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Martí en su aniversario 160: Cuentos de La Edad de Oro

Alina Iglesias Regueyra, 13 de enero de 2013

Durante todo este 2013, y específicamente el 28 de enero, se celebran los 160 años del nacimiento de José Julián Martí Pérez, un ser extraordinario para los cubanos de cualquier edad, y muy especialmente para los más pequeños. Ya desde preescolar, memorizamos ese poema suyo, lleno de ternura y nobleza, que propone ofrecer amor y alma limpia a todos, sean amigos o enemigos: “Cultivo una rosa blanca…”.

Hace una década, la colección Biblioteca Escolar de la Editorial Gente Nueva, nos entregó Cuentos de la Edad de Oro, un volumen que recopila las historias de fantasía publicadas en aquella memorable revista dedicada a los niños —“y a las niñas también”— de Nuestra América. El título, reimpreso varias veces en los años subsiguientes, incluye “Meñique”, “Bebé y el señor Don Pomposo”, “Nené traviesa”, “El camarón encantado”, “La muñeca negra” y “Los dos ruiseñores”.

El libro contó con la delicada edición de Janet Rayneri Martínez y el diseño de María Elena Cicard Quintana. La imagen de cubierta exhibe el trazo ligero y desenfadado de la talentosa Jeannine Achón Rodríguez. En armoniosos matices, cual si desearan escuchar su propia historia, los personajes se reúnen alrededor de la niña, quien lee en un rincón del jardín.

Como se sabe, además de un maravilloso escritor, Martí era un traductor prodigioso. Sus traslaciones son, a la vez, respetuosas de los originales, y muy creativas: seleccionó frases y recursos del español que emularan los utilizados en el idioma de partida, fuera inglés o francés. Tales son los casos de “Meñique” y “El camarón encantado”, de Edouard René Lefebvre de Laboulaye, o de “Los dos ruiseñores”, versión libre del texto de Hans Christian Andersen, obras conocidas por el Apóstol en vida de sus autores.

El jurista y político francés Laboulaye (1811-1883) fue diputado y, luego, senador de la Tercera República francesa, siendo el ponente de la ley que, en 1875, instauró la libertad de la enseñanza superior en su patria. Es conocido por su idea de ofrecer a los Estados Unidos una estatua que personificara la Libertad. Podemos deducir, pues, la admiración que provocó en Martí, raíz de su decisión de traducir su obra para incluirla en La Edad de Oro. Por su parte, la desbordada fama actual del escritor para niños y poeta danés Hans Christian Andersen (1805-1875) ya se ponía en evidencia en 1838, rebasando los límites de su país natal.

Así, nuestro Martí, educador nato, siempre actualizado y empeñado en llevar a sus amados niños lo mejor y más novedoso de la literatura mundial, seleccionó obras de otras latitudes que, a su juicio, merecían ser conocidas y disfrutadas por esas almas en formación. Los textos que toma prestados son debidamente acreditados, ante la evidencia de una escritura tan personal como la suya, permeada de una extraña mezcla de occidentalismo e independentismo, como apreciamos en la introducción de “Los dos ruiseñores”:

En China vive la gente en millones, como si fuera una familia que no acabase de crecer, y no se gobiernan por sí, como hacen los pueblos de hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador y creen que es hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si fuera el sol, con mucha luz por junto a él, y de oro el palanquín en que lo llevan, y los vestidos de oro. Pero los chinos están contentos con su emperador, que es un chino como ellos. ¡Lo triste es que el emperador venga de afuera, dicen los chinos, y nos coma nuestra comida, y nos mande matar porque queremos pensar y comer, y nos trate como a sus perros y como a sus lacayos!

Destacan en este libro, además, las historias escritas por su propia mano: “Bebé y el señor Don Pomposo”, “Nené traviesa” y “La muñeca negra”, como muestras de su extrema sensibilidad hacia los infantes. Los protagonistas son, en el primer cuento, dos niños: Bebé y su primo Raúl; y en los últimos, las niñas Nené y Piedad. Martí toma la cariñosa costumbre familiar cubana, al parecer ancestral, de nombrar a los menores con cariñosos apodos: Nené y Bebé, sin dar a conocer sus verdaderos nombres. Como leit motiv de las historias sitúa objetos entrañables: los juguetes más típicos, como sables o espadas, muñecas y libros. De esta manera, trabaja sobre la identificación, al proponer a su pequeño interlocutor un mundo similar al suyo, y facilita así la comprensión de la idea central de la obra. Algunos códigos epocales atentan quizás contra la agilidad actual de la lectura infantil, como es la descripción que hace del vestuario de Bebé, donde se mencionan personajes conocidos de su tiempo, pero la intencionalidad y eficacia con que está dispuesta cada palabra supera estos mínimos obstáculos.

Les propongo, pues, celebrar, bien en familia o al calor del aula, los 160 años del Apóstol con los Cuentos de la Edad de Oro.