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La Feria del Libro en el 160 aniversario del nacimiento del traductor José Martí (II)

Lourdes Arencibia Rodríguez, 04 de febrero de 2013

Martí propone a su amigo Manuel Mercado una iniciativa a poner en práctica en sus corresponsalías periodísticas:

Mi otro plan es éste: escribo todo lo que en este haya ocurrido de notable: casos políticos, estudios sociales, noticias de letras y teatros, originalidades y aspectos peculiares de esta tierra. Muere un hombre notable: estudio su vida. Aparece, acá o en cualquier parte del mundo, un libro de historia, de novela, de teatro, de poesía; estudio el libro. Se hace un descubrimiento valioso: lo explico, luego de entenderlo. En fin, una Revista, hecha desde New York sobre todas las cosas que puedan interesar a nuestros lectores cultos, impacientes o imaginativos; pero hecha de modo que pueda publicarse en periódicos diarios (…) de estos artículos, unos serían de crítica, otros de bibliografía, otros de biografía, otros, los que interesarían más acaso, correspondencias sobre varias materias.1

En septiembre de 1887, participa a su interlocutor sobre cómo enviaría sus textos; su explicación resulta harto elocuente para calzar nuestra tesis referente a la utilización que hacía de la traducción implícita: “Traducidos no le mandaré los recortes, por falta material de tiempo, y porque de los más de ellos, y de casi todos, valdría más que traducirlos, extractarlos, para que la sección fuese más variada y mejor servida”.[t. 20, p. 115]

Por fin, en otra epístola, precisa más aún su propuesta:

… prestar desde aquí (N. Y.) un servicio serio al periódico2 sobre los temas que más le conviniesen y en la forma que le fuera más útil. Podría renovar la columna diaria que solían ser dos y escribí por un año, sin firma en La Opinión Nacional de Caracas, que la llamó Sección Constante: era un comentario corriente, en párrafos concentrados, vivos de color y variado de temas sobre todo lo que, en un centro universal como éste, puede interesar a un hombre culto a la vez que a los lectores usuales: libros, singularidades, noticias de personas famosas, descubrimientos, detalles típicos y característicos, novedades de ciencias e industrias, reminiscencias literarias, breves y oportunas. Podría, si eso no pareciese bien, escribir tres artículos semanales de a dos columnas, puestos en el correo en día fijo, sobre un libro notable, sobre la vida de una persona contemporánea que esté llamando la atención, sobre una peculiaridad de aquí que llame la atención de allá, sobre asuntos, libros, personas, comercio de los demás países hispanoamericanos que son aún allá poco conocidos, y yo conozco bien, porque desde hace años leo mucho de ellos y recibo los libros de sus autores y lo mejor de su prensa: e irían en esos artículos muchas cosas de Europa, que el cable llega allá en esqueleto, pero aquí llegan en cartas telegráficas largas y especiales, de modo que yo, con lo que dicen y lo que sé de Europa, puedo vestirlas —teatro, política, exposiciones, crónica corriente— y mandarlas a Méjico, como si se tomasen de los periódicos del país, mucho antes de que los periódicos llegasen, y antes que ningún periódico las tuviese, porque aquí las trae el cable con seis días por lo menos de anticipación (…) y así podría ahora emplear en trabajo más simpático el tiempo que empleo en traducciones mortales de hierros y tuercas, o en buscar traducciones que no vienen.[t. 20, pp. 140-141]

Un artículo publicado en La América (Nueva York, febrero de 1884), ya correspondiente a la etapa de materialización del proyecto, permite conocer cómo utiliza una combinatoria de traducción directa y traducción implícita. Las alusiones directas al método seguido, el uso de comillas para citar los trozos traducidos directamente del diario estadounidense y los comentarios sobre las motivaciones que calzan sus equivalencias de traducción sobre los usos verbales que incluye junto a la propia sustancia textual de su crónica, vienen en apoyo de nuestra tesis:

