La nitidez humana de Dulce María Loynaz (II)
Un episodio harto conocido fue el desplante de Gabriela Mistral a Dulce María Loynaz en ocasión de un almuerzo que su anfitriona deseó hacer en su nombre, sin embargo, Mistral se negó a asistir después que todo estaba preparado y la velada transcurrió sin la presencia de la homenajeada, hecho que indignó a Loynaz, casi al punto de terminar con su amistad. Al cabo del tiempo se escribieron nuevamente, aunque nunca más se volvieron a ver.
Pero la cubana vio en la chilena a una de las mujeres más extraordinarias que conociera y le dedicó un inolvidable texto —que sirvió de prólogo a sus Poesías completas publicadas en Madrid— y que tituló: «Gabriela y Lucila».1 Aquí la semblanza se confunde con la anécdota de ribetes modernistas, están presentes motivos como el amor, la belleza, la muerte… En los párrafos finales, justamente en el «Envío», Gabriela es interlocutora de Loynaz:
[…] Ahora, Gabriela, aunque ya no estamos en el jardín de casa, necesito decirte algo: no creas que voy a referirme a nuestro último malentendido, que me doliera tanto como a ti. Eso no cuenta ahora, y además, lo tengo olvidado, tú lo sabes.
Lo que quiero decirte, amiga mía, es que hubo una cosa muy importante en la cual te equivocaste.
Te equivocaste y acertó Lucila, que no tenía tu sabiduría y solo era dulce y sencilla como miel agreste.
Y hoy te digo, Gabriela, que acertó, porque tú has tenido al fin un hermoso reino, más vasto y más seguro que el de muchos monarcas cuyos nombres pasaron a la Historia. 2
El tono con que se leen estas páginas es conmovedor (la prosa destila lenguaje poético, la evocación de la amiga, el atractivo de sus versos, acaso la mejor definición que se hiciera de esta personalidad de Nuestra América), timbrado por la gratitud más que por el miedo a errar en el empeño de Loynaz, con la dulcedumbre de su nombre.
De personalidad radiante, Dulce María Loynaz pensó a Federico García Lorca, quien hizo mayor amistad con sus otros hermanos, especialmente, con Carlos Manuel y Flor. No obstante, escribió sobre él un brevísimo texto, tras considerar que ninguno anterior daba la imagen exacta de su persona.
[…] De mediana estatura, ni grueso ni delgado, del color oliváceo, que él gustaba de poner en sus personajes, lo que más impresionaba en él eran los ojos.
No podría decir que porque fueran grandes, aunque lo eran, sino porque el alma se le asomaba a ellos.
Más que su color —quizás pardo, quizás verdoso— recuerdo su mirada que era algo radiante, algo que desde el primer momento le ganaba amigos… 3
Este es un mérito de Loynaz, pues a pesar de la ya aludida brevedad del manuscrito, que se guarda celosamente en la Casa natal del poeta granadino, el lector logra fijar en su mente las palabras cabales que erigen todavía al hombre por encima de las sombras.
En otro momento me he referido a la ternura casi filial que sintió Dulce María Loynaz hacia María Villar Buceta y quedara plasmada en un relato que escribió al cumplirse el primer aniversario del fallecimiento de Buceta. A pesar de que cada una tomara rumbos distintos después de la cercanía juvenil, Loynaz demostró sentir la empatía inicial en el momento último de la amiga, para quien el reencuentro se convirtió en gratitud y, más que ver si había cambiado lo de afuera y lo de adentro —parafraseando un poema de la autora de Unanimismo—, abrigaron del viejo afecto el espacio en que horadara la pasada ausencia.
