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Ángeles de la calle: Caignet en actividad cinematográfica

Luciano Castillo, 26 de marzo de 2013

Los que no deben nacer, primera producción de la empresa Cub-Mex, S.A. dirigida por Agustín P. Delgado, concluyó el rodaje el 14 de abril de 1953 en los estudios Churubusco, con las interpretaciones de Sara García, Isabela Corona, Gustavo Rojo, su hermana, Pituka de Foronda, Anita Blanch, Enrique Santisteban, Julio Villarreal y Andrés Soler.1 El argumento de Caignet era el folletín elevado a categoría casi de tragedia griega como sugiere esta sinopsis: "Uno nunca escoge cómo ni cuándo nacer. Un pequeño error en la genética puede causarle a cualquier persona grandes problemas por el resto de su vida. La locura de un abuelo provoca que su nieto nazca sin piernas. El adinerado padre, víctima de la tara, lo cambia por un niño sano para proteger a una madre pobre y librarse del tormento de la crianza de una criatura anormal, pero el ruin hermano de esta vende el fenómeno a un empresario circense. En una de las exhibiciones como un espectáculo más, establecerá un fraterno vínculo con el impostor, aunque ambos ignoran la verdad".

Desde el 20 de agosto en los teatros habaneros Fausto, Reina, Cuatro Caminos, Santos Suárez, Olimpic y Florencia, fue programado el estreno de este «grito de alerta para aquellas parejas enamoradas que no comprenden que, por encima del egoísmo voluptuoso, debe prevalecer el concepto de la gran responsabilidad social y humana de dar hijos al mundo».2 Emilio García Riera calificó la trama de enredada, lacrimógena y moralizante y citó fragmentos de una certera crítica publicada en El Fígaro en ocasión del estreno en el cine Olimpia del Distrito Federal de México, el 7 de octubre:

Se toma una tara hereditaria, se la mezcla con chica idiota, se le agregan unas gotas de pedantes y tontos discursos demagógicos, se echan encima algunos hijos de los que algún día dicen horrores a sus padres, se añade un doctor que se las sabe de todas todas y por si fuera poco un pequeño misterio que se explica al final de la cuestión. Se pone medio vaso de lágrimas refrigeradas, se sacude todo, se mete en doce rollos de celuloide, y ya se tiene una película del señor Félix B. Caignet. En general, es una película exageradísima.3

La compañía productora anunció que luego de la filmación de este novelón radial, que esperaba igualaría el récord de El derecho de nacer, rápidamente emprenderían las de Ángeles de la calle y El precio de una vida, también basadas en éxitos de Caignet. Todas serían distribuidas por la firma Exclusivas Diana de Eladio Novo, ubicada en Almendares no. 207. Entre los planes perspectivos de Cub-Mex, Angélica Ortiz Sandoval, joven encargada de la adaptación de Los que no deben nacer, anticipó en una entrevista que proyectaban para fines de año filmar en tercera dimensión y Technicolor, otro argumento de Caignet, La carcajada del ron, en locaciones de Oriente y La Habana.

En la segunda semana de julio se inició en la capital cubana la filmación de Ángeles de la calle, segunda producción de la firma Cub-Mex, S.A.4 A diferencia del melodramón aleccionador Los que no deben nacer, rodado íntegramente en los Estudios Churubusco, sin otra intervención de personal cubano que los intérpretes citados, esta versión fílmica de la novela radial de Caignet, perteneciente a la serie «Primero son los hijos», sí se consideró desde un inicio como una coproducción mexicano-cubana. La totalidad de las locaciones fueron escogidas en La Habana y firmó contratos el personal técnico nacional y gran parte del reparto también de la isla por la plana mayor de la compañía: Roberto Martínez Rubio, Agustín P. Delgado y Félix B. Caignet. El operador de cámara del fotógrafo Max Liszt fue Enrique Bravo (padre), asistido por su hijo Enrique. El diseño de escenografía correspondió a Roberto Miqueli. La música fue compuesta por Alfredo Brito y los niños interpretan en una secuencia la famosa canción «El ratoncito Miguel», de Caignet.

