Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 4:28 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 241 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Una terrible paradoja

Alberto Marrero, 06 de marzo de 2013

Los cuentos de balseros fueron muy recurrentes entre los narradores de los noventa por dos razones esenciales. La primera podría entreverse en el impacto de la angustiosa situación que provocó el éxodo de miles de personas en precarias embarcaciones, hecho que la literatura difícilmente hubiera pasado por alto;  y la segunda, yo la ubicaría en el intenso dramatismo de las historias ocurridas durante las travesías que, en muchos casos, acabaron en tragedias. Encima de las balsas afloraba un verdadero entramado de pasiones, sueños, ambiciones, vicios y maldades. Eso tampoco podía ser ignorado por los escritores.

   El cuento que hoy comentaremos se titula «El pitcher», y su autor es el narrador y poeta Nelton Pérez (Isla de la Juventud, 1970). La trama gira en torno a un joven pelotero que sale ilegalmente del país en una balsa para jugar en las Grandes Ligas. Su sueño es lanzar lo
mismo a favor que en contra de los Yankees de Nueva York, equipo emblemático del beisbol en los Estados Unidos. Durante el viaje, delfines y tiburones  acompañan la embarcación. El joven no deja de soñar despierto. Se ve en el Yankee Stadium en una final de la Serie Mundial, bola en mano, observando las señas del cátcher, listo para brindar su mejor lanzamiento ante un bateador en conteo máximo, entonces acaricia la aleta de algo que se asemeja a un delfín, un inofensivo y cordial delfín que lo acompaña solidariamente en su viaje en busca de un sueño. El joven sufre un accidente que en mi opinión se alza como una metáfora, o mejor, como una esas terribles paradojas que nos depara la vida.

   El autor utiliza, en este cuento muy breve, dos puntos de vista para narrar la historia, recurso inusual y que tal vez pudiera molestar a algún que otro crítico o entendido. Yo creo que todo es válido en literatura mientras funcione y el lector sienta el placer de un texto que lo emocione, lo sacuda o lo lleve a la reflexión por diferentes caminos.

  Nelton es un narrador perspicaz que sabe hallar sus historias en esa cotidianidad aparentemente anodina en que vivimos. A fuerza de trabajo y talento ha venido consolidando su obra, tanto poética como narrativa, en el panorama actual de nuestra literatura. Ha publicado varios libros de cuentos, entre los que se destacan El viaje (cuento), Ediciones Ancoras; Desvaríos mágicos (cuento), Editorial El Abra; Apuntes de Josué 1994 (cuento), Ediciones Coliseo de El Escorial, Madrid; En la noche (cuento), Editorial El Abra; La puta y el poeta, Editorial Sanlope; Un café en el París de entonces, Editorial El Abra, 2005. En 2006 Letras Cubanas dio a conocer su novela El enigma y el deseo. Cuentos y poemas suyos han sido publicados en antologías en Cuba y el extranjero.


