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El lago de los Cisnes, de… ¿Enrique Pérez Díaz?

Alina Iglesias Regueyra, 16 de marzo de 2013

El pasado año 2012 se celebró el aniversario 135 del estreno mundial de El lago de los Cisnes, un ballet perteneciente al período romántico de la historia del arte. Su música fue creada por el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovski, y la coreografía de Julius Reisinger fue la empleada el 4 de marzo de 1877, primera presentación en el Teatro Bolshói de Moscú, la cual no logró capturar el gusto del público ni de la crítica. Dieciocho años más tarde, el 15 de enero de 1895, el efectivo dúo autoral de Marius Petipa y Lev Ivanov coronan la obra y al compositor con un éxito rotundo en el Teatro Marinski de San Petersburgo. Petipa diseña los movimientos escénicos de los actos primero y tercero, que tienen lugar en el palacio, e Ivanov se ocupa del segundo y el cuarto, que ocurren en el bosque. De allá acá, esta obra ha sido objeto de infinidad de adaptaciones teatrales o cinematográficas y versiones coreográficas. Una de las más contemporáneas, escenificada en el propio teatro Bolshoi de la capital rusa, cuenta nada menos que con una coreografía neoclásica para un cuerpo de baile de cisnes negros.

Coincidiendo con el aniversario 65 de la fundación del Ballet Nacional de Cuba, y en homenaje a su máxima figura, la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, quien ha interpretado magistralmente el doble rol de Odette-Odile en diversas ocasiones, el escritor Enrique Pérez Díaz ha creado una adaptación literaria muy personal, para todas las edades, de El lago de los Cisnes, la cual vio la luz en la recién finalizada Feria Internacional del Libro. La edición estuvo en manos de la joven Gretel Ávila Hechavarría, y el diseño y la composición son de Ileana Fernández Alfonso. Es de alabar no solo la precisa y a la vez pródiga descripción que conduce suavemente a quien lee por los caminos de la pasión de aquellos dos jóvenes, sino la cubierta y las ilustraciones, que perfectamente ambientan el contenido dentro del halo romántico de la obra original. Jorge Zequeira Brito ofrece luminosas imágenes nocturnas, donde los cisnes se deslizan en el lago a la luz de una enorme luna, mientras en palacio un joven príncipe sufre y finalmente muere de amor, tras varias peripecias, en unión de su pareja.

La tragedia narrada en el cuento de hadas se suma a las tantas creadas por la literatura y el folclor que venían desarrollándose centurias atrás y que florecieron en los siglos XVIII y XIX, inspirando a un gran número de autores de todas las artes a participar activa y pasionalmente en el movimiento romántico. El esquema argumental se centra en el villano poderoso que trata inútilmente de someter al amor joven, el cual es sacrificado al final, provocando a su vez la desaparición de la malignidad y la desarticulación de los maleficios.

¿Y por qué razones escoge Tchaikovski la figura del cisne para esta trama de embrujo y adoración? La respuesta nos la ofrece Enrique Pérez Díaz en un bellísimo poema de Luis Rogelio Nogueras que abre las cortinas de este imaginario teatro literario: “¡Ama al cisne salvaje! / No intentes posar tus manos sobre su inocente cuello. / No intentes susurrarle tu amor o tus penas. / No remuevas el agua de la laguna, / no respires. / Confórmate con su salvaje lejanía, / con su ajena belleza. / Trágate tu amor imposible. / Ámalo libre. / Ama el modo en que ignora que tú existes. / Ama al cisne salvaje”.

La figura de la mujer cisne, etérea, sublime, volátil, es una derivación de la legendaria doncella de las novelas medievales de caballería; ideal de belleza, suavidad, delicadeza y pureza virginal; amor platónico por el cual ofrendaban su vida los caballeros andantes. En cierto modo, esta figura es actualizada por ambos creadores cubanos, animados quizás por la noción del respeto que debe primar hacia el sutil mundo femenino y su capacidad de decisión y selección.

En la obra de Pérez Díaz, una inusual circunstancia se destaca: el ritmo narrativo respeta las tabulaciones argumentales y temporales marcadas a través del decurso musical impuesto por el compositor ruso en su creación original. El vibrante crescendo del clímax, a cargo principalmente de la sección de viento-metal de la orquesta, es recordado en este párrafo, igual de conmovedor, que nos ofrece en su texto el escritor:

“¡El amor es más fuerte que el tiempo y lo imposible!”, piensa Odile admirada y con aire triste, mientras ve perderse a su padre en un torbellino de sombras que se alejan hacia lo más profundo del bosque. “¡El amor siempre vencerá sobre el tiempo, el olvido y el silencio! ¡Para el amor no hay imposibles, aunque para algunos el amor sea una causa imposible!”.

Sirva también esta obra, excelentemente narrada e ilustrada, como homenaje a Tchaikovski en este 2013, a 120 años de su fallecimiento, y como efectivo enlace para atraer a las más jóvenes generaciones de lectores hacia el ballet, esa manifestación que tanto placer provoca en los amantes del arte.