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La Feria del Libro en el 160 aniversario del nacimiento del traductor José Martí (I)

Lourdes Arencibia Rodríguez, 28 de enero de 2013

Por estos días, nuestra nación celebra con particular lucimiento el 160 aniversario del natalicio de José Martí. La venidera Feria del Libro le viene particularmente dedicada en toda su programación. Naturalmente, nuestra sección no podía estar ajena, pues el homenajeado, durante toda su vida, fue un traductor notable.

Y hago bien al decir “durante toda su vida”. Los primeros testimonios que sus propios escritos fechados en 1882 nos ofrecen para recomponer su biografía nos hacen saber que a los 13 años, siendo aún estudiante de inglés, intentó hacer una versión del Hamlet de Shakespeare, finalmente sustituida por Mystery, de Lord Byron,1 un trabajo que juzgó más acorde a sus conocimientos de entonces. En el otro extremo del arco temporal, días antes de partir hacia su patria querida y su destino final en Dos Ríos, escribe, desde Cabo Haitiano, la célebre carta a María Mantilla de abril de 1895, en la cual atinadamente le recomienda cómo la chica debe traducir la Historia General que le han encomendado para ganarse el pan.[t. 20, pp. 217-218]

No han faltado prestigiosos investigadores —cubanos y extranjeros— que hayan estudiado y publicado temas puntuales de la labor traductora del Apóstol. Gracias a ellos2 se han divulgado aspectos sobresalientes de las aproximaciones martianas a autores como Victor Hugo, Horacio, Anacreonte, Hesíodo, Emerson, Poe, Longfellow, Helen Hunt Jackson, Vacquerie, Laboulaye, Hans Christian Andersen, Mahaffy, Wilkins, Jevons o Hugh Conway. Pero en la copiosa bibliografía pasiva sobre esta figura cimera de las letras y el pensamiento político americanos, es todavía escaso el estudio crítico con una visión abarcadora de su reflexión y su práctica traduccional. Ante la importancia palmaria y la trascendencia que para los cubanos y los latinoamericanos todos tienen el pensamiento y la acción política de Martí y su propia producción literaria, ese estudio puntual ha quedado a la zaga de otras valoraciones. A mi modo de ver, carecemos de apreciaciones suficientes para justipreciar, en todas sus dimensiones, esa faceta de su obra que, al hablar de traducción y traductores en Iberoamérica, lo sitúa a la par de autores como Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Juan A. Pérez Bonalde, por citar algunos.

Cualquier traductor con una obra de la magnitud de la que exhibe José Martí, aún sin argumentación que la calce, reclama con razón una valoración y un espacio entre los cultivadores de la actividad en su país —y en cualquier parte—, máxime si cuenta con tan excepcionales dotes. Súmense a ello la singular lucidez y la profundidad con que se manifestó sobre aspectos teóricos de una disciplina que, en vida suya, todavía estaba lejos de mostrar una línea de pensamiento coherente; aún hoy, un siglo después de que Martí enunciara sus postulados, la traductología no los ha incorporado a su corpus teórico, por conocerlos insuficientemente.

Lo cierto es que, además de poeta, maestro, ensayista, crítico literario, periodista, personalidad cimera de la historia revolucionaria cubana, artífice de su gesta emancipadora y paladín del pensamiento político antiimperialista en nuestro continente, José Martí fue, por oficio y por deleite, traductor y crítico de traducciones. Fue, sobre todo, un gran promotor de la cultura y de las ideas del humanismo, patente en su labor como mediador.

De hecho, su labor intelectual vinculada, durante largos años, al periodismo, la edición y la creación estuvo más inmersa en el mundo de las lenguas y de la traducción de lo que a primera vista parece e, incluso, de lo que él mismo quiso admitir. Y no desde la posición de un lector crítico, ocasionalmente motivado o curioso por uno de los fenómenos de manipulación textual que mayor influencia han tenido en la historia de la cultura universal en todas las latitudes, sino como partícipe directo, con un criterio voluntarista, de ese proceso de proyección de imágenes e ideas de una cultura a otra, pues, además de sus traducciones directas, desde los Estados Unidos hizo llegar diariamente, durante años, a sus lectores hispanohablantes, trans/pensado en español, un enorme caudal de ideas e informaciones que re-expresó a partir de textos y de fuentes que, aunque no siempre eran de su factura original, sí respondían a su selección, para realizar sobre ellos un acto de mediación implícita; vale decir, un trans/vase a la lengua y la cultura hispánicas de un modo de vida que, abarcando todos los niveles y estratos de la sociedad, descubre y explica con una excepcional muestra de democratismo cultural y un poco común nivel de comprensión del fenómeno del multiculturalismo como rasgo definitorio de la nación norteamericana, convertido así en el mejor cronista de esa realidad.

Más de una vez señaló Martí la importancia que tenía el aprendizaje y manejo de las lenguas extranjeras en la formación del individuo y más de una vez puso de manifiesto la importancia de la lengua como factor de unidad nacional. Al respecto señalaba: “Nuestros jóvenes estudiantes deberían reunirse, y estudiar asiduamente en privado a más del francés, el inglés y el alemán. Vive hoy fuera de su tiempo el que no puede leer estas lenguas”. Más adelante abundaba: “Es bueno aprender una lengua, y mejor aprender dos a la vez”. Y encomiaba el “buen método de comparar continuamente una lengua con otra, para señalar sus identidades y descubrir sus diferencias”.[t. 23, pp. 200]

Martí era un erudito. No era el suyo, entonces, únicamente un caso de plurilingüismo; se trataba también del manejo inteligente de una pluralidad de culturas. Por sus indiscutibles dotes de poeta y prosista y su dominio absoluto del español, reunía condiciones para que en su persona se diera la simbiosis del mejor lector y el mejor escritor, cualidades indispensables en un traductor literario.