Agustín Porfirio Delgado (1906-1981), comenzó como operador de cámara bajo la tutela de Alex Philips en el filme fundacional Santa (1931), de Antonio Moreno, y prosiguió en estas funciones. Fue contratado como director de fotografía de Sucedió en La Habana (1938), de Ramón Peón y codirector de un par de películas antes de debutar en la realización con El mexicano (1944), de la que fue también productor y firmó la adaptación del relato homónimo de London junto a Raphael J. Sevilla y el primerizo José Revueltas. A continuación rodó los cortos musicales en colores Conga Bar, Esclavitud y Estampas habaneras, compendio de números afrocubanos, música de Eliseo y Ernesto Grenet, vestuario y coreografías de Sergio Orta, producidos por Ramiro Gómez Kemp, quien en un principio iba a dirigirlos. Delgado dirigió una decena de largometrajes, entre ellos La bandida, Caña brava, Donde nacen los pobres y Dos caras tiene el destino, antes de asumir la realización de Los que no deben nacer, para la empresa Cub-Mex, de la que fue cofundador.

El argumento fue adaptado también por la futura empresaria de cine y teatro Angélica Ortiz Sandoval (asistente de dirección) y el realizador. La frívola y egoísta Magda (Emilia Guiú) está en trámites de divorcio de su marido Sergio (Gustavo Rojo), además de considerar un estorbo al hijo de ambos, el niño Mayito (Rolandito Ochoa), de quien apenas se ocupa ni le ofrece la menor manifestación de cariño, algo que al serle reprochado por la institutriz francesa Mademoiselle Marie (Mary Munné), provoca su despido. A escondidas de su mamá, Mayito se escapa de casa con su amigo Cachirulo (Lázaro Rivero), hijo de Brígida, la cocinera negra (Lupe Suárez), para visitar el zoológico. Más tarde, al conocer que su mamá va sola de vacaciones a Miami y su padre en viaje de negocios a México, haciéndose pasar por huérfano, se incorpora a una pandilla de niños pobres bajo la protección de un bondadoso juez (Julio Villarreal). Al saber de la desaparición, sus padres regresan a La Habana. Mayito es devuelto por el juez y sus amigos. La pandilla rechaza la recompensa de ofrecida de cinco mil pesos «porque el bien ha de hacerse de gratis». Pero este no es el final de las aventuras de los «ángeles de la calle» que darán una lección ejemplarizante a esa Magda, intransigente porque su hijo se fugó de su hogar para mezclarse con la plebe y pretende internarlo a la fuerza en una escuela para niños de su clase.

Amén de los intérpretes mencionados, integraron el reparto: Enrique Santisteban (Robledo), Andrea Palma (Regla) y los niños Jaime Calpe (Pititi); Ismael Pérez (Sabulí); Roberto Rodríguez (Cayuco); Luis González (Valentín); Néstor Molina y Amador Domínguez, Jr. (Fosforito). Encabezó el equipo de sonido el cubano Manuel Solé, con el auxilio de Rafael Deaira y Roberto González. La edición fue asignada a otro profesional del cine mexicano: Charles L. Kimball. Para las funciones de anotadora fue contratada Evelia Joffre. La filmación de Ángeles de la calle significó para Gustavo Rojo —que sumaba ya 37 películas a su haber— el regreso a la ciudad donde recibió su educación, egresó de Comercio e Idiomas y cursara las primeras clases de arte dramático con el profesor Schajowicz.

«Los niños son en este melodrama portavoces de toda la sabiduría que Félix B. Caignet ha logrado acumular en su paso por el mundo —sintetizó Emilio García Riera—. Además, representan a todo ese mundo: en la pandilla de los niños pobres hay un negro, un chinito y un galleguito. Los niños son jueces de los adultos, y el viudo Robledo (dueño de un café) y la mesera Regla no pueden por ello casarse sin el permiso de sus meones respectivos. Los niños han aprendido de Caignet que; “nosotros que somos unos pobres ratones, a lo mejor tenemos más felicidad que la gente esta”».5 El crítico e historiador reprocha el tono moralizante de los diálogos, que llegan a comparar los harapos con que visten los niños con «armiño en el alma». Según él, en esta película torpísima que nadie diría fue realizada dieciocho años después de Madre querida, de Juan Orol, solo es rescatable el personaje de la negra cocinera, sin dejar de ser sentenciosa.

