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La poesía de Juanita Conejero Teijeiro

Tropos, 06 de marzo de 2013

La poesía de Juanita Conejero se ha elaborado en el silencio, durante años, con una entrega digna de encomio, con el fervor sin descanso de las vocaciones legítimas. El norte de esa dedicación no ha sido, es evidente, el éxito, sino la posibilidad de testimoniar cálidamente lo vivido y de entregar a las personas que respetan estos ofrecimientos las profundas vivencias comunicantes de un espíritu que ama la beldad y la bondad como diosas simultáneas. En los últimos años ha fructificado la recompensa en su quehacer, pues muchos creadores y amantes de la poesía la acompañan con agrado en su desenvolvimiento público, han aparecido sus poemas recogidos en atractivos volúmenes y ha recibido desde algunas patrias hermanas de América, impulso y congratulación. Los versos suyos que aquí presentamos datan ya de algunos años, escritos mucho antes de que cursara con entusiasmo y adhesión el Diplomado de Historia, teoría y práctica de la creación poética; pero la poesía genuina no envejece, como comprobará el lector enseguida, sino que adquiere una renovada fosforescencia bajo cada repetida recepción. No deje el lector de advertir cómo la autora mueve la vivencia, que siempre nos ofrece claves para comprender con agilidad cuál es el mundo que se presenta en el texto, pero las trasciende hacia lo imponderable humano, hacia los espacios subjetivos donde todos encontramos solidaridad en medio de la individuación mayor. Así, bajo el relato lírico de lo que a ella le sucede de modo intransferible, el lector encuentra también su alma representada con un lenguaje que, siendo sencillo, no deja de expresar una rotunda complejidad. Juanita Conejero no quiere, con sus versos, conseguir ninguna primacía instrumental o plasmar violentas transgresiones estimativas de la realidad, sino establecer la comunicación de lo inefable que es vivir: prefiere la intensidad antes que la novedad, y es por ello que el lector siente el poema ya despojado de neovanguardismos inútiles y saturado de experiencia y aliento humanos.

ROBERTO MANZANO

Juanita Conejero Teijeiro (La Habana, 1934). Poeta, narradora, articulista. Doctora en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana. Su labor como promotora literaria ha sido excepcional. Ha fundado diversos espacios poéticos y nucleado alrededor de ellos numerosos escritores y artistas en general. Tiene publicados varios libros de poesía. Ha participado activamente en la fundación y fomento de la obra de Gabriela Mistral y Alfonso Reyes. Los textos que se presentan fueron antologados en Bienaventurado el árbol que camina, muestra del Diplomado de Historia y práctica de la creación poética (Editorial Extramuros, 2007).

UNA FLOR EN LA MANO


Me levanto con una
flor en la mano
y te la doy.
A caminar comienzo
con muchas flores
prendidas a mis dedos
casi pueriles,
gozosos de encontrar secretos
en los ojos inmensos de la gente.
Por el camino voy,
dando flores al paso.
Madrugadora de los sueños,
reparto amaneceres
en cada tallo abierto.
Al anciano que espera,
jubiloso de verme,
a la impetuosa joven
que se riza el cabello
como si fuera a conquistar la tierra,
a la amiga risueña y conmovida,
imborrable manera
de trascender el tiempo,
y al joven poeta que me arrebata
una margarita y se va jugando
con los húmedos pétalos.
Ando regando flores
por esquinas versátiles
que cantan bulliciosas
entre piedras y asfaltos,
sorprendiendo a la noche,
a los que duermen aún
y no despiertan,
y levanto un jardín
donde los girasoles
con la dignidad suave del misterio
vuelven a sonreír
de modo imperceptible,
cada mañana, a los hilos del Sol.



MUTACIÓN


Fui un cuerpo amordazado,
un refugio de sábanas,
una expresión de soledad sin miedos,
un caracol herido en las arenas.
Soy un grito por sobre la mordaza,
un espacio de linos y desvelos,
un cuerpo irrefrenable que se desborda y clama:
una barcaza libre.