En este trabajo he preferido insistir en el transvase cultural, trans-pensado e im-pensado, que nuestro comunicador materializa por las vías del periodismo de opinión, apoyado por la traducción implícita, en un Proyecto funcionalista destinado a los pueblos hispanohablantes de América, que madura y lleva a cabo fundamentalmente desde Nueva York. Para hacerlo, cabe hacer referencia a las vías y métodos que utilizó para alcanzar sus objetivos y, sobre todo, situar la modalidad de traducción que se conoce como implícita y que, según definición de García Yebra,3 es aquella que se practica mentalmente cuando se lee un texto en lengua extranjera para utilizar después, de algún modo, su contenido.

“La re-escritura es una constante histórica”, postula André Lefevère.4 Sin embargo, rara vez se le toma en cuenta cuando interviene en procesos de traducción implícita. Por ende, la labor de re-escritura que aquí se analiza atañe al copioso material, escrito fundamental aunque no exclusivamente en inglés, que sirvió como textos-fuente a Martí para redactar en español sus magníficas crónicas sobre novedades, inventos, acontecimientos e informaciones de todo tipo que relataba y acotaba con maestría singular en las páginas de los diarios para los que trabajaba. Es bueno señalar que las Crónicas norteamericanas de Martí, muchas de ellas concebidas y reformuladas a través de este proceso de traducción en la prensa norteamericana, han sido declaradas por la Unesco patrimonio cultural intangible de la humanidad.

Lo más sobresaliente de esta producción es el propósito divulgativo que mueve al autor-traductor, así como los criterios de selección de materiales que moviliza en función de ese propósito. De suerte que el traductor Martí es, en todo momento, fiel al texto original, y presenta a análisis su información, no a partir de modificaciones de forma ni de fondo, sino de un criterio selectivo tal que propicie al lector avisado todo género de lecturas y de reflexiones.

Para realizar ese trabajo, Martí controla sus operaciones de lectura a partir de su lengua materna: el español. Según Gloria Marroco Maffei, se trata, fundamentalmente, de operaciones cognitivas realizadas sobre un material lingüístico donde los conceptos que articulan el texto desde la perspectiva de su propia apropiación a través de la lectura le permiten re-escribirlo, pero siempre como producción de un texto diferente.5 En este proceso, se manifiestan muy claramente las diferencias entre un lector común y el lector-traductor.

Para ilustrar cómo Martí calibraba la utilidad de un proyecto periodístico semejante, citamos uno de sus primeros planteamientos, dirigido a su amigo Manuel Mercado, allá por 1887:

De más está todo lo que me ocurre, que no es poco, para ayudar a dar viveza al diario. (…) Ya hoy se necesita bracear más que antes y extractar con calor y sentido, y tocar a todas las fases de la vida, y acercar más el periódico a la vida real, si se quiere hacer un diario bueno. (…) ¿Por qué no escoge material más variado, y siempre fino, conciso y anecdótico, de la prensa extranjera, cada día con su artículo, del Fígaro, de Le Temp, de El Liberal, El Globo, La Época de España, el Saturday Review, de Londres, y tanta revista de los tres países, llena siempre de materia suculenta? ¿Por qué, y de aquí le ayudo con cuanta originalidad pueda, no publica el domingo una hoja literaria que sea sonada? ¿Por qué, como hacen aquí con éxito todos los periódicos, no publica a mediados de semana, para venta más que para suscripción, una edición especial (…) con lo de más interés que en la semana haya publicado, y un extracto fresco y vivo de las noticias de toda ella? Esta última novedad creo que sería especialmente productiva e interesante.[t. 20, pp. 110-111]

Esa idea, introducida con miras a revitalizar y modernizar la prensa mejicana, a tono con los tiempos y con los posibles intereses de sus lectores, va tomando forma en un programa más estructurado, y atañe ahora a la organización, desde la corresponsalía de El Partido Liberal y El Nacional, el flujo de información con destino a Méjico, una iniciativa que Martí también llevó a cabo con otros diarios de la región, hasta ejercer la corresponsalía de 80 publicaciones en el período en que practicó su periodismo de opinión.

Notas:
1- José Martí: Obras Completas (28 vol.), Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1965, t. 20, p. 285. Todas las citas de Martí están tomadas de esta edición; en las próximas, solo se referirán tomo y página.
2- En tal sentido, vale destacar el quehacer de los investigadores del Centro de Estudios Martianos.
3- Valentín García Yebra: En torno a la traducción, Editorial Gredos, Madrid, 1963, p. 24.
4- André Lefevère: Translation, Rewriting and the Manipulation of Literary Fame, Routledge, London / New York, 1992.
5- Gloria Morroco Maffei: “De la traducción como sistema de re-escritura”, en: V Encuentros Complutenses en torno a la traducción, Editorial Complutense, Madrid, 1994, pp. 141-146.