Alberto Marrero


El pitcher

Nelton Pérez Martínez



Estar rodeado de delfines en medio del mar y sobre una balsa era un buen augurio. Ya me veía lanzando un juego a favor o en contra de los Yankees de Nueva York. La CNN diciendo que el veinteañero  Alex Pimienta, un cubano de mucho futuro en el béisbol de las Grandes Ligas, había blanqueado en nueve innings a los Indios de Cleveland, a los Bravos de Atlanta, comenzando siempre con scond de ponches y una curva envidiable, supersónica. Tendría un contrato millonario como José Canseco, ¿la cantidad de cosas que se podrían hacer con diez o quince millones de dólares? Primero que todo le iba a comprar a mi madre un televisor grandísimo, en colores y con video casetera para enviarle además de telenovelas, mis juegos y entrevistas. Hablarían de mí en el barrio, escucharían mis juegos por radio... pero amaneció, amaneció y no me di cuenta que los delfines me habían abandonado. Parece que no, pero avanzamos en círculos, dijo alguien del grupo para reactivar las esperanzas del grupo, de la tripulación. Hay que ahorrar el agua y las galletas, que nadie se quite la enguatada que es mejor sudar y estar húmedo que tostarse al sol. Pero yo no necesitaba nada, tal era mi concentración que yo estaba encima del box, ¡mandándole a mi cachert unas bolas que pa qué!... los bateadores no las veían pasar y mi cachert  sacudía la mascotilla cada dos o tres envíos, me mostraba la palma de la mano roja y en el dogaut me decía, afloja, cubano, afloja un poco, okey. El manager también me hablaba en inglés pero a todos los entendía. Los entendía, igualito que si fuera en el cuadro que hay detrás de mi casa y los dos equipos comentaran que de arriba la lomita, ¡Caballero, Alexéi lo que baja son unos chicharos! 
     Fue una torpeza que jamás me voy a perdonar. Yo estaba en el Yankee Stadium, en una final de Serie Mundial, tenía al último bateador en tres bolas y dos strikes, recibí las señas de mi cachert,  amasé la pelota, escupí el chicle, respiré para hacer mi wainó; entonces vi la aleta emerger ahí a mi lado y quise acariciarla para que le diera suerte a mi strike. El bateador estaba cagado esperando mi envío, se le notaba en los ojos. ¡Oye tú, oye que eso no es un delfín!, dijeron a mi izquierda en la balsa,  algo se movió brusco a mi lado y al levantar adolorido mi torpedero, mi brazo derecho del agua, lo vi desgarrado y sangrando... El graderío del estadio enmudeció en un solidario y colectivo, ¡ooooh!, fueron borrándose y el box  se movió bajo mis pies...  faltaba la mitad de mi mano... cuatro dedos se fueron con el mordisco... ¡no podía creerlo, coño!
     Cuando llegaron hasta él sus compañeros de viaje, quería entregarse completo a los tiburones. En la Base Naval de Guantánamo cuando pasaba entre las tiendas y la gente le veía el muñón de la mano, envuelto en gasa,  murmuraban: ese es el pinareño, ahí va el comemierda que se puso de cariñoso con los tiburones; él solía creer que eran sus fans apenados. En todos esos meses nunca lo vieron bañarse en el mar. No sé bien el por qué me propuse llegar a ser su amigo, pues a mí lo que me gusta es el fútbol. Quizá  también yo resulto un tipo raro a la mayoría, me acostumbré a vagabundear solo y soy un tipo que confesó que lo primero que pienso hacer cuando llegue a Miami es comerme un lata de comida para perros. Es mi capricho, mi antojo. Al pitcher lo vi muchas veces elegir un lugar en la playa donde abundaran las piedras y ponerse a practicar con su brazo izquierdo, lanzando una y otra vez a ras del agua. ¿Eh, y tú que miras pa acá? ¿Qué, acaso tengo monos en la cara? Oye asere, tú eras pelotero, ¿eh?, le respondí para congraciarme y el pitcher bajó su autodefensa, Oye, chico, es que se te nota la estampa, concluí dadivoso.
     Era pelotero, no, soy todavía, dijo muy serio. Y tres o cuatro días después que almorzamos juntos, me comentó en la playa: ¿nunca viste a Jim Ao, el lanzador manco que tenían hace unos años los americanos en su equipo? ¿Jim Ao...?, repetía yo sin entusiasmo y él se molestaba conmigo. ¡Oiga, usted es un pinga con las bases llenas! Sí, Alex, ya me acuerdo, el manco Jim... Me hacía reír con su ofensa particular, tan pelotero que cambiaba el adjetivo favorito de nosotros los cubanos, comemierda, por eso de ¡un pinga con las bases llenas! Sí, sí, Alex, me acuerdo del manco americano. Ese mismo manco, volvía a soñar Alex, Cuba ganó gracias a que lo sacaron, casi al final del juego. Fíjate bien, he engordado algunos kilos, así que mi velocidad con la izquierda también debe andar cerca de las ochenta y siete, las  noventa millas, ¿qué tú crees? Cada ola que atravesaba con una pedrada, par él significaba un strike. Si aún tuviera los dedos, mi mano derecha de antes; ¡seguro que algún cazatalentos ya me habría sacado de aquí! Asentía, tragaba en seco y decía cualquier cosa, hoy seguro cambia la luna y la marea. El pitcher siempre insistía, tú verás que voy a ponerme en forma. Tengo una zurda potente, mírame ¿eh, flaco?, me decía cuando ya éramos amigos y yo por lástima le acompañaba como público,  o frente a sus lanzamientos cerraba los ojos y solía pensar, ¡coño, ojalá te hubieran comido los tiburones! Los bates los improvisaba de esos maderos lisos y pesados que recalan en la orilla. Para contentarlo fingía swings tardíos y me  ponchaba, temiendo que alguna vez hiciera una locura. Pero todo anduvo bien. Tienes una recta de oro, asere, le mentía yo y miraba a otro lado.

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-22
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-13
Alberto Marrero, 2016-08-15
Alberto Marrero  , 2016-07-04