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«La muchacha de los ojos dorados», un cuento de Enrique Cirules 

Alberto  Marrero, 07 de enero de 2013

Escrito desde una perspectiva aparentemente realista, con lenguaje sosegado y recto, y una estructura nada pretenciosa pero muy bien pensada, el cuento que le proponemos hoy en nuestro espacio Fabulaciones es, al mismo tiempo, un relato de ambigüedad eficaz que exige una lectura atenta. Según me dijo su autor, el reconocido narrador y ensayista Enrique Cirules (Camagüey, 1938), el texto data de la década de los sesenta y es una suerte de anticipación de su obra narrativa posterior, o quizás fuera el resultado de ese forcejeo con las palabras y búsqueda de una voz propia del que ningún escritor escapa en sus inicios. En realidad pienso que esta pugna perdura hasta la muerte, porque el escritor siempre aspira a renovarse constantemente y para ello está obligado a sudar sobre la página como el primer día.

  La historia transcurre en un pueblo de pescadores, con bandadas de gaviotas y pelícanos volando en círculo sobre las manchas de sardina, que tiene, entre tantas cosas, una plaza e iglesia colonial, un cementerio en la colina, tabernas para beber el recio aguardiente y el café mañanero, la modorra del sol calentándolo todo, y las barridas de constantes ciclones que van deshaciendo poco a poco el humilde esplendor de la villa. En medio de este paisaje, un viejo y, al parecer, su espíritu, o quizás una persona que ha venido a verlo al muelle —eso nunca lo sabremos—, dialogan entre si rememorando un pasado común. El viejo habla de amigos muertos y de una muchacha con ojos de ángel y cabello rubio de la que se enamoró; y de otra, casada y libidinosa, con la que se desfogó una noche soñando tal vez con la primera. El hecho cambió su vida de una manera drástica. Al otro día tuvo que huir del pueblo ante la furia del marido ultrajado, para refugiarse en otros sitios. El tiempo lo calmó todo, o mejor, lo borró todo excepto su memoria, o su nostalgia por lo que pudo ser y no fue, o la rabia por el error cometido, imposible ya de enmendar.

    Con indiscutible destreza, el entonces muy joven Cirules escogió un narrador omnisciente que, por momentos, se pega tanto a los personajes que a veces da la impresión de ser uno de ellos. Para mí el cuento es narrado desde el espíritu impenitente del viejo, lo que rompe la objetividad realista con que el autor finge contarnos la historia. De ahí también la ambigüedad a la que hacía referencia al principio y que le da al texto un nivel mayor de sugestión persuasiva. Semejante recurso reaparecerá en ficciones posteriores.

   Enrique Cirules, escritor de una vasta obra narrativa y ensayística, ha publicado títulos importantes como: Conversación con el último norteamericano (1973), Guardafronteras (1983), La otra guerra (cuentos, finalista del Premio Casa de las Américas, 1977). La saga de La Gloria City (1983), Bluefields (1986), Extraña lluvia en la tormenta (1988) En tres ocasiones ha recibido el Premio Literario 26 de Julio (1971, 1972 y 1986); en 1993 obtuvo el Premio Casa de las Américas con su libro El imperio de La Habana (también Premio de la Crítica en 1994). Su ensayo literario, basado una exhaustiva investigación histórica, Hemingway en la cayería de Romano, le concede, en 1999, una mención Premio Casa. Entre sus últimos éxitos podemos destacar La vida secreta de Meyer Lansky en La Habana, (2004) y la novela Santa Clara santa (2007), primera parte de una trilogía sobre una familia cubana que participa en los acontecimientos mundiales más importantes del siglo XX.