BAJO EL PUENTE MARIE


Imagino los lirios y peces en el agua,
dan la paz, borran las fisuras,
el amor donde la geografía muere.
Quisiera buscar lirios
en las bocas osadas de los peces:
para hallarlos no habría mejor sitio.
Son signos prodigiosos
los peces, ecos del silencio.
Esta quietud me nutre la pasión.
Ven bajo el puente de todos los deseos,
no importa si los peces han huido.
Hacia la más antigua casa de París
cierra los ojos: es hora ya de sumergirnos
para encontrar los pétalos dormidos,
aunque los peces no quieran regresar.



EL BOSQUE


Tristes las hojas en el viento,
apenas las raíces sin pronunciar palabra.
Para calmar tus iras
te muerdes vengativo las angustias
y te desbocas como caballo herido
encima de una turba de vándalos.



ÉXTASIS


Un remanso de amor entre sus gotas.
Dentro del paraíso quiero oír
tus cantos más lejanos, mi dulce Apolo,
que vislumbro tus fuerzas.
Haz de mí manantial de las fortunas,
de voces que respondan,
de miradas ocultas.
No me permitas reposar
entre las aguas de la débil bondad:
quiero mojar mi pelo en esa sensación
voluptuosa de mar creado. Y hundirme en él.



LA HORA DE LOS DUENDES


Un reloj marca la hora inesperada:
la de los duendes.
Hojas de abeto adormecen
la brisa de tus labios.
El mantel de pálidos contornos
espera la ensalada del profeta.
En el salón de los recuerdos
la música, entre las cornisas del futuro,
deposita salterios en el aire.
No soy yo: yo soy más que yo:
serenas algas en mi frente,
pequeña lumbre que se apaga,
se revive y descubre.
Ven a mí: anúdate en mi cuello.
Ya verás lo que puede el ala
en un pegaso sostenida.
Aprisiona la noche.
Ándate ya, visión clarísima y suprema:
invierte mis entrañas:
alucíname!



LOS AMANTES


Abandonado piensas en lavas y misiles.
Desprecias todo lo que nuble de horror tus ojos.
Quieres vivir. Nada más que vivir.
Parece tan sencillo, pero mueres
cada minuto, mueres de agonías,
de soplos, de desechos del amor.
Sin embargo, los amantes refugiados
en la oquedad de su aposento
crecen: después,
tan felices, desnudos ante el mundo,
tiemblan en medio de sus bríos.
Dentro de algún instante urgirá su esplendor
para la oscura incertidumbre,
su humedad para el seco Universo,
su noche para edificar un nuevo día.
Son los amantes los cordeles eufóricos de la gloria.
Imperceptibles son, minúsculos,
pero apasionadamente descubiertos.



PRÓXIMAS LEJANÍAS


1
Las ruinas
(La Abadía de Villers la Ville)

La ventana romana abre los ojos.
Espléndida anfitriona, cede el rumbo.
Olor a pan cocido nos anuncia la ruta del regreso.
¿Hacia dónde marchamos?
Debió haber sido secreto de paredes
empotrado en el aire,
en donde las sotanas se volvían enigmas
y los enigmas jardines remotísimos.
Un ábside imagino de mágico susurro,
confidente, tan cerca de lo humano
que ni esta quebradura, por milagro, pudiera demolerlo.
Y la capilla lateral se aferra a sus cimientos,
resiste, fuerte lid entre ojivas y volutas
cuando los raros monjes hacen gala
de su frugal costumbre
dentro del refectorio de los ángeles.
Pienso en aquel jardín para unos versos,
quizás de amor, por qué dudarlo:
entre las ruinas yacen huellas,
desnudas se abalanzan y crecen sobre el tiempo.
No hay confesor que pueda detenerlas.


2
¡Oh pobres criaturas!
   
Allí vi a Electra.
Pienso también en los desconocidos.
Ella se agita y gime:
¡cuánto ha hecho el humano
por destruir su sitio verdadero
y derramar injurias a su obra!
La miseria que apura
condena su suplicio,
la ciudad en igual tormento,
encontraremos el esfuerzo ya fatigado.
¡Oh pobres criaturas!
Entre las playas
el sol cayó de espaldas,
en el lodo avistamos las torres.
¡También nosotros
nos hallamos pendientes de justicia!