Más que palabras propias, que por venir de labios latinos, podrían parecer alardes de teoría, importan las que al pie traducimos, en que el Herald, diario de hechos (…) censura a su modo, con claridad igual a su crudez, el sistema proteccionista, que apenas compensa al país con el beneficio de adquirir algunas industrias imperfectas, de los obstáculos que al amor de ellas se levantan, de la áspera contienda entre los industriales favorecidos y tercos y la nación gravada y ahogada, y el daño y riesgo en que pone a un país la acumulación de una población industrial que se ha de hallar al fin, por lo excesivo y caro de su producción, sobrada para el país y muy cara para los ajenos (…)

Dice el Herald: Aún ahora, los ferrocarriles que desde este país están siendo introducidos en México están casi exclusivamente bajo el poder de ciudadanos de los Estados Unidos, y el capital americano se ha invertido en considerables cantidades en empresas de México. Cualesquiera que hayan sido nuestras desventajas cuando sólo existía entre los dos países el comercio marítimo, los norteamericanos poseeremos (y este futuro lo expresa el Herald con su will absoluto, y no el shall que deja abierto campo a la posibilidad o a la duda, el shall cortés)3 todas las ventajas comerciales que deben surgir de la terminación de los ferrocarriles.[t. 7, pp. 30-32]

Desdichadamente, no hemos tenido acceso a las fuentes periodísticas norteamericanas utilizadas por Martí para realizar esta labor. Sin embargo, en su introducción a “José Martí en El Partido Liberal (1886-1892)”, Ernesto Mejía Sánchez menciona, sin otras aclaraciones, un seminario que sobre tales fuentes organizó en 1972, en Ann Harbor, Universidad de Michigan, lo cual nos permite presumir que manejó datos más precisos sobre el tema:

Después, integrado al Centro de Estudios Literarios, hoy parte del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, pude asistir con la representación del rector al Coloquio Internacional José Martí, celebrado en mayo del 1972, en la Universidad de Burdeos, y en el verano del mismo año dirigí el seminario sobre las fuentes periodísticas norteamericanas que utilizó Martí en sus correspondencias enviadas a México en la Universidad de Michigan, en Ann Harbor, Michigan.4

Quiero referirme, en su defecto, a las definiciones esenciales del propio Martí sobre lo que él concebía como el acto de traducir.

El problema de la unicidad del texto de opinión arranca, según Steiner (1981),5 en las dudas que sobre la legitimidad del traspaso de una lengua y de una cultura a otras pesaron, desde tiempo atrás, sobre la traducción de textos sagrados. Varios siglos más tarde, refiriéndose al lenguaje, Octavio Paz declaraba:

Los seres humanos cuando dicen las mismas cosas, aunque las expresen en distintos idiomas responden a la confusión babélica con la universalidad del espíritu pese a las diferencias entre individuos, sociedades y épocas. Cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro. Ningún texto es enteramente original porque el lenguaje mismo, en su esencia, es ya una traducción: primero del mundo no-verbal y, después, porque cada signo y cada frase es la traducción de otro signo y de otra frase. Pero ese razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta.6

Por supuesto, al destacar la importancia de la inmensa labor de traslado a los lectores latinoamericanos de los materiales de la prensa estadounidense, huelga recalcar que nada más lejos del espíritu con que Martí hacía esta faena divulgativa y humanista que concebir el transvase cultural implícito en la traducción en función de la colonización cultural del continente americano. A los efectos, precisa:

Todo está dicho ya; pero las cosas, cada vez que son sinceras, son nuevas. Confirmar es crear. Lo que hace crecer el mundo no es el descubrir cómo está hecho, sino el esfuerzo que cada uno hace para descubrirlo. ¡Pues no veamos un árbol porque es plagio, puesto que los hombres están viendo árboles desde que nacieron! Y cada hombre que nace ¿no es un plagio? El que saca de sí lo que otro sacó de sí antes que él es tan original como el otro. Dígase la verdad que se siente, con el mayor arte con que se pueda decirla.[t. 5, p. 190]