Alberto Marrero            


La muchacha de los ojos dorados

Enrique Cirules
                     

No era mucho el esfuerzo que había tenido que realizar para recorrer el pueblo, desde la estación del ferrocarril a la estrepitosa barriada del puente. Le bastaba con subir la breve cuesta adoquinada para llegar hasta la plaza, y observar la antigua iglesia amarilla, la escuela de tejados rojizos, y esa edificación colonial que había sido casa de socorros, cárcel y administración local.
   —También estuve en la colina del cementerio.
   —Eso ya lo sé —dijo el viejo, sentado como estaba sobre uno de los tocones de la orilla-; y te habrás dado cuenta de que todo está muy cambiado.
   Era lo que siempre ocurría, cada vez que se dejaba sorprender por el amanecer, cuando resultaba usual que escuchara el revuelo de gaviotas y pelícanos que llegaban volando en círculos. Llegaban lanzándose furiosamente contra el agua, por encima de aquella enorme mancha de sardinas que se desplazaba desde las rinconadas del Este, y entraban a la ensenada, impelidas por las jiguaguas y algún que otro tiburón, mientras la mancha se acercaba hasta casi rozar las piedras de la orilla.
   Sin embargo, no era la estampida de los peces, ni la ruidosa presencia de las aves marinas lo e más lo inquietaba; sino la salida del sol, con el viejo recogiendo sus avíos de pesca, a la vista de los que bajaban por la colina en busca de la playa.
   El viejo solía tomar café en alguna de las tabernas cercanas a la estación ferroviaria, y después se iba caminando por entre las bajas casas de madera, hacia el antiguo muelle, a la espera de que se produjera la estampida del amanecer.
   —¡Viejo! —dijo—, y lo creyó ensimismado, casi borroso, antes de que el anciano se pusiera de pie; o él se imaginara que se había puesto de pie, y su imagen se volviera aún más transparente, casi imprecisa. Entonces dijo:
   —¿Es que ocurre algo?
   La pregunta lo sorprendió.
   —No sé —dijo—. No he podido encontrar a mis amigos.
  —¿Tus amigos? Los tuyos casi todos están muertos —se oyó que decía el viejo, desde el sitio donde se suponía que debía estar su cuerpo—; pero tal vez puedas encontrarte con alguno en la barriada de la Ceiba.
   Pensó que se estaba refiriendo a los Jaimes; pero el viejo se había puesto a evocar a los que había conocido en las tabernas, en los muelles, en goletas y veleros.
   —Es como si no te dieras cuenta que estamos en una zona de huracanes —agregó el anciano—. El último de los ciclones  destrozó lo poco que se mantenía en pie. De eso si te habrás podido dar cuenta.
   La respuesta, fue mover su cabeza. Un gesto que podía significar una cosa o la otra, por lo que su inquietud se hizo menos precisa. Lo más extraño era el embarcadero. Es como si nunca hubiera existido.
   —A mi me ocurre algo parecido; y quizás por eso, en las mañanas, nunca resisto la tentación de abandonar la colina del cementerio.
   No lo veía, simplemente escuchaba su voz; y tuvo la sensación de encontrarse muy solo, en cualquier otro paraje, cada vez que evocaba el ribazo, los antiguos almacenes, la calle de piedras, en una ensenada que poseía varios muelles de madera, y donde se podían escuchar aún las voces de los pescadores entre cordajes y jarcias; gente que solía desandar por las calles a través de las edificaciones de piedra caliza, hacia la playa, a la espera del amanecer.
   Creyó que estaba volviendo al mismo espacio de siempre; y en su memoria fue como si reconstruyera el andar de la Josefa. La embarcación en la que había navegado desde niño; pero lo que hizo, una vez más, fue evocar a su muchacha, cuando aún el viejo era fuerte, vigoroso, capaz de apresar los remos y permanecer un día y una noche recorriendo canalizos y esteros de aquella vasta comarca; o las veces que subía la cuesta con la vela enrollada al palo del esquife sobre el hombro, en busca del muelle de las Antillas.
   En todo eso pensó, y la nostalgia por aquella muchacha que residía en la calle principal del pueblo se hizo más fuerte.
   La muchacha era alta, demasiado joven quizás, con el pelo rubio, y unos ojos del color de la miel. Nunca antes había reparado en ella.  Hasta entonces la había visto como una simple adolescente, hasta la tarde en que cruzó muy cerca del portal, y se dio cuenta de que la hija del tipógrafo se había convertido en una encantadora muchacha.
   —¡Hola! —dijo o murmuró, notando como palidecía; y la sintió turbada, sorprendida; y repitió eso de que hace  tiempo que no te veía; y es que ya usted ni siquiera se acuerda de mi, dice ella. Es que estuve fuera del pueblo, dice él; y aunque en dos o tres ocasiones he pasado muy cerca del portal, ahora fue que vine a reparar en tu presencia.
   Volvió a palidecer; y trató de expresar una frase, tal vez un suspiro, y sonrió. Una leve sonrisa, tan delicada. Después de todo, sentada como estaba en el marco de la ventana, tenía la certeza de que iba a ser suya, irremediablemente.
   Lo cierto es que ese fin de semana se vieron una o dos veces más, en ese acto de cruzar por el parque; mientras él experimentaba una de esas sensaciones indefinidas, como si todo el tiempo estuviera de su parte, y dispusiera de un universo entero para hacerla feliz.
   Luego se produjeron otros encuentros, casi siempre furtivos, cuando ella salía de su casa, en busca del parque. Él con el ánimo de intercambiar unas breves palabras. Ella mostrando una sonrisa esquiva, como si supieran o pensaran o estuvieran soñando simplemente, con el temor a que el padre fuera a darse cuenta de que había comenzado asediar a su hija.
   Estaba seguro que el tipógrafo no lo iba a tolerar. De cualquier modo, podía sentir su voz de inocencia, mientras ella lo miraba con ojos de asombro, con la impresión de que siempre iba a estar allí, esperando a que él se decidiera.
