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Lavinia y sus singulares designios

Alina Iglesias Regueyra, 22 de marzo de 2013

Bianca Pitzorno, nacida en Sassari (Cerdeña, Italia) en 1942, es una de las más atrevidas escritoras de obras para la infancia en la actualidad. En Cuba se conocen sus historias publicadas por Gente Nueva, en la colección Veintiuno: La muñeca del alquimista (2009) y La muñeca viva (2010).

Un año antes de que la primera de ambas viera la luz en Cuba, la misma casa editora había sacado a la luz un interesante libro de esta autora: La increíble historia de Lavinia, editado por Enrique Pérez Díaz y con una cubierta —cuyo diseño se amolda a la pauta establecida por María Elena Cicard— que muestra, a la manera de Arístides Hernández (Ares), la figurita caricaturesca de la niña protagonista con su hada madrina.

Con derroche de imaginación y humor, entre otros recursos, la autora dedica esta narración a su pequeña amiga Valentina, quien le pidió un cuento protagonizado por —nada más y nada menos que— las heces fecales; dicho de manera más directa por la propia autora: la caca. Y pone manos a la obra a partir de un par de textos clásicos: el infantil La vendedora de fósforos, de Andersen, y el mito universal del rey Midas. Con estos dos referentes y una original fantasía, sitúa ante los ojos de una niña pordiosera, en plena Navidad, la llegada en taxi de un hada que le concederá un anillo mágico con el cual convertir en caca cuanto desee, para así lograr salir de la pobreza extrema en que vive, como millones de niños en el mundo de hoy.

La obra, tomada desde un punto de vista descarnado y percibida desde ojos adultos, quizás pueda ser interpretada metafóricamente como la plasmación de aquello verdaderamente repulsivo que en ocasiones es preciso hacer para sobrevivir en situaciones extremas de la vida. Podría ser también desentrañada como una lección de madurez ante la crueldad de la existencia, a través de la conducta de esta pequeña abandonada que echa mano a comportamientos impropios para salvarse y salvar a otros como ella. Pero, ¿hasta qué punto es justo el empleo del chantaje y la amenaza para la consecución de propósitos justos?, ¿hasta qué límite es permisible llegar para no ocupar el puesto de aquellos que hemos censurado y contra quienes luchamos?, ¿cómo podemos evitar la imitación de los mismos actos y hábitos de quienes supuestamente se comportan con total negatividad y son incapaces de pensar en los demás? Si nos encontráramos en igual situación de bienestar que ellos, ¿pensaríamos entonces en los desposeídos?

De cierta manera, me resultó confuso, al igual que a ciertos pequeños lectores cubanos, el que la protagonista vaya a residir en un hotel a todo lujo para conseguir sus fines más nobles. Y es que la ley de “quítate tú para ponerme yo” no convence mucho cuando se trata de metas positivas. Lavinia, en su desarrollo como personaje, exagera en su comportamiento y llega a convertirse en desecho ella misma, pero afortunadamente es salvada por su amigo Clodoveo, el genial adolescente ascensorista. Mas este enorme susto no subvierte, dentro de la estructura dramatúrgica, las condiciones materiales de vida de la pequeña, las cuales siguen siendo fruto de la amenaza y el chantaje. Sin embargo, si situamos el texto en su contexto, nos daremos cuenta del porqué de los caminos de la diégesis. El personaje no se detendrá en su supervivencia, sino que, en una vuelta de 180 grados, experimentará vivencias del otro extremo: paseos diarios en el Rolls Royce más caro, alimentos extravagantes y refinados, caprichos referidos al vestuario, gasto de energía eléctrica incontrolable al tomar el ascensor como juego, etc. Todo cuanto ve en los carteles publicitarios que inundan la populosa ciudad.

Al final, al constatar su infelicidad aun en la seguridad material total, se dedicará a realizar acciones arriesgadas. Si antes, cuando nada tenía, no se atrevía a salir del portal para que no se le congelaran sus desnudos piececitos, ahora es capaz lo mismo de emprender un rescate masivo de animales del zoológico para devolverles su libertad, embarcándolos hacia África, que de salvar a un bebé de un incendio, sin pensar en los riesgos y en que puede perderlo todo.

Con la lección final de que la riqueza material es necesaria para compartir y ayudar, pues la voluntad sola no basta, Bianca Pitzorno despliega en su libro un profundo conocimiento de la psicología humana. Además nos advierte que, por encima de todo, debemos estar alertas con respecto a nosotros mismos, desde nuestra más profunda esencia humana, para no dejarnos seducir por los brillos y artificios de la riqueza y la posición logradas, que pueden degradarnos y devaluarnos humanamente, al punto de transformarnos en aquellos cómodos egoístas contra quienes inicialmente nos enfrentábamos. En un intento por mejorar el mundo, podríamos ocupar el lugar anteriormente rechazado. El límite es delgado, frágil, imperceptible. De nuestra voluntad y de nuestros valores, depende actuar para el bien de todos.