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Un grano de poesía sazona un siglo

Leonardo Depestre Catony, 25 de enero de 2013

"Al lado de la extraordinaria sintaxis de Martí está, pues, como el otro pilar de su magistralidad, su metáfora. La tiene impensada y no extravagante; la tiene original y no estrambótica; la tiene virgínea y en tal abundancia que no se entiende de qué prado de ellas se provee en cada momento sin que la reincidencia lo haga nunca aceptar una sola manoseada y ordinaria".
(Gabriela Mistral)

"Cuando aún prevalecía en España y en sus colonias literarias el fetichismo de la preceptiva neoclásica, Martí rompía metros y ritmos para hacer su verso como crin hirsuta. Cuando aún no prosperaban sino los residuos del patetismo romántico, o la fría plástica de las Academias, él desencadenaba las voces más profundas y convocaba al lenguaje sus concreciones más enérgicas".
(Jorge Mañach)

"Entendido lo poético como virtud, como poder, como adivinación, no hay en su siglo y en su lengua caso tan pleno como el de Martí. Ninguno como él para dar en todos los parajes con la vena oculta que transforma el decir, vistiéndolo de poesía. Como no sujeta ni detiene el torrente de la palabra, y como no hay en él palabra sin lirismo, toda letra suya desemboca, lo mismo en la estrofa que en el período, en un hecho poético".
(Juan Marinello)

"Cuando decimos que Martí fue el primer revolucionario de América, no podemos querer decir otra cosa sino que fue el primer poeta de América. Poeta en el sentido primigenio de la palabra: creador y vaticinador. Creador en el único sentido que puede serlo el hombre: trasmutador de la realidad. Vaticinador en cuanto visionario".
(Cintio Vitier)

Hemos preferido iniciar estos apuntes con las opiniones de cuatro importantes voces de nuestra lengua para dar, a continuación, paso a un breve comentario.

Ismaelillo, Versos sencillos y Versos libres integran los tres cuadernos tal vez más conocidos en la obra poética de Martí, pero no pueden olvidarse otros manojos de composiciones reveladoras también de su modo de vivir en poesía y donde caben sus Flores del destierro, sus versos de amor, las cartas rimadas, los poemas contenidos en La Edad de Oro y otros muchos de circunstancias o en dedicatorias.

Una obra descomunal en calidad y cantidad, en constancia y perdurabilidad, es la de Martí, que cada día despierta mayor interés entre los críticos de aquí y de allende los mares. De él puede afirmarse que disfrutaba escribiendo y de un modo particular cuando lo hacía en verso. Su genio e ingenio, su fuerza creadora, brotaban con una fluidez  asombrosa.

En 1882 publica en Nueva York Ismaelillo, que le inspira el amor por su primogénito José. "Hijo: Espantado de todo me refugio en ti", es la apertura del autor. En el cuaderno muchos especialistas encuentran los gérmenes de un lenguaje renovador en la literatura hispanoamericana: “...Tiene guedejas rubias /blancas guedejas; /por sobre el hombro blanco /luengas le cuelgan...” ("Príncipe enano").

Otro volumen de poesías reunidas y fechadas en 1882, aunque su autor afirma haberlas escrito muchos años antes, hacia 1878 ‒lo que hace pensar que, por esa fecha las comenzó a escribir y luego les fue incorporando otros textos‒, integran sus Versos libres. Él los califica de “sonoridades difíciles, escultóricos, vibrantes, y de crin hirsuta”,  reveladores de su rebeldía, su angustia, su firmeza: “Dame el yugo, oh mi madre, de manera /que puesto en él de pie, luzca en mi frente /mejor la estrella que ilumina y mata”. ("Yugo y estrella").

El otro poemario que publica Martí es Versos sencillos, igualmente editado en Nueva York, pero en 1891. Los textos están escritos en primera persona, prevalece la vivencia íntima. "Mis amigos saben ‒escribe‒ cómo me salieron estos versos del corazón". En el quinto de ellos apunta: “Si ves un monte de espumas, /es mi verso lo que ves: /mi verso es un monte, y es /un abanico de plumas”.

Deslumbra por su aparente sencillez y profunda sinceridad, ilustra la capacidad en Martí para sintetizar y depurar dentro de sí, otras veces de incontenible elocuencia. Estos son algunos de sus versos más conocidos en Cuba e Hispanoamérica. Por él desfilan “Yo soy un hombre sincero”, “La niña de Guatemala”, “Yo quiero salir del mundo”, “Yo pienso, cuando me alegro”, “Cultivo una rosa blanca”, “Tiene el leopardo un abrigo” y otras composiciones antológicas.

La colección que aparece en sus Obras completas bajo el título de Flores del destierro, es considerada un complemento de los Versos libres, en tanto las registradas como Versos de amor y Cartas rimadas muestran la extraordinaria facilidad de Martí para la creación poética y su permanente diálogo con la inspiración.

Otros poemas se incluyen en su obra, que es necesario mencionar, los cuales se recogen fuera de los antes citados cuadernos, como ocurre con los incluidos en los cuatro números de la revista para niños La Edad de Oro, donde figuran, entre otros, “Los zapaticos de rosa”: “Hay sol bueno y mar de espuma, /y arena fina, y Pilar /quiere salir a estrenar /su sombrerito de pluma...

Cuánto representó para Martí la poesía, nadie mejor que él lo expresó:

La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida.

Sencillamente, leamos la poesía de José Martí. "Un grano de poesía sazona un siglo", nos legó en sus palabras.