Del otro lado de la vida
Nuestra propuesta de hoy se titula «Del otro lado del espejo», cuento del joven narrador Nguyen Peña Puig. En una ocasión, junto a otros colegas escritores, fui miembro del jurado de un prestigioso concurso literario en el que me tocó evaluar un libro del autor. En dicho cuaderno estaba este y otros cuentos que suscitaron comentarios elogiosos, y aunque no ganó, nos dejó una grata impresión.
«Del otro lado del espejo» describe situaciones indudablemente sórdidas, pero no por ello menos atractivas en su análisis de la conducta humana y sus infinitas manifestaciones. Sin pretensiones sicológicas, ni nada por el estilo, Nguyen desarrolla con destreza una trama narrativa donde demuestra su dominio del lenguaje y buen pulso para evitar los lugares comunes, las estridencias esnobistas y otras pobres cabriolas para llamar la atención. Un lector atento comprenderá el intenso drama que vive una pareja, integrada por la puta y su amante, en la búsqueda de víctimas incautas a las cuales desplumar. Gente alucinada que ha escogido una manera de vivir al margen de todo, en las orillas más degradantes. Sin embargo, la anécdota da un giro insospechado, el cual, por supuesto, no voy a revelar, para hablarnos del estupor, no pocas veces horror, que nos provocan las veleidades de la actuación humana, sus mutaciones asombrosas, sus deslealtades y, por qué no, su ternura y aforo de piedad. La imagen que se refleja en el espejo no es toda la verdad. Ninguna verdad cabe en la superficie de un espejo. Habría que buscarla siempre fuera de él, o detrás de él, en esa zona de neblinas perpetuas tan visitada por los escritores y artistas de todas las épocas. Eso parece repetirnos el autor. Cada personaje de esta historia despliega sus obsesiones y actúa en consonancia con ellas. Envueltos en una atmósfera de dudas y tribulaciones, el lector los siente vivos y verosímiles. He ahí, otra de las virtudes significativas de este cuento.
Nguyen Peña Puig (Camagüey, 1977) es un jurista con un talento singular para narrar historias. Egresado del Centro de formación literaria «Onelio Jorge Cardoso» ha sido finalista y mención en importantes concurso literarios del país.
Alberto Marrero
De este lado del espejo
Nguyen Peña Puig
Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar; como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte.
No hay camino al paraíso. Charles Bukowski
Cuando entramos el club apenas comenzaba a llenarse. Dimos paso a unas muchachas alegres que al parecer habían empezado su fiesta en otro lugar y me detuve junto a la puerta. Ella avanzó, siempre dos metros por delante. Preguntó dónde estaba el baño. Alguien estiró el brazo indicando el pasillo en el otro extremo de la pista. La vi perderse, reaparecer segundos más tarde bajo un lumínico rojo donde una flecha amarilla señalaba hacia abajo y dejaba leer con total claridad: Baños. Me dio gracia no verlo hasta entonces. Ella se dio vuelta. Se tomó todo su tiempo para mirar el lugar, para mirarme a mí. Luego entró al pasillo. Yo prendí un cigarro.
Mientras esperaba dejé correr la vista a través del humo y las luces. Me entretuve en observar a los que bebían, la mayoría sentados junto a las pequeñas mesas plásticas desperdigadas por el salón. Busqué entre los que bailaban eufóricos bajo aquel reguero de luces amarillas, verdes, azules, rojas; también entre los rostros apáticos y los románticos agazapados en las sombras. Descarté a todos antes de detenerme sobre aquel tipo flaco que sobresalía sentado al extremo derecho de la barra, justo al final, cerca del pasillo por donde ella acababa de desaparecer. A su lado había un puesto vacío. Éste puede ser, pensé. Miré hacia el pasillo, miré mi reloj. No entendí porque rayos ella se demoraba tanto. Luego miré al hombre, procurando no perderlo.
Pocos minutos después la vi de nuevo. Esperé todavía un poco y cuando estuve seguro que también me había visto comencé un lento rodeo. Mientras me acercaba observé mejor al tipo. Quizá llamó mi atención por ser demasiado alto, demasiado flaco, difícil de ignorar incluso entre tanta gente. Parecía tener bastante dinero. Vestía jeans, pulóver y bléiser oscuro. Alcancé a ver su reloj, era caro. En esa misma mano sostenía alguna bebida a la roca. Antes y después de cada trago hacía girar los cubos de hielo dentro del vaso. Miraba a su alrededor con cierto aire de aburrimiento, como si tan solo dejara pasar el tiempo en ese lugar a falta de algo más interesante que hacer. Sentí algo de envidia, o en realidad mucha envidia. Apuré el paso. Casi a punto de llegar tropecé y fui a caer justo sobre el asiento vacío. El tipo me miró. Se mantuvo serio. Me acomodé. Crucé los brazos sobre la barra y bajé la cabeza. Comencé a sudar.