3
Sans abris

Dicen que ni siquiera rozaba las palabras,
el bastón en su barba larguirucha,
quizás más joven de lo que imaginé,
adusto de nostalgias, famélico de sueños,
el periódico de hace dos semanas
levantó vuelo,
sus miradas quisieron alcanzarlo, no pudo,
caminó taciturno hacia el puente,
y oculto bajo un centenar de sombras
aplastado quedó
por el peso brutal de la ciudad.

4
Leuven
(Grandeza y sabiduría de una ciudad)

Leuven tiene una rara piedad por el olvido,
y por eso conserva lejanos ministerios.
Leuven parece que escapó del tiempo
y que una tarde
la encontraron mis ojos, debajo de la lluvia,
alzando un crucifijo de flores
adentro de la honda cripta de su memoria.


5
Dinant

Llegué a una ciudad donde la poesía es ráfaga del tiempo,
ilusión espacial de una realidad insospechada,
el trastorno feliz de mis cautelas.
El teleférico no era más que un pájaro
que con arritmia dibujaba el viento.
El truhán de gafas y sombrero
sólo un turista con ganas de soñar.
Sobre la Citadella el espesor de nubes desteñidas,
entre el Castillo y la Abadía, simulacros de historia.
Llegué a una ciudad de incrédulos instantes
donde el poema ―singular desenfado―
se prendió a la grandeza de los siglos.
Y allí quedó.
Siempre he pensado que aquel guía galante y seductor
ha de haberlo aprendido de memoria.


6
Las florerías de Gante

Parece que dormita. Tal fue el cansancio.
En una esquina de la Plaza de San Bavón
los restos magullados de la celebridad febril.
Cercenar no pudieron los normandos
su deseo de amar, y aún hoy la condesa
aparece en la Torre del Mercado
y despide una flor.
La Fiesta abre las puertas.
Gante vive.
La campana de los 6000 kilogramos toca a degüello.
Yo también corro sedienta a florecer.


7
Brujas o la ascensión del hombre

El cortejo de cuellos largos
se asoma entre las ondas.
El lago despereza al puente.
Jan Van Eyck hace crepitar sus ojos
y su alta jerarquía alumbra a la ciudad.
Brujas, qué abrevadero de ilusiones,
lanas, encajes peregrinos,
Santa Sangre, beatas,
estatuillas de cisnes como cuervos.
Te siento entre mis manos, en la palabra entera,
en cada gracia, en cada permanencia,
en el pico invisible, en los ritos callados,
en el amante inmenso.
La obra de los hombres es también Ascensión.


8
Our Lady sonríe
(Ante la Catedral de Amberes)

Desde la mesa, con su sombrilla al descubierto,
en la mitad del sueño y de la abulia,
se estrecha el cerco.
Escala la hamburguesa el campanario,
el olor a Mac Donalds dentro del púlpito.
Algunos transeúntes confunden los olores,
el incienso es más fuerte.
Our Lady bien lo sabe.
Y la brutal arquitectura
de las torres se mezcla con mostazas,
trozos de pollo y panes en acecho.
Ya la fotografía no es la misma
de hace algunos años.
Los turistas prefieren retratarse en la izquierda,
no es conveniente combinar mármoles con aromas extraviados
ni angustiar la memoria, y el castigo
soportarlo mejor lejos del miedo.
Por sobre Rubens y sus lienzos
busca la vandalidad su trono.
El cielo cruje. Our Lady sonríe. La soledad la atrapa.
¿Qué puede hacer?
Se dispara el flash hacia el otro lado.
Los ángeles, más fríos que polvorientos,
se sientan a conversar.


9
La Adoración, de Rubens
(Desde la Plaza de Amberes)

Parecía que todo te perteneciera,
hasta el aire que batía los sueños de la plaza
desde aquel campanario
que guarda tu metal inexpugnable.
Quizás nunca pensaste en el poder divino de la gloria:
cuando pintabas a Elena Fourment y a sus hijos
cómo hubieras creído que en cualquier parte del mundo,
mucho más allá de trescientos años,
otra madre
estaría posando para ti.



(EL MUNDO ES MÍO)


El mundo es mío
cuando tengo la pluma
entre mis manos.
Estalla la emoción
como una pólvora.
Invade al Universo.
Contagia a cada átomo
con memorias diversas,
inusitados delirios
e imponderables ansias.
El mundo es mío.
Intensamente mío.
Y grito a todos
que a mí me pertenece.