del proyecto de investigación HUM2005-08221-C02-01. Al profesor Bernárdez, verdadera autoridad en el tema, mundialmente reconocido, debemos Teoría y epistemología del texto, Cátedra, Madrid, 1995; “El texto en el proceso comunicativo”, en Revista de Investigación Lingüística, 2 (6), 2003, pp. 7-28; “El autor empaqueta, el traductor desempaqueta”, en El trujamán, Instituto Cervantes, 2003; y El lenguaje como cultura, Alianza, Madrid, 2008.
3- Ibíd., p. 93.
4- Bernárdez parte de la idea de que el lector debe esforzarse, y de que no todo está claro en la vida y no tiene por qué estarlo en la literatura.
5- Le sang et la mer, ed. cit., p. 49.
6- La sangre y el mar, Casa de las Américas, La Habana, 2012, p. 49 (trad.: Lourdes Arencibia).
7- Juan Rulfo: “Luvina”. En: Pedro Páramo / El llano en llamas, Planeta, Barcelona, 2002, pp. 172-174.
8- Edward Kamau Brathwaite: Los danzantes del tiempo. Antología poética, Casa de las Américas, La Habana, 2011. Premio de poesía José Lezama Lima.
9- Virgilio Piñera: “La isla en peso”. En: Amnios poemas/poetas/poéticas, no. 9, 2012, p. 10.
10- Saint John Perse: “Mares”. En: Obra poética completa, t. II, Universidad Pontificia del Perú, 2003, p. 103 (trad.: Jorge Zalamea).
11- Evelyne Trouillot: “El mar entre leche y sangre”, Revista Casa de las Américas, no. 268, julio/septiembre, 2012, pp. 47-52 (trad.: Lourdes Arencibia).
12- Aimé Césaire: Retorno al país natal, Fundación Sinsonte, 2007, p. 59 (trad.: Lydia Cabrera y Lourdes Arencibia).
13- Le sang et la mer, ed. cit., pp. 64-65.
14- La sangre y el mar, ed. cit., pp. 64-65.
15- Le sang et la mer, ed. cit., pp. 42-43.
16- La sangre y el mar, ed. cit., pp. 41-42.
17- Ibíd., p. 48.
18- Ibíd., p. 54.