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Incidencias “fantasmagóricas” relacionadas con la traducción

Olga Sánchez Guevara, 01 de marzo de 2013

La versión al español de Los Buddenbrook, de Thomas Mann, que realizara en las primeras décadas del siglo XX el catalán Francisco Payaróls, fue publicada en 1970 por la editorial cubana Arte y Literatura. Durante mis lejanos años de estudiante universitaria, tuve oportunidad de cotejar esa versión con el original alemán, como tarea para una asignatura de la carrera. La traducción me pareció magnífica, y decidí revisitarla mucho tiempo después, siendo ya traductora: deseaba comprobar si mi impresión de entonces había sido influenciada por mi inexperiencia, o si la versión era realmente tan buena como había pensado. Me fui a la Biblioteca Nacional, estuve varias horas cotejando los textos en ambos idiomas, y pude darme cuenta de que la traducción era aún mejor de lo que antes creí. Payaróls, quien también fue editor y gran divulgador de la literatura alemana en el ámbito hispano, merecería ser recordado aunque solo hubiera traducido Los Buddenbrook.

El maestro catalán tuvo la suerte de que su traducción se publicara en una etapa en que los derechos de autor no constituían un problema para nuestras editoriales, y así, su crédito aparece en la edición ya mencionada. Otros colegas no han tenido tan buena fortuna. Lamentablemente, en muchos casos, al problema del pago de derecho autoral se le ha dado una solución nada salomónica: la omisión del crédito de traducción. De tal modo, por la obra y el desaguisado de no se sabe quiénes, y como si los libros se tradujeran a sí mismos, surgen las versiones “fantasmas” que, en tanto intrigan al lector culto acerca de su autoría, pudieran suscitar en los lectores principiantes la falsa idea de que el trabajo del traductor no tiene valor suficiente como para ser mencionado.

Esa idea falsa la reafirman ciertas actitudes que he visto repetirse en más de una ocasión. Hace algún tiempo, en la presentación de un libro traducido cuyo título no mencionaré, hablaron cinco personas, entre ellos, el autor. Ninguno tuvo la gentileza de reconocer el trabajo de las traductoras, quienes se encontraban en la sala, entre el público, cuando, en realidad, debieron estar en la mesa. ¿Serían, ellas mismas, fantasmas? Gajes del oficio…

Como contraste, cito algunas valoraciones que sobre el oficio de traducir y su importancia han dejado autores notables.

El escritor y traductor cubano Lino Novás Calvo (1903-1983), cuya versión al español de El viejo y el mar fue revisada —siendo la única autorizada— por el propio Ernest Hemingway, expresaba:

El traductor tropieza enseguida con múltiples dificultades. La unidad más simple de su instrumento —que es la palabra— empieza ya por resistírsele. Una palabra no es una pieza de máquina, sino un organismo vivo, que sufre múltiples modificaciones en su evolución por el tiempo y en el espacio. Es, pues, ya labor de mucho cuidado y de aguda sensibilidad hallar que las palabras —la original y la de la traducción— se correspondan siquiera aproximadamente, no sólo en su valor semántico aparente, aceptado, sino también en sus variables estados de ánimo y salud. Y eso no es más que el comienzo. Es casi el estado primario de la traducción.1

Por su parte, el científico austríaco Sigmund Freud (1856-1939) dirigió elogiosas palabras a su traductor al español, Luis López Ballesteros (1896-1938), incluidas en el primer tomo de las Obras completas2 del fundador del psicoanálisis:

Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal D. Quijote en el original cervantino, me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana. Gracias a esta afición juvenil puedo ahora —ya en avanzada edad— comprobar el acierto de su versión española de mis obras, cuya lectura me produce siempre un vivo agrado por la correctísima interpretación de mi pensamiento y la elegancia del estilo. Me admira, sobre todo, cómo no siendo usted médico ni psiquiatra de profesión ha podido alcanzar tan absoluto y preciso dominio de una materia harto intrincada y a veces oscura.

En su ensayo “Los pobres traductores buenos”, el premio nobel colombiano Gabriel García Márquez (1928) comenta:

Hace unos años (…) tuve una enigmática experiencia de traductor. El conde Enrico Cicogna, que fue mi traductor al italiano hasta su muerte, estaba traduciendo en aquellas vacaciones la novela Paradiso del cubano José Lezama Lima. Soy un admirador devoto de su poesía, lo fui también de su rara personalidad, aunque tuve pocas ocasiones de verlo, y en aquel tiempo quería conocer mejor su novela hermética. De modo que ayudé un poco a Cicogna, más que en la traducción, en la dura tarea de descifrar la prosa. Entonces comprendí que, en efecto, traducir es la manera más profunda de leer. Entre otras cosas, encontramos una frase cuyo sujeto cambiaba de género y de número varias veces en menos de diez líneas, hasta el punto de que al final no era posible saber quién era, ni cuándo era ni dónde estaba. Conociendo a Lezama Lima, era posible que aquel desorden fuera deliberado, pero sólo él hubiera podido decirlo, y nunca pudimos preguntárselo. La pregunta que se hacía Cicogna era si el traductor debía respetar en italiano aquellos disparates de concordancia, o si debía verterlos con rigor académico. Mi opinión era que debía conservarlos, de modo que la obra pasara al otro idioma como era, no sólo con sus virtudes sino también con sus defectos. Era un deber de lealtad con el lector en el otro idioma.3

Otro premio nobel, José Saramago (1922-2010), se refirió así a la universalización de la literatura gracias a los traductores: “Los escritores hacen la literatura nacional, pero la literatura universal la hacen los traductores”.4

Y, para concluir, una incidencia más. En la fortaleza de La Cabaña, sede de la Feria del Libro, se reparten gratuitamente publicaciones como El cañonazo y El tintero, suplemento de Juventud Rebelde; este último, en su edición especial de febrero de 2013, recoge varias colaboraciones sobre la literatura de Angola, país invitado al evento este año. “De Angola, sus poetas”, leo en la página 4, que contiene poemas de Isabel Ferreira, Rui Augusto, María Alexandre Dáskalos y Nok Nogueira. No hay créditos de traducción, pero al seguir leyendo, me doy cuenta de que los poemas allí publicados fueron traducidos por mí y por la colega María de los Ángeles Rezk; posteriormente, al cotejar los poemas impresos con los que aparecen en la sección Letras Angolanas, compruebo que las traducciones son efectivamente las nuestras. Somos fantasmas y no lo sabíamos…

“Honrar, honra”, dijo nuestro José Martí, quien fuera también traductor, como tantos otros grandes de la literatura (Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Rainer Maria Rilke, Cecília Meireles, por solo mencionar unos pocos). Los que trabajamos con la palabra debemos respetarla y respetarnos mutuamente. Demuestra su cultura quien sabe reconocer y apreciar en su justo valor el trabajo del traductor, imprescindible en cualquier campo del saber.

Notas:
1- Lino Novás Calvo: Órbita de Lino Novás Calvo, Ediciones Unión, La Habana, 2008.
2- Sigmund Freud: Obras completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1923, t. IV. Un dato curioso: en 1956, Freud estaba publicado en español en 22 volúmenes, antes incluso de que en alemán se hubiese completado la edición príncipe de sus Obras completas.
3- Gabriel García Márquez: “Los pobres traductores buenos”, en La soledad de América Latina, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1990.
4- José Saramago: discurso en la celebración del 40 aniversario de la Editorial Alfaguara (versión digital).