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El flaco y el gordo

Jesús Dueñas Becerra, 18 de enero de 2013

El flaco y el gordo es el título de la obra del escritor y dramaturgo Virgilio Piñera (1912-1979), llevada al escenario en el Complejo Cultural Bertolt Brecht por la agrupación Pequeño Teatro de La Habana, con versión y dirección general de José Milián.

La trama de dicha puesta, favorablemente acogida por el público y la prensa especializada, se desarrolla en una institución de salud, donde interactúan dos personajes devenidos arquetipos de la época republicana. Se trata de en un enfrentamiento entre un joven, cuya miseria linda con la indigencia, y un sujeto de elevado estatus socio-económico, que se mofa de la penuria de su compañero de cuarto.

El papel del «paciente rico», pero huérfano de valores humanos y espirituales, lo interpreta el actor Alejandro Rodríguez, cuya transfiguración en escena es digna de elogio, dada su total coherencia y espontánea naturalidad; mientras que el papel del «paciente pobre» lo desempeña Fabián Mora, quien posee un arsenal inagotable de recursos histriónicos.

En el desarrollo de la obra se mezclan los más disímiles ingredientes: la crueldad, la tragicomedia, los contravalores, la comedia negra y una sátira que apunta directamente hacia el centro mismo de la sociedad prerrevolucionaria, como expresión del teatro del absurdo que dominase magistralmente Piñera.

En esta versión además se funden lo real y lo irreal, en esa fuente de agua cristalina que corría por las corrientes subterráneas del espíritu piñeriano y que simbolizaba el incansable (con)fabular del poeta, crítico y periodista cardenense.

La poética sui generis que emana de El flaco y el gordo cuenta con una iluminación rica en significados —susceptibles de diferentes lecturas por parte del espectador y el crítico—; una banda sonora que remarca el sentido del mensaje éticohumanista, los objetivos artísticos e ideoestéticos que se propone alcanzar; así como con una melodía y letras de los números musicales oportunamente escogidos para la ocasión.

Estoy seguro de que el autor de Electra Garrigó y Dos viejos pánicos dejaría escapar una irónica sonrisa, al regodearse con el final inesperado, y muy bien logrado, con el cual José Milián aprovecha ese montaje no solo para homenajear a Virgilio Piñera, sino también al maestro Vicente Revuelta (1929-2012), a La noche de los asesinos, del dramaturgo José Triana (1931), así como a la «cuarta pared», en su gigantesca magnitud.
                 

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