El viejo de las cuatro trenzas: Dario de Melo
Escritor, editor, periodista y profesor, Dario de Melo (Benguela, Angola, 1935) es considerado el ícono de la literatura infantil angolana, por ser uno de los pioneros en cultivarla y por su extensa producción en el género (alrededor de veinte títulos). Entre sus textos se destacan Estórias do leão velho (1985), Vou contar (1988), Os riscos mágicos (1993), Aqui, mas do outro lado (2000, novela), As sete vidas de um gato (2002), Conto para contar (2010). Ha escrito además libros de poesía y crónicas.
En «El viejo de las cuatro trenzas», obra que tanto pueden disfrutar jóvenes y niños, como adultos, Dario de Melo pone en manos del lector una muestra de la forma entre realista y mágica de que hace gala un contador tradicional de historias cuando se encuentra frente a su público. Al leer esta pequeña joya de la narrativa angolana es fácil imaginarse a uno mismo en medio de la noche africana, junto a una hoguera, oyendo al narrador que nos cuenta una historia aprendida de sus mayores. En las páginas que componen el texto se respira el ambiente que rodea al arte de la narración oral cuando es genuino, y se percibe en parte la grandeza de la sabiduría ancestral de los pueblos africanos. Pareciera que se ha recibido la llave para ingresar en un universo mágico. Pero no hay magia, la magia es el hecho mismo de la creación artística. «El viejo de las cuatro trenzas» es un verdadero regalo para quien lee.
El viejo de las cuatro trenzas
Dario de Melo
Érase una vez un viejo. Tenía cuatro trenzas. Cada trenza tenía un nombre, y cada nombre un secreto.
Con él vivía la señora de un amigo suyo fallecido. Y con esta señora un hijo que había traído todavía pequeño, cuando el marido murió.
Vivían todos muy lejos de cualquier quimbo del rey. Por eso un día, después de mucho pensar, el viejo habló y dijo:
—Tu hijo está creciendo. Necesita conseguir amigos. Vamos a vivir cerca de la tierra donde habita el rey.
Y allá fueron: andando, andando; así estuvieron tres días, hasta que el viejo, cansado, habló de nuevo.
—Vamos a descansar un poco a la sombra de aquel matorral. Hagamos una choza para que podamos dormir.
La hicieron: palo aquí, palo allá, con techo de hierbas... Todavía no terminaban, cuando ya los cazadores del rey llegaban para apresarlos.
—¿Quién les dio orden de entrar? ¿No saben que está prohibido vivir aquí en este monte? ¿No saben que nuestro rey puede ordenar que los maten?
—No, señor. Nadie lo sabía. ¿Quién lo iba a adivinar?
Pero así y todo se los llevaron para que el rey los castigara.
Y el rey gritaba furioso. Habló la mujer. El hijo de ella también. Solo el viejo no lo hizo. La verdad es que nadie quería oírlo...
—Señor rey —dijo el muchacho— el viejo es el que tuvo la culpa. Si quieres mandar a castigarlo (o hasta matarlo), quiero pedirte el favor de que le quites la chaqueta, porque esa chaqueta es mía. Se la presté durante el viaje, no puedo quedarme sin ella.
—Pues, si es tuya, llévate la chaqueta. Y tú, mujer, ¿qué dices?
—Mi hijo ya habló, y lo que dijo era verdad. Si el viejo no fuera viejo y no hubiera mandado a parar, nosotros no hubiéramos tenido que quedarnos allí en el monte. Pero, si quieres mandar que lo maten, ten cuidado con el viejo: «Cuatro astucias en el cabello, son las trenzas que él tiene. Cada trenza tiene un nombre. Y cada nombre un secreto que él no dice a nadie».
Y el rey se volvió hacia el viejo:
—¿Es verdad lo que ella dice? ¿Tienes cuatro trenzas con nombre?
—Es verdad —dijo el viejo.
Y el rey, ya menos furioso (ahora hasta curioso), preguntó:
—¿Es verdad lo que ella dice: tiene cada nombre un secreto?
—Es verdad —dijo el viejo
—Pues bien —habló el rey—, cuéntame ese secreto tuyo y yo te perdonaré la vida.
Y el viejo contó así...
—La trenza del lado izquierdo se llama: «no digas todo a los amigos». Esta aquí, del otro lado, tiene el nombre: «hijo de tu amigo no es tu propio hijo». A mi trenza de atrás yo la llamé: «el viejo del otro también es tu viejo». Y, por último, la trenza que tengo delante es esta: la del «rey que no usa de justicia». Solo eso.
Y el rey, sin entender, volvió a poner otra vez cara de rey furioso:
—¿Qué es lo que eso quiere decir? Explícalo todo mejor.
—Ya le explico, señor: «no digas todo a los amigos», porque ellos terminan siempre por hablar de tus secretos. Fue lo que pasó conmigo cuando conté a la mujer el secreto de estas trenzas.
—Tienes razón, viejo. ¿Y esa del otro lado?
—Mire, señor rey: cuando el padre de este muchacho murió, lo llevé para mi casa. Le di de comer y de vestir. Lo traté como mi hijo. Y vea lo que sucedió... En vez de defenderme, de ponerse triste, llorar, pedir que me perdonaran como haría un buen hijo, solo quiso saber de la chaqueta. Por eso la trenza se llama: «el hijo de tu amigo no es tu propio hijo».
Y el rey, muy interesado, cada vez más curioso:
—¿Y la otra trenza tuya? «El viejo del otro es tu viejo», ¿qué es lo que quiere decir?
—... que si tus cazadores, antes de traerme preso, hubieran pensado así: «este viejo es de la edad de nuestro padre, que es viejo de la edad de él. Vamos entonces a preguntarle por qué es que está en este monte. Con respeto, educación... Haz de cuenta: es nuestro padre». Si tus cazadores pensaran así, yo no estaría aquí, tú no te hubieras disgustado, ni siquiera perdido tiempo.
El rey, que estaba entendiendo (y viendo que había actuado mal), ya ni quería preguntar por el nombre de la otra trenza. Solo que el viejo explicó incluso sin ninguna pregunta:
—Solo falta ahora, mi rey, el secreto de esta trenza. La última, que es la de la frente. La trenza que fue llamada «el rey no usa de justicia», porque si la usara, antes de condenarme, habría de querer oír lo que yo tenía que decir. Solo esto tengo yo que hablar, de las cuatro trenzas que tengo. Si cada trenza era un nombre, y cada nombre un secreto, el secreto ahora se acabó. Porque el rey mandó contar, y yo hice como él mandó.
(Benguela, 1935)