   Un día de san Juan, en la tarde, se reunió con algunos amigos. Así que se tomaron algunas copas, y se puso muy eufórico con las canciones de Tejedor, y tal vez porque se encontraba demasiado alegre, decidió que esa noche debía de pasarla de maravilla; y se despidió de sus amigos, y al rato ya se había instalado en la esquina del café de Miranda.
   Del otro lado de la calle estaba la casa de aquella otra muchacha, la trigueña, la que estaba casada, la que cada vez que él cruzaba por la calle lo envolvía con una desafiante mirada; y si el marido andaba de viaje, esa noche ella no se iba a oponer ni a resistir.
   Parado en la esquina notó un temblor de cortinajes, y supo que se encontraba detrás de la ventana. Allí su negrísimo pelo, los ojos muy brillantes, y su temperamento de fuego.
   Cruzó muy cerca de la ventana y murmuró aquello de que volvería, a las nueve; y se alejó despacio, y antes de llegar a las marquesinas del hotel se imaginó la desnudez de su cuerpo y la manera impetuosa que poseía para hacer el amor.
   Poco antes de las nueve ya se encontraba en los alrededores del café de Miranda; se acercó a la barra y pidió un trago, para abandonar el café y desplazarse lentamente. Caía una llovizna sobre la calle empedrada, solitaria; y se deslizó de una acera a la otra. La sabía detrás de la ventana, y empujó la puerta con suavidad, y la hoja cedió, y penetró en la sala, y observó su figura en la penumbra, dominado por una sensación de lujuria, por aquel inconfundible olor de su cuerpo, en el aire denso de una noche de verano.
   Se trataba de un olor que conocía mucho antes de sentirla, de palparla, completamente desnuda; y de pie recorrió su cuerpo, de los senos erizados a los resquicios más profundos. La recorrió en el umbral de la habitación,  temblorosa de jugos, oyendo como en un murmullo su trémula voz.
   La condujo, más bien la arrastró hacia la habitación. La tumbó encima de la cama estrujada, la beso una y otra vez; comenzó a penetrarla y la obligó después a que se arqueara, de espaldas, toda jugosa; y empezó a penetrarla esta vez disfrutando de sus quejidos, de sus protestas, de ese dolor y placer que la taladraba, para voltearla de nuevo, y deslizarse por encima de su cuerpo, para confluir con su amplia y acogedora confluencia, hasta sentirla  gemir, llorar, reír, antes de que comenzara a blasfemar; y estuvieron así, enfierecidos, casi hasta el amanecer.
   Después tuvo la sensación de que se había puesto tensa, como asustada; tienes que irte —dice ella—, debes marcharte; y él se vistió apresurado, y salió a la calle cuando se encontraban instaladas las luces del alba.
   Se dirigió a la casa de su madre, y se duchó y se cambió de ropa, y se puso a deambular por los cafetines y tabernas del puerto; y al mediodía, cuando se reunió de nuevo con sus amigos, supo que su noche de gloria no era ningún secreto.
   Esa madrugada lo despertaron para decirle que lo andaban buscando para matarlo; y tuvo que marcharse del pueblo, sin despedirse. Un largo tiempo, hacia un espacio indefinido, apresado a veces por la nostalgia, y en otras ocasiones disfrutando de todos los placeres, antes de regresar al embarcadero pensando que todo había pasado, que podría encontrarse de nuevo con su muchacha, a su paso por la calle empedrada, y que ella iba a estar allí, sentada o parada en la ventana de siempre; pero el mismo día que llegó, supo que la muchacha de su nostalgia se había marchado del pueblo.
   —¿Qué esperabas que hiciera? —oyó que decía el viejo—. ¿Acaso no tenía que casarse?
   —Lo sé —declaró de una manera apenas audible, y sintió de nuevo la extrema soledad. Ese temor suyo a ser sorprendido por el alba.
   —Estuve en la puerta del cementerio —dijo esta vez de manera calma, sin una sombra de angustia—; y me encontré con tus amigos, y todos deseaban que yo los acompañara; pero cuando pregunté por ti, me dijeron que hacía un buen rato que te habías marchado.
   —Es  lo  que  siempre hago —dice el viejo, con un  gesto  amargo, confuso—, cada vez que me siento muy jodido. Es lo que vengo haciendo, a pesar de que en esta comarca todo ha cambiado, y para encontrarse con un tiburón hay que salir a navegar mar afuera.
   Era notoria la ausencia de pelícanos y gaviotas, aunque fueran visibles los tocones de los dos grandes muelles de madera.
   Y tal y como lo había presentido, con un rayo de luz que amenazó por encima de las colinas, comprendió de que también las manos del viejo estaban por desaparecer.
   De cualquier modo, era como si la voz se encontrara muy lejos, sólo en su imaginación; y se vio a bordo de La Josefa, con las velas desplegadas, dejando por detrás las colinas que rodeaban el embarcadero, con la proa enterrada en el oleaje, para entrar en la mar gruesa, rodeado de mariposas y de una manada de delfines, en esa navegación suya hacia los confines del mundo.
   —¿Es por la muchacha, no? ¿La de los ojos de ángel?  —oyó una vez más la voz; y de nuevo volvió su cabeza para descubrir que ya el viejo había desaparecido por completo.
   Los rayos del sol resultaban deslumbrantes; y en la distancia creyó ver una vela, un casco, una embarcación; y sintió también el chillido de las gaviotas, y movió su rostro hacia la playa; y la descubrió tal y como la recordaba, con sus  cabellos estremecidos por la brisa.
   La muchacha venía caminando por la playa, venía descalza, a su encuentro; y en ese instante fue como si el más intenso de los fuegos comenzara a instalarse en el centro de su pecho.

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
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