Autores conocidos personalmente por la autora, otros solo en sus obras, demuestran el personalísimo gusto de Loynaz, quien cultivó otras amistades, como Angelina de Miranda, Angélica Busquet, Raymundo Lazo y su esposa Gloria, Gonzalo Aróstegui del Castillo… algunas fuera de los círculos elegantes o intelectuales y aunque poco o nada influyeron en su obra, sí la ayudaron a creer en su talento.4
Ahora bien, sobre las antipatías entre escritores siempre se especula un poco, tal vez porque al tratarse de personas públicas, genera un interés —¿subrepticio?— por la pretendida comprensión de las causas que motivan tal desorden entre sus relaciones humanas. Y es aquí donde nos volvemos a algunas cartas de Dulce María Loynaz, reveladoras de ese juicio en torno al sentimiento de rechazo.
El escritor César López, nuestro Premio Nacional de Literatura 1999, tuvo razón al alegar durante un encuentro en la Sala Federico García Lorca, dedicado a la escritora, en el pasado agosto, que el menosprecio de Dulce María Loynaz por el poeta Nicolás Guillén no era motivado por razones de raza, como alguien ha querido ver, acaso maliciosamente. 5
En el libro Cartas que no se extraviaron, escritas por Dulce María Loynaz y compiladas por Aldo Martínez Malo, aparecen esas motivaciones que la condujeron a conceder una entrevista a Bohemia, después que apareciera en la misma revista, la entrevista hecha por Nicolás Guillén al Dr. Dámaso Alonso, director de la Real Academia de la Lengua Española, donde, a una pregunta de Alonso, Guillén exponía, en palabras de Loynaz, que «la Academia Cubana de la Lengua era ya como si no existiera, que “a la caída de la dictadura”, sus miembros se habían puesto en fuga». 6
Conociendo los esfuerzos de cada uno de sus miembros por que la institución prevaleciera, así como los de su presidente —la propia Loynaz—, en la citada carta, 7 este documento se crea como defensa a la censura de Guillén, quien reflejó su insatisfacción con la Academia en un contexto donde la mayoría de los intelectuales habían abordado la realidad más inmediata de la Revolución Cubana y se había abierto una brecha como salvaguardia de sus ideales.
No nos es dable asentir ante las palabras de una u otro, pero sirva este ejemplo para argumentar la conocida antipatía de Dulce María Loynaz por el también presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba desde su fundación.
Otras de las cartas revisadas para el desarrollo de este trabajo son las que Loynaz dirigía al historiador William Gattorno, a quien se le reconoce el tino de solicitarle que escribiera un texto en honor a María Villar Buceta y que hemos referenciado antes.
Las cartas a Gattorno dan cuenta de una mujer muy ocupada como directora de la Academia Cubana de la Lengua, velando la enfermedad de seres queridos que dependían de ella, alegre por las atenciones de su amigo guanabacoense y ocupada en la producción de alguna conferencia. Pero habíamos trazado un camino para avistar antipatías, de modo que este sea el único referente que, al menos ahora, nos ocupe.
La fechada en La Habana, el 30 de mayo de 1976, es una breve esquela en la cual se le descubre interesada por la obra del pintor Antonio Gattorno, al parecer tío de su amigo William. Este último le había preguntado en una misiva anterior por su vínculo con Ernest Hemingway y en la segunda post data, Loynaz escribe: «Hemingway era bastante pesado. Hubiera preferido que me mandara otra cosa».8 En verdad no hubo ningún vínculo entre ambos escritores, pues el norteamericano era de carácter muy especial y no mostraba interés en aproximarse a otros intelectuales cubanos.
En una carta con fecha del 17 de febrero de 1986, Dulce María responde a Gattorno agradeciendo el interés por su obra y la de su padre, pero las palabras que refieren al poeta matancero Agustín Acosta son bastante parcas:
[…] En cuanto a lo que me dice de Agustín Acosta, debo confesar que nunca traté de gran poeta.
Siempre he esperado que vengan a buscarme y él no vino.
Sin embargo, cuando con justicia lo nombraron Poeta Nacional, mi esposo y yo hicimos expresamente un viaje a Matanzas para presenciar el acto.
Dicho esto puedo añadir que la Vice Directora de la Academia Dra. Caridad Quintana, tiene un trabajo hecho sobre el mismo que con la venia de ella, pudiera facilitarle.
