Evocación a María Villar Buceta en el centenario de su natalicio
María Villar Buceta constituye una voz peculiar dentro de la historia
de la poesía femenina en Cuba […].
Osman Avilés
¿Por qué comenzar esta crónica, dedicada —con afecto y respeto ternísimos— a la memoria de la poetisa, escritora, periodista y bibliotecóloga matancera, doña María Villar Buceta (1899-1977)1, en el centenario de su natalicio, con una cita del laureado poeta y ensayista Osman Avilés?
La respuesta es muy sencilla, porque fue el ex editor de Cubaliteraria, quien me pidió que evocara la profunda huella intelectual y espiritual dejada por Villar Buceta en las letras insulares.
No tuve el privilegio histórico de conocerla personalmente, porque cuando comencé a colaborar —de forma sistemática— con la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, ya había dejado el mundo terrenal desde hacía trece años, pero su presencia continúa vigente en ese templo de la cultura cubana y universal a través de la Cátedra que lleva el ilustre nombre de una bibliotecaria excepcional.2
María Villar Buceta vio la luz en Pedro Betancourt, provincia de Matanzas. En su pueblo natal cursó la enseñanza común en la escuela pública de la localidad. El resto de su formación académica lo obtuvo con la valiosa ayuda de la lectura, ya que era una ávida lectora, que devoraba cuanto libro, revista o publicación periódica cayera en sus delicadas manos. A través de esa vía no formal, llegó a convertirse en la intelectual que —sin ningún género de duda— fuera, es y será per se culom seculorum.
En 1915 comenzó a publicar prosa y versos en El Fígaro y otras revistas y diarios capitalinos. La indiscutible calidad de esas colaboraciones periodísticas inclinó a la crítica especializada a pensar que eran obra de un autor consagrado, que se ocultaba detrás de un seudónimo. Al darse a conocer su verdadera identidad, la prensa nacional y extranjera le tributó merecidos elogios a la avezada periodista.
En 1921 se trasladó con carácter definitivo a la Ciudad de las Columnas, donde empezó a trabajar como secretaria de redacción y redactora del diario La Noche, y posteriormente, de El Heraldo de Cuba. Colaboró, además, con Bohemia, Social, Antenas y Cuba Contemporánea.
Tres años después, abandonó el periodismo y se incorporó a la Biblioteca Nacional José Martí (BNJM), donde participó en la catalogación, clasificación y atención a los usuarios y se dedicó al ejercicio de la bibliotecología (disciplina percibida por ella como fuente nutricia de ética, humanismo y espiritualidad), pero sin relegar a un plano secundario la poesía, la literatura, el periodismo y la docencia especializada.
Paralelamente a la ingente labor desarrollada en la BNJM, organizó varias bibliotecas privadas. Entre ellas, la del Havana Yatch Club y la del Casino Español de La Habana.
En 1936 dictó, en el Lyceum, el primer curso de Iniciación biblioteconómica que se impartiera en Cuba. De ahí que la investigadora Vilma Ponce Suárez3 la calificara como la primera profesora de esa disciplina humanística en la mayor isla de las Antillas.
María era una persona sencilla, humilde, «[…] de carácter noble y abnegado, unido a su talento revelado en la poesía, [la literatura], el periodismo, la enseñanza y el trabajo bibliotecario […]. Fue también un ejemplo de mujer e intelectual comprometida con la patria y no dudó en exponer su vida al enfrentarse al gobierno machadista [contra el que luchó] por los derechos de los más humildes. Amiga [del poeta y jurista] Rubén Martínez Villena (1899-1934), se identificó con él por sus ideales políticos y formó parte del Grupo Minorista, así como del Partido Comunista».4
Al triunfo de la Revolución, dirigió la Biblioteca del Ministerio de Relaciones Exteriores. Mientras desempeñaba dicha función, impartió conferencias, realizó traducciones, publicó varios artículos periodísticos y escribió comentarios de libros y notas críticas.
