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En su 170 aniversario, Luis Victoriano Betancourt: soldado, humorista y poeta

Leonardo Depestre Catony, 18 de marzo de 2013

En la literatura cubana del siglo XIX se cuenta más de una familia de escritores. Los Borrero, los de Armas, los Uhrbach,  los Milanés, los Fajardo, por citar solo unos pocos ejemplos. Por supuesto que también están los Betancourt: José Victoriano (1813-1875), el padre, pinareño; y Luis Victoriano, el hijo —quien nos ocupa—, habanero nacido el 23 de marzo de 1843, hace por estas fechas 170 años.

Luis Victoriano Betancourt se graduó de Licenciado en Derecho Civil y Canónico en la Universidad de La Habana, en 1866 y, como prueba de que su vocación satírica le venía de familia, fundó con otros dos compañeros la revista Rigoletto.

Revolucionario e independentista tenaz, se embarcó para Nassau, en Bahamas, para luego regresar como expedicionario del vapor Galvanic y combatir por la libertad de Cuba hasta la terminación de la contienda en 1878. Sirvió a la República en Armas desde diversos cargos dentro del aparato jurídico y la Cámara de Representantes, además escribiendo para las páginas de la prensa mambisa en El Cubano Libre, La Estrella Solitaria y Boletín de la Revolución. Colaboró también en otros periódicos y revistas: El Siglo, El Occidente, Aguinaldo Habanero, La Aurora, La Colmena, El País, El Almendares, Revista de Cuba, y fue redactor del diario La Discusión, por lo que su actividad dentro del ámbito periodístico le hizo figura conocida en la segunda mitad del siglo XIX.

“A más de soldado —apunta Max Henríquez Ureña—  fue humorista y poeta que en ocasiones pulsó la lira patriótica, se distinguió tanto como su progenitor merced a sus cuadros de costumbres, algunos de los cuales tienen el carácter de cuentos”.

Un libro titulado Artículos de costumbres y poesías, publicado en 1867, y otro editado muchos años después, póstumamente, en 1929, bajo el título Artículos de costumbres, resumen el trabajo periodístico de este autor.

Luis Victoriano dejó su impronta en la literatura insular del siglo XIX, y aunque el costumbrismo es una corriente que hace ya muchos años vio pasar sus mejores momentos, pueden aún disfrutarse ratos muy agradables leyendo aquellas viejas crónicas.

La leyenda de “La luz de Yara” queda recreada por la pluma de Luis Victoriano Betancourt en este pasaje:

Apareció, al fin, la señal del sacrificio. Hatuey se arrojó intrépido a las llamas devoradoras; los españoles lanzaron aullidos feroces de alegría, y Bartolomé de las Casas cayó de rodillas elevando al cielo una oración fúnebre, mientras el ángel de la Libertad, recogía en sus alas el último suspiro del primer mártir de la independencia de Cuba.

Desde entonces una luz tenue y misteriosa, desprendida de la inmensa hoguera, vagó errante por las noches sobre aquellas dilatadas llanuras (…) Aquella luz era el alma de Hatuey. Era la luz de Yara.

¿No cree usted que Luis Victoriano Betancourt merece siquiera una evocación en este espacio digital?