Puede Ud. escribirle a la propia Academia, que hasta ahora es mi casa, manifestándole su interés… 9
No obstante a lo tasado en estas líneas, donde acaso se la descubre con el orgullo que, en principio, Gabriela le juzgara, o bien con una timidez difícil de creer en la frase «siempre he esperado que vengan a buscarme y él no vino», Loynaz olvidó escribir, no sabemos por qué, cuando, después que Agustín Acosta fuera nombrado Poeta Nacional en 1955, ella ofreciera una lectura de sus poemas en la Sociedad Liceo de Matanzas, en 1959, ocasión en que fue presentada por el propio Acosta. 10
Por último, sin apartarnos de las cartas, aunque yéndonos a la correspondencia entre Juana de Ibarbourou y Mariblanca Sabas Alomá, cuya comunicación ha sido estudiada por la investigadora Zaida Capote Cruz, quien ha dado a la estampa brillantes valoraciones alrededor de la amistad entre ambas escritoras y arroja descubrimientos no menos recomendables, ubicamos una carta donde se hace referencia a Dulce María Loynaz.
Se recordará la alegría con que Loynaz narraba el encuentro que tuvo con Ibarbourou, cuando, en 1947, en compañía de su esposo Pablo Álvarez de Cañas y del embajador de Cuba en Uruguay, el señor Oscar Gans, fueron a visitarla a su casa de Montevideo y tras un pequeño recital de poesía por parte de Dulce María, Juana la abrazara a la vez que exclamase: «¡No la comprendo a usted, no la comprendo! ¡Si es más grande que yo!». 11 Según contaba la cubana, estas palabras fueron publicadas luego en la revista Blanco y Negro.
Desde luego, la evocación de Loynaz manifestaba bondad, pura gratitud y términos portadores de la enorme admiración que le provocaba la poetisa uruguaya, la cual, para desconcierto de muchos, últimamente se nos revela distinta al conocimiento bordado por Dulce María, quien, según parece, ignoraba lo que en verdad pensaba la Ibarbourou.
En el ensayo ¿Por qué La Habana no está en la esquina de mi casa? Cartas de Juana de Ibarbourou a Mariblanca Sabas Alomá, de Zaida Capote, esta acuciosa investigadora cita un fragmento de la correspondencia de Ibarbourou donde se hace referencia a Dulce María con palabras altisonantes, al decir: «Esa señora me escribió una carta muy dura, resentida, agresiva y altanera. El que no aceptase su egregia hospitalidad le cayó como un rayo erizado de clavos». 12 Sin duda, el tono que se percibe entre líneas es peyorativo, haciendo referencia al momento en que la poetisa uruguaya planeaba visitar a Cuba en la década del 50 y únicamente deseaba la ofrecida hospitalidad de Mariblanca, amiga de muchos años, sin embargo, la visita a la Isla no se concretaría y Juana respondió con paciencia y serenidad a Loynaz, quien le volvió a escribir «completamente amansada».13
Más adelante, Ibarbourou escribió sobre su conocimiento de lo ocurrido a Loynaz con Gabriela. El empleo de palabras que distorsionaban la realidad muestran a una Dulce María desconocida: «Aquí se comenta en forma aguda el desplante comunista de Gabriela. Para mí es cosa nueva. No sabía que nadaba en esas aguas. Pero dicen que también en otras… Y en otras… Ya que hace política, ¿cuál es su verdad?».14 Es probable que una versión malintencionada sobre la autora de Jardín haya alcanzado los oídos de Juana ante la llegada de una supuesta «carta displicente» y por esta causa desconociera, no sabemos si siempre, a la verdadera Loynaz.
