Una novela para reír y reflexionar
Un gigante de la actuación, sobre todo en la cuerda humorística, el genial Charles Chaplin, consideraba, y permítaseme la paráfrasis, que si la vida se asumiera con humor esta podría ser más alegre y llevadera. Igualmente sentenciaba que un día sin risa era un día perdido.
Eduardo del Llano (Moscú, 1962) ratifica con creces estas afirmaciones a partir de su literatura, a la que se añade ahora Cuarentena, novela publicada bajo el sello de la Editorial Letras Cubanas, con un argumento equipado del humor inteligente, la fértil imaginación y la vasta cultura que lo distinguen. Siempre que el volumen que se lea esté rubricado por Del Llano —autor con el que mucho he trabajado, en la edición de sus textos, y cuya obra (en conjunto) me parece encomiable—, el disfrute está garantizado.
En Cuarentena se sitúan temáticas actuales, tentadoras; asuntos agudos, puntuales; hay en estas páginas originalidad, ironía, humor del bueno, situaciones tragicómicas, personajes dislocados, entre ellos hasta un caníbal en activo; una armazón ideada y estructurada con toda intención para compeler a la sonrisa, en ocasiones a la carcajada, pero, de igual modo, mover a la polémica, a la reflexión, a esenciales cuestionamientos.
Narración en la que aflora, una vez más, como protagónico, el delicioso Nicanor O’Donnell, presente en toda una saga anterior, que llega ahora en la piel de un «excineasta, exidealista, exmarido, y estaba por ver si también exalcohólico», desde los predios de un manicomio, en el que ha sido ingresado para una seria rehabilitación del alcohol, adonde vuelve a hacer de las suyas. Allí, estará al frente del Partido de la Democracia Patológica, mediante el cual sus lunáticos compañeros intentan lanzarse a la palestra política. ¿Cuál es el final de esta «loca» historia? Pues ese tendrán que rastrearlo los que traspasen las puertas del Centro; pero, advierto, no es nada predecible.
Nueva entrega, de meritoria factura, con una trama bien hilvanada, en la que subyace, de manera permanente, el referido humor al que apelaba Chaplin, capaz de motivar esa risa catártica, propiciatoria, favorecedora de mejores ánimos, algo tan inherente de los cubanos, humoristas y picantes por naturaleza.
Queda hecha la invitación a que se reencuentren con la literatura de Eduardo del Llano, la que, sin temor a equivocarme, podría afirmar que muchos consideran cardinal dentro de nuestra gran literatura cubana. Un creador que no solo se ha circunscrito a escribir novelas y cuentos, sino que, además, es actor, guionista y director de cine; recuérdese su intervención en el grupo Nos y Otros y su trabajo en el guión de las películas Alicia en el pueblo de Maravillas, Kleines Tropikana, Hacerse el sueco, Lisanka y La película de Ana, dirigidas por Daniel Díaz Torres; La vida es silbar y Madrigal, bajo las órdenes de Fernando Pérez; Perfecto amor equivocado, con Gerardo Chijona al mando y Una pasión surrealista, filme de Lucas Fernández, con la participación de España, Francia y los Estados Unidos.
Asimismo, ha escrito y dirigido, el Decálogo de Nicanor (2004-2011) y el largometraje Vinci (2011). Como narrador ha publicado varios libros en Cuba y el extranjero, entre ellos, Los doce apóstatas (1994), La clessidra di Nicanor (1997), Obstáculo (1997), El beso y el plan (1997), Los viajes de Nicanor (2000), Tres (2002), Todo por un dólar (2006), El universo de al lado (2007), Unplugged (2008), Sex Machine (2010) y Herejía (2012).
Para concluir, el halago, muy merecido, por cierto, a la ocurrente-sugestiva ilustración de cubierta, realizada por ese multifacético creador que es Arístides Hernández, Ares, la que, sin duda alguna, invita a adquirir la novela y, lo más importante, a leerla.