Un libro lleno de sueños, sustos y sorpresas
“¡Quién tuviera una tía como la Cuca de Paquito!”, piensan los niños mientras les termino de leer Sueños, sustos y sorpresas, un nuevo libro de María Elena Llana que ha caído en nuestras manos por sortilegios de cariño y amistad. Y no es raro que sientan esa identificación con el personaje protagónico del relato, pues Paquito es un pequeño como cualquiera, aburrido de las mismas rutinas, de seguir horarios y realizar cada tarea hogareña o escolar cuando debe hacerse y no cuando uno desea. Un día, a causa de la ausencia de sus padres, debe acompañar a su anciana tía en un viaje a provincias. Y ahí se forma el enredo: la tía Cuca viene de un pueblo donde todo se hace al revés. Sus cuentos, que, de tanta locura, domestican al más terco y preguntón, acaban por convencer a Paquito de que lo mejor es respetar y crecer con disciplina; claro está, sin que falte ese brillo original de la vida que hace a un día distinto del otro.
No es extraño que una escritora y periodista cubana tan reconocida como María Elena Llana saque a la luz un libro dedicado a la infancia, más cuando ella misma confiesa haberse iniciado en su adolescencia en el arte de las letras. Entre sus obras, podemos mencionar los cuentos de La reja (1965); Casas del Vedado (1983), que obtuviera el Premio de la Crítica un año más tarde; Castillos de naipes (1988); Ronda en el Malecón y Apenas murmullos (2004); y En el limbo (2009).
De redacción impecable, Sueños, sustos y sorpresas —creado en 2011 y recientemente presentado por el apartado Juvenil de Gente Nueva en el Sábado del Libro y en esta Feria Internacional del Libro— nos ofrece, sobre todo, un constante desconcierto, debido a la naturalidad con que los personajes enfrentan su destino y lo transforman. Así sucede con el señor Crisanto, un perfeccionista enfermizo que, al final, trae una de las anécdotas más divertidas del libro, confidencia que lo conduce a una verdadera y, a la vez, poco didáctica evolución.
Pienso que, desde el título, se podía haber personalizado un poco más a la original familia —vecinos y amigos incluidos—, que exhibe, más que una continua sarta de sucesos disparatados, una cotidianidad muy sana que, más que entretener, nos invita a la reflexión acerca de nuestro comportamiento como tutores y educadores. Aunque la obra propone asumir la vida diaria preparados para recibir los tres ingredientes del título sin asombros o extrañezas, la fuerza y el excelente diseño de los personajes —principalmente, del protagónico— ameritan su presencia desde la propia identificación del texto. En otras palabras, cuando terminamos de leer el texto, nos puede parecer que el título se queda corto.
El libro cuenta con la experta edición de Esteban Llorach Ramos, el cuidadoso diseño de María Elena Cicard Quintana, y cubierta e ilustraciones de la autoría de Yusell Marín Gutiérrez. El diseño de cubierta remite más bien al personaje del señor Crisanto: bombines, zapatos masculinos, corbatas de lazo tipo “pajaritas” y bastones —incluso, en la contracubierta, una mano masculina manipula absurdamente el punto superior de un signo de admiración para enfatizar ese sentido de supremacía enfermiza que, al mismo tiempo, se disloca—. Todos estos elementos certeramente distribuidos sobre un fondo ocre y totalmente plano, bien escogido, omiten, sin embargo, al alma de la narración: la tía Cuca, lo cual nos provoca una pregunta motivadora: ¿está la obra indirectamente dedicada a esos tíos estirados, insípidos y sabihondos como el personaje a quien se alude gráficamente? Es muy posible. La imagen finalmente atrae por su gran poder visual, cercana, en su síntesis, al arte del cartel.
Es este, otro libro donde las aventuras infantiles son saboreadas por los lectores menudos, mientras ciertas enseñanzas van a parar al corazón de los mayores. Disfrutamos enormemente con los sueños, sustos y sorpresas de la tía Cuca y el señor Crisanto; de Paquito y de Chuchín el preguntón; de la sicofanta Muma, sus hermanos gemelos y sus clásicos padres; para cerrar la extraña estructura de este relato con las conclusiones enumeradas en el “Epílogo”, tras siete capítulos y un subacápìte de increíble diversión.