Pero también alerta: “Las instituciones que nacen de los propios elementos del país, únicos durables, van asentándose, trabajosa pero seguramente, sobre las instituciones importadas. Siglos tarda lo que ha de durar siglos. (…) Y mientras mayores sean las posibilidades de disociaciones menos serán los de una literatura común, enérgica y grandiosa que recibe vida de las naciones”.[t. 21, pp. 164-165]

Por eso, al reflexionar a propósito de una traducción suya de Victor Hugo, y refiriéndose a las etapas fundamentales del acto traductor —interiorización del mensaje de la lengua y la cultura de partida y su reformulación en la lengua y la cultura de llegada—, Martí señalaba que traducir era transpensar; mas, cuando el autor de su original pensaba, traducir era, además, impensar, pensar como el autor.[t. 24, p. 16]

Con independencia de que hayamos señalado que lo fundamental en la tarea de divulgación a través del periodismo de Martí radicaba más en la selección de materiales que en la labor traductiva propiamente dicha, toda mediación entraña un compromiso: es opción y también responsabilidad autoral que se comparte. Su opción de traducción era “impensar/transpensar”. Para lograrlo, era insoslayable sustraerse a la influencia de dos realidades lingüísticas que son muy mimetizadas y trans-pensar “en la mayor cantidad de castellano” todo lo que la prensa norteamericana sugería para la creación: las opciones léxicas, recursos sintácticos y constantes figurativas, y llevar a cabo una introspección que le permitiera apropiarse del alma del texto y recrear intuitivamente un sentido, convertirse en artífice de la forma del pensamiento de un texto expresado en otro idioma e im-pensarlo y trans-pensarlo en una conjunción entre fidelidad y creación, una especie de comunión entre la letra y el espíritu. “Primero tiendo los rieles, y luego echo a andar la máquina”.[t. 21, p. 185]

Ivan A. Schulman, distinguido investigador norteamericano de la obra martiana, dice lo siguiente:

Las traducciones7 deben releerse como trans/textos, es decir, creaciones originalmente de otros escritores, las cuales sin embargo mediante el vehículo de la traducción se trans/forman y se injertan en los códigos expresivos del arte literario, los conceptos morales, y la función combativa de la literatura martiana. Traducir involucra la labor de transferir, es decir, de crear un trans/texto, no sólo se viste lo otro —la obra original— de los signos lingüísticos de otra cultura —la hispánica— sino porque en el proceso se introduce un intermediario —el traductor— cuyas concepciones estéticas e ideológicas de algún modo se insertan en el nuevo texto, cuyo original ha escogido para incorporarlo a su obra.8

Como conclusión, cito a otro eminente teórico de la traducción a nuestra lengua: “Traducción no es la traición, sino la tradición, tradición en sentido activo; es decir traslación, traspaso, entrega a otros, a los hablantes de otras lenguas”.9

Notas:
1- José Martí: Obras Completas (28 vol.), Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1965, t. 20, p. 77. Todas las citas de Martí están tomadas de esta edición; en las próximas, solo se referirán tomo y página.
2- El Partido Liberal.
3- Los paréntesis y la precisión semántica de los usos verbales son del propio Martí.
4- En: Otras crónicas de Nueva York. José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1983, p. 13.
5- George Steiner: Después de Babel, Aspectos del lenguaje y la traducción, Fondo de Cultura Económica, México, 1981.
6- Octavio Paz: “Traducción: literatura y literalidad”, en: El signo y el garabato II. Teoría y práctica de la traducción, Seix Barral, Barcelona, 1991, p. 66.
7- Se refiere a las traducciones martianas.
8- Ivan A. Schulman: “Transtextualización y socialización fictivas. Misterio y Ramona”, en: Anuario del Centro de Estudios Martianos, 13, La Habana, 1990, p. 289.
9- Valentín García Yebra: En torno a la traducción, Editorial Gredos, Madrid, 1963, p. 48.