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Retrato de un hombre desnudo

Jesús Dueñas Becerra, 11 de enero de 2013

El que vende su cuerpo, vende también su alma
Proverbio oriental

Teatro del Caballero llevó a las tablas de la sala El Sótano, la obra Retrato de un hombre desnudo, del actor José Antonio Alonso, con la dirección artística de Junior García.

La trama de esa deliciosa puesta en escena —donde prevalece la comedia con algunas pinceladas trágicas que evocan la técnica pictórica impresionista—, gira alrededor de la conducta homoerótica en personas que frisan el medio siglo de vida y su marcada predilección por los jóvenes signados por la belleza física —¿y por qué no la espiritual?—, que les confiere la juventud, etapa privilegiada del ciclo vital humano.

Ese es el caso de Gastón I (José Antonio Alonso), un dramaturgo de profesión, quien contrata los servicios de Gastón II (Roberto Moreno), un «mercenario sexual», para que lo acompañe en las noches de soledad a las que, según él, está condenado un gay que está llegando a la tercera edad.

Gastón II insiste en conocer qué función desempeñaría en ese «nuevo trabajo» y a cuánto ascendería la retribución económica.

El veterano dramaturgo, basado en el aforismo popular «el que paga manda», le manifiesta directamente qué espera del chico, quien, en un inicio, niega su homosexualidad y se resiste a las insinuaciones homoeróticas de Gastón I, pero acaba accediendo a sus pretensiones.

El controversial vínculo que contra viento y marea se establece entre ellos, culmina en una relación maestro-discípulo, ya que al joven le fascina el teatro, y le pide a Gastón I que le enseñe los «secretos» del arte de las tablas.

Mientras discurre el proceso de enseñanza-aprendizaje tienen lugar varias escenas, una de ellas relacionada con el trasvestismo, —muy lograda por cierto— que generan sonoras carcajadas en el público, y, al mismo tiempo, lo incitan a reflexionar acerca de la idea y el mensaje ético-humanista que transmite la obra en cuanto a la diversidad sexual y la función del teatro, el cual ha sido caracterizado, con acierto, como «la representación en un escenario de la vida misma».

En el desarrollo de la obra se evidencia la profesionalidad —incluido el empleo adecuado del lenguaje verbal y corporal—, que identifica a los actores en ese hilarante contexto; los cuales le aportan credibilidad a los personajes.

Destacar la calidad técnico-interpretativa del multifacético actor José Antonio Alonso, es un deber de la crítica. Señalar la magnífica actuación del actor Roberto Moreno constituye un acto de justicia, por la madurez y la naturalidad con que desempeña el papel que se le asignara en la obra.

Retrato de un hombre desnudo, simbólico título que equivale a una confesión espontánea del conjunto de virtudes, defectos, sueños, anhelos, frustraciones, deseos insatisfechos, fracasos, debilidades y necesidades, en que se estructurara la enrevesada personalidad del añoso dramaturgo.  

Al final, los actores recibieron el mejor premio que puede concedérsele a un artista: la sincera ovación de que fueran objeto por parte de los presentes en la función.      

 

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