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Y oirás lo que no has oído, sabia advertencia de Gerardo Meneses

Alina Iglesias Regueyra, 01 de marzo de 2013

“Quien no oye consejos, no llega a viejo”, parece decirnos, desde las páginas de su último libro, el escritor colombiano Gerardo Meneses, quien calurosamente departió con colegas, críticos y lectores cubanos durante la edición 22 de la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Muy sucintamente, nos ofreció su testimonio de cómo escribió Y oirás lo que no has oído. Basado en hechos reales, aplicables a cualquier país del mundo, el libro retrata escenarios donde la marginalidad social hace estragos. Y es que este fenómeno no depende de tener o no solvencia económica, sino del modo de emplear los recursos que se poseen, y entre ellos, el más valioso: la inteligencia.

La historia tiene sus raíces en un hogar disfuncional, donde una madre económicamente dependiente pretende ocultarles a sus hijos, bajo el disfraz de “asuntos de trabajo”, las ausencias del padre infiel y desentendido de las dos familias que al unísono tiene. Además, la adolescencia de los hijos es la etapa ideal para los desvíos, sobre todo porque las influencias extrahogareñas a suelen ser determinantes.

Pareciera que el autor quiere sermonear a los jóvenes con su relato, pero nada más lejano de la realidad. El argumento narra, mediante la técnica del flash back, la visita de un hermano a otro, para, entre ambos, ponerse al día en sus vidas, apartadas desde la adolescencia. El hermano aparentemente triunfador, que consigue dinero fácil, se mofa del “perdedor” —léase trabajador y honesto—, quien ha ido a visitarle y a preocuparse por él y por su sobrino que anda en malos pasos.

En su juventud, David, el hermano-padre, también repetía cursos académicos, se emborrachaba, fumaba y se liaba constantemente con delincuentes y mujeres “poco convenientes”, pero sin pasar de ahí. Samuel, su hijo, irá mucho más lejos, hasta su verdadera perdición, pues el mundo anda ya a velocidades vertiginosas. La prostitución, la pornografía, ¡la droga!, están a la vuelta de la esquina, previo soborno de la policía. Apenas con catorce años, Samuel ya está corrupto por completo. Sin embargo, el recuerdo de su madre ausente le hace visitar en secreto la iglesia; a solas y en silencio con el recuerdo materno, trata de rectificar su conducta, pero es demasiado tarde.

Con el paralelo entre las vidas de David y Samuel, Meneses ilustra cómo se “hereda” el comportamiento a través del ejemplo y de la repetición de contextos similares de abandono filial —en el caso de Samuel, es la madre quien abandona la familia—, y cual sociólogo, evidencia una historia realista, plena de sabias advertencias, porque del alcoholismo es posible evadirse con ayuda especializada y autocontrol personal, pero de las redes mafiosas de la droga no se sale, ni aunque el almanaque marque aún la minoría de edad.

Un lenguaje coloquial, ágil, directo, franco; descripciones donde intervienen referencias de actualidad y numerosos recursos literarios, las intenciones marcadas certeramente, son rasgos de la prosa de Meneses que invitan a seguir hasta el final: “El zaguancito de entrada comunicaba con un patio en el que aparecía como puesta en la escenografía de una telenovela barata una alberca, dos cuerdas para tender ropa y una serie de elementos inservibles que habían ido a parar allí esperando que alguien se apiadara de su suerte”.

La resolución del conflicto se presenta de manera magistral, dejando en suspenso un acontecimiento que aunque, por momentos, se preveía, no se conocía la forma en que iba a ser traducido a palabras. Es decir, podría adivinarse el qué, pero no el cómo ocurriría el desastroso desenlace. Y esto es explotado por el autor en las secuencias finales que se suceden por “corte directo”, hablando cinematográficamente. El tempo se acelera mientras se acerca el final, y el conflicto pasa por la esperanza, la confusión, la ironía y, por último, el desconcierto, en la síntesis inmensa de la última escena.

De esa manera, el autor deja al lector inmerso en meditaciones profundas sobre la fragilidad y la vulnerabilidad de la existencia, la importancia de velar cada segundo por nuestros retoños de cualquier edad y de hacer lo posible, y hasta lo imposible, por apartarles de los vicios que otorgan esa aparente felicidad instantánea, para luego pasar la cuenta multiplicada en negatividades a largo plazo.

El texto, publicado dentro de la Colección 21 de Gente Nueva, fue diseñado por María Elena Cicard, y la edición corrió a cargo de Odette González Villaescusa. Las ilustraciones fueron realizadas por Ramiro Zardoyas. Gerardo Meneses posee otros 19 títulos para la niñez y la juventud, con los cuales ha obtenido lauros tan importantes como el Premio Nacional de Literatura Infantil de Colombia en 2005, el Latinoamericano de Literatura Juvenil en 2006, y el Barco de Vapor SM, de 2011.