Resulta interesante la transposición por Caignet de los personajes típicos del teatro bufo a la pandilla de chiquillos: el negrito (Fosforito), el gallego (Valentín) y el chinito (Sabulí); si no existe una mulata es porque ninguna niña integra la tropa. El escritor se extrema con los diálogos y el esquematismo de los personajes: para la cocinera, su hijo es «una bendición»; para su patrona, «la peor calamidad que le puede caer a una». El juez defensor de los maravillosos «ángeles de la calle», «víctimas de la indiferencia social que nos rodea» (en palabras del tabernero Robledo), es descrito como que «tiene un corazón que no le cabe en el pecho».

Las últimas escenas fueron filmadas en los Estudios Nacionales a finales de octubre según reportó la edición de Cineperiódico del 9 de noviembre. Ángeles de la calle fue estrenada en las salas Olimpia y Palacio Chino, del Distrito Federal de México el 31 de diciembre de 1953 con una duración original de 110 minutos. Los espectadores cubanos disfrutarían esta «comedia dramática» a partir del 25 de enero de 1954 en el cine Fausto, presentada por Eladio Novo Pita, gerente de Exclusivas Diana. Eduardo Héctor Alonso, crítico de Alerta y presidente de Artyc, fustigó que la película —«un novelón sin ningún miramiento hacia la forma para que esta compense, siquiera en parte, la vulgaridad del fondo»6—, tendía a desarrollar el mal gusto. El periodista Arnaldo Pérez en la revista Gente la calificó de «insulto a Cuba»:

La película parece un diccionario fílmico de situaciones y palabrerías de lo más ridículo, lo más cursi y lo más agobiante de cuanto se ha tenido que soportar en la pantalla. No le falta nada. […] En boca de los pobres muchachos de «la pandilla» (ellos no tuvieron la culpa, hicieron lo que pudieron, algunos mejores que otros, y en especial los mexicanitos y el actorcito Luisito Fernández). Caignet pudo «guanajerías» tan insultantes que ya las he olvidado, solo queda de ellas un vaho mortificante. […]

Los novelones de Caignet dan la medida de la idea que tiene éste de la justicia social. Los muchachos pobres de Ángeles de la calle presentan un cuadro de derrotismo y conformismo. Eran muy felices siendo miserables y vendiendo periódicos. Todo era alegría entre ellos tenían un «Jefecito» —made in México— que no era otro que el verboso Julio Villarreal el cual simulaba presidir una corte juvenil que juzgaba las malas acciones de los niños. […]

Si a eso llaman cine cubano, que vayan a filmar la vida de Martí a la Cochinchina.7

A mediados de octubre de 1954 se difundió la noticia de que Ángeles de la calle había recibido en Panamá un diploma por considerarla de ejemplar enseñanza para la juventud. La producción fue aprobada para menores en todos los países latinoamericanos e incluso en Estados Unidos, excepto en Cuba.


Notas

1 Existen contradicciones acerca de la primera producción de la compañía que García Riera en Historia documental del cine mexicano y en la ficha del director Agustín P. Delgado publicada en el Diccionario de directores del cine mexicano, de Perla Ciuk, atribuyen a Ángeles de la calle y no a Los que no deben nacer, que realmente fue la primera. Existe constancia gráfica del rodaje en el Foro A de los Estudios Nacionales en La Habana de Ángeles de la calle con fecha 31 de octubre de 1953, posterior a la conclusión de Los que no deben nacer.
2 Frase promocional del estreno cubano de Los que no deben nacer: Cinema, Año XVII, No. 914, 19 de julio de 1953, p. 9.
3  Citado por García Riera: Historia documental del cine mexicano, tomo5 (1952-1954), Ediciones Era, S.A., México, D.F., 1969-1975, p. 156.
4 En la Historia documental del cine mexicano de García Riera figura la compañía Producciones Astral, pero en el Expediente No. 316/1953 de la Comisión Revisora de Películas del Ministerio de Gobernación de Cuba aparece Producciones Cub-Mex, S.A.
5 Emilio García Riera: Ediciones Era, S.A., México, D.F., 1969-1975,  tomo 5, p. 228.
6 Eduardo Héctor Alonso: «A tal autoridad, tal responsabilidad»: Cinema, Año XIX, No. 942, 14 de febrero de 1954, p. 28.
7 Arnaldo Pérez: «Ángeles de la calle: Insulto a Cuba»: Gente, 14 de febrero de 1954.