Las relaciones interpersonales son importantes para el desarrollo del hombre y de la mujer como entes sociales; asimismo, estas ayudan a ubicar a los escritores en su contexto, según sus intereses y estratos sociales. Hace poco presencié en el Museo de Artes de Decorativas de La Habana, muy cerca de la otrora casa de Loynaz, una fotografía donde aparece el matrimonio Loynaz-Álvarez de Cañas, junto a la condesa Gómez Mena, antigua moradora de la mansión que ocupa ese Museo. Es otro ejemplo de nuestra autora en su paisaje epocal.
La correspondencia de Loynaz, citada de forma discontinua, si bien una parte se encuentra publicada y otra dispersa —como se ha dicho— en manos de amigos y coleccionistas privados (así ocurre cuando se trata de personas distinguidas), es una fuente de información valiosísima para el estudio de sus relaciones, una aproximación al universo cultural y literario en distintos momentos, la revelación de su estado de salud y el de familiares queridos, de los problemas políticos... a la que habrá que volver para desembozar el «mito de su apartamiento».
La personalidad de Dulce María Loynaz, fuera de la óptica de retiro con que críticos y lectores todavía suelen apreciarla, es, pues, incentivo para contextualizarla en la Cuba de su tiempo, desde el vínculo con una gran pléyade de autores y la desunión experimentada hacia otros, todo lo cual permite ganar una dimensión más exacta a la nitidez humana de esta gran mujer.
Notas:
1 Este ensayo de Dulce María Loynaz se incluye con el título «Un recuerdo lírico» en la citada obra de Mistral, editada en Madrid, en 1962.
2 Dulce María Loynaz: «Gabriela y Lucila», en Quiero que me quieran. Homenaje de los escritores cubanos a Gabriela Mistral, p. 154.
3 Fragmento del manuscrito de Dulce María Loynaz que fuera donado de su parte al museo de Fuente Vaqueros, provincia de Granada, a través de la gestión del investigador Aldo Martínez Malo.
4 Aldo Martínez Malo: ob. cit., p. 63.
5 En la ocasión, César López recordó la propuesta de Dulce María Loynaz, cuando nombró a Regino Pedroso candidato al Premio Miguel de Cervantes, en el año 1982.
6 Dulce María Loynaz: Cartas que no se extraviaron. Fundación Jorge Guillén y Ediciones Hermanos Loynaz, Valladolid, 1997, p. 143.
7 Carta fechada en octubre de 1981.
8 Fragmento de carta inédita de Dulce María Loynaz en la colección particular del señor William Gattorno Rangel.
9 Ídem.
10 Véase la cronología, y dentro de esta, la fecha de 1959, recogida en el libro Poesía de Dulce María Loynaz que se editara por el centenario de su natalicio.
11 Dulce María Loynaz, en Aldo Martínez Malo: Confesiones de Dulce María Loynaz, pp. 38-39.
12 Zaida Capote Cruz: ¿Por qué La Habana no está en la esquina de mi casa? Cartas de Juana de Ibarbourou a Mariblanca Sabas Alomá (II), en www.cubaliteraria.cu, Portal digital de la literatura cubana, 18 de octubre de 2011.
13 Ídem.
14 Ídem.
Bibliografía:
LOYNAZ, DULCE MARÍA: Cartas a Chacón. Cartas a Ballagas [Compilación, presentación y notas de Virgilio López Lemus]. Edición del Instituto de Literatura y Lingüística y Ediciones Extramuros, La Habana, 1996.
LOYNAZ, DULCE MARÍA: La palabra en el aire. Conferencias y discursos. Ediciones Hermanos Loynaz, Pinar del Río, 2000.
LOYNAZ, DULCE MARÍA: Poesía. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2011.
LOYNAZ, DULCE MARÍA: «Gabriela y Lucila», en Quiero que me quieran. Homenaje de los escritores cubanos a Gabriela Mistral [Selección, prólogo, itinerario biobibliográfico cubano y notas de Cira Romero y Dania Vázquez]. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2009.
MARTÍNEZ MALO, ALDO: Confesiones de Dulce María Loynaz. Ediciones Hermanos Loynaz, Pinar del Río, 1993.