El prolífico quehacer poético de Villar Buceta fue valorado —desde una óptica crítica y psicológica por excelencia— en el capítulo que le dedicara el autor del texto Los extraños monzones5, Premio de ensayo «Luis Rogelio Nogueras» 2010:
[…] Su amor a la soledad y a la suave ironía [devienen] expresión de una actitud frente a la hostilidad de las circunstancias [socio] históricas [donde se ubica] su obra como representativa de ese momento […].6
Los versos de la solitaria poetisa «[…] llegan con la fuerza de un viento que regresa siempre al mismo estribo […]. María expresa [disímiles] estados de ánimo, donde prevalece su energía y su forma práctica de apropiarse del entorno […]. Ella, desde el comienzo, iba recta y segura por la senda [que se había trazado, mientras que] su estilo escueto, ligeramente incisivo a veces, matizado de cuando en cuando por una leve, sonriente ironía».7
Por otra parte, Avilés estima que da […] la impresión de que no lo decía todo o la decía de tal manera que cada cual pudiese pensar que estaba a punto de alcanzar su [bien guardado] secreto, aunque en definitiva nunca lo alcanzara. Y es que […] en su verso, como en su persona, [era] sobria, contenida, concentrada, serenamente dueña de sí misma».8
Para Villar Buceta «[…] son motivos de inspiración poética el mar, la muerte, la ciudad, el campo, la religión, los mitos [populares]. Hay en su producción [intelectual y espiritual] un halo de romanticismo al describir el paisaje que identifica con su estado anímico [o talante afectivo]. También se observa la melancolía de los prados en días otoñales […], el ímpetu primaveral […], el ansia inevitable […]»9, el hermoso jardín del cual emana el delicioso perfume de las flores que crecen en el centro mismo de su yo, el auténtico, el verdadero.
Con respecto a la actitud meditativa adoptada por Villar Buceta, y que siempre la acompañaría en vida, el doctor Julio Le Riverend (1912-1993), ex director de la BNJM, estima que «[…] no hay una idea, un verso, quizá ni una palabra que fuera disfraz o simple imaginación, mucho menos artificio».10 El distinguido historiador hispano-cubano designó como «lo universal anónimo de su servicio»11 esa actitud solidaria que signara la carismática personalidad de la poetisa, y que estuviera siempre dispuesta a «[…] verse [proyectada] en los demás más que en sí misma».12 En esa sagaz observación del doctor Le Riverend se encuentra —a juicio de Osman Avilés— «[…] la esencia íntima de una mujer, cuyos brotes de honestidad forjan lo naturalmente sentido para una voz [lírica, única e irrepetible]».13
María Villar Buceta, mujer sencilla y enérgica, de una vasta cultura y gran sensibilidad humana, desempeña una función «clave» en la lírica y el pensamiento femeninos dentro de la historia literaria de la nación cubana.14 Acción y palabra constituyen la verdadera sustancia, la notoriedad intelectual y espiritual de una poetisa para la cual no hay, en la lengua cervantina, una frase capaz de definirla en toda su dimensión y magnitud.
Notas
1. Diccionario de la Literatura Cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980, p. 1006.
2. Ponce Suárez, Vilma: Cátedra María Villar Buceta: homenaje a una bibliotecaria excepcional, Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. 97 (3-4); julio-diciembre, 2006, pp. 183-189.
3. Ídem.
4. Ibídem, p. 183.
5. Avilés, Osman: Los extraños monzones, Ediciones Extramuros, La Habana, 2011 (Premio de Ensayo «Luis Rogelio Nogueras» 2010).
6. -----: “La notoriedad de María Villar Buceta”, Ibídem, p. 32.
7. Ibídem, pp. 32-33.
8. Ibídem, p. 33.
9. Ídem.
10. Le Riverend, Julio: “Vocación de María Villar Buceta”, Revolución y Cultura, Nov., 1978, p. 50.
11. Ibídem, p. 51.
12. Ídem.
13. Avilés, O: “La notoriedad de…”, Ob. Cit., p. 35.
14. Ibídem, p. 41.