A pesar del accidente tuve la impresión de que al fin, por primera vez en los últimos meses, el destino giraba a mi favor, a nuestro favor. La señal no podía ser más clara: de pronto yo estaba allí, junto a este tipo flaco y solo y aburrido, con dinero. Una víctima que había aparecido tan rápido. Un comienzo perfecto para un plan perfecto. Debí ser yo quien lo ideara. Pero en realidad se le ocurrió a ella —es cierto que las mejores ideas siempre fueron suyas—. En lo adelante, hasta que ella lo arrastrara a lo último del callejón, mi parte se resumía casi en lo absoluto a la simple acción de mantenerme sereno y no echarlo todo a perder. Recuerdo que tenía un miedo tremendo de echarlo todo a perder.
El nerviosismo fue pasando. Dejé de sudar. Pero aun me temblaban las manos; lo noté mientras sacaba un nuevo cigarro. El barman apareció tras un intenso flashazo amarillo, estiró su brazo y me alcanzó un encendedor. Le di las gracias. Preguntó si quería tomar algo, negué con la cabeza. Recogió el encendedor, pasó un paño sobre la barra, luego se marchó. Recé para que el juego comenzara lo antes posible. Le di una larga chupada al cigarro y mientras esperaba me puse a imaginar lo que vendría luego.
Lo miraba de reojo como si aquel flaco pudiera adivinar mis pensamientos. Traté de verme peleando con él; calculé que sería difícil a pesar de su cuerpo algo desgarbado, no solo por su tamaño o la oscuridad del callejón, es que en realidad nunca he sabido pelear.
El tiempo siempre te cambia, pero en ese entonces lo mío eran los negocios sencillos: ropas, piezas de computadora, pastillas, cigarros, cualquier mercancía ligera que más tarde pasaba de una mano a otra en el mismo barrio; dinero fácil para llenar el bolsillo y mantenerla a ella tan contenta como fuera posible. Durante algún tiempo, se me hizo difícil entender cómo fui a caer en aquella locura. Hasta que recordé la tarde, dos semanas antes, cuando nos quedamos de nuevo sin un peso en el bolsillo, sin nada que vender, y la escuché decir con esa voz de quien tienen todo bajo control aunque esté colgado de un alero a veinte pisos de altura: Definitivamente, eres un inútil, pensé que no, pero ya te has superado a ti mismo, eres un perfecto inútil. En lo adelante las cosas se harán a mi manera, como tiene que ser.
Y sonará raro, pero sí, me pareció lógico, jodidamente lógico.
El flaco terminó su trago, dejó el vaso sobre la barra. Pensé que ya era tiempo de poner en marcha la segunda parte del plan. Solo que ahora buscaba entre la gente sin lograr encontrarla. Una señal de mi parte y ella se acercaría a este tipo, elegido de antemano como objeto de seducción, según sus palabras exactas —no dejo de reconocer que me dio gracia escucharla, me recordó a la jefa mafiosa en alguna película barata. El papel le quedaba perfecto—. Su explicación fue muy clara. Le entraría suave al tipo, mañosa —mientras hablaba sus manos se movían rítmicas amasando alguna extraña forma en el aire—; cuando lo tuviera bien caliente lo arrastraría hasta el callejón al fondo del club. Yo debía permanecer atento para seguirlos y luego hacer el trabajo rudo, o al menos lo que ella describió como trabajo rudo. Mirando sus gestos todo me pareció muy fácil.
Estiré el brazo hacia la pantorrilla en busca de confianza. Sentí la funda del cuchillo ajustada bajo la media. Al final solo conseguí ponerme más nervioso. De ninguna manera pude imaginar una escena en la que dijera: ¡Si mueves un dedo te abro las costillas! o ¡Quédate quieto flaco o te abro como a un puerco! —pensé en un puerco flaco y volví a sonreír—, cualquier cosa que significara dejarle saber sus pocas alternativas. Lo que sí me pareció escuchar con toda la claridad del mundo fue a ella gritando: ¡Eres un inútil!
Entonces parece que la risa fue muy evidente, porque el tipo se volvió para mirarme. Lo miré, aturdido. Hizo una mueca y desvió su mirada hacia la pista. Debió pensar que yo era un poco extraño, o quizá sólo le molestó el humo del cigarro. En realidad yo no debía mirarlo, al menos no de un modo tan evidente. Soy un inútil, pensé. De nuevo bajé la cabeza.
Por fin la vi aparecer, recostada bajo el lumínico del pasillo. Hice el gesto convenido —más bien como una mueca que consistía en mover la cabeza hacia delante y estirar los labios en dirección al tipo. Me dejó elegir esta parte casi a última hora, cuando protesté porque no tomaba en cuenta ninguna de mis ideas—. Asintió y comenzó a acercarse.
Entonces, sin darme tiempo a nada, el tipo dejó su vaso, se puso de pie y se perdió rumbo a la salida.
Quedé tieso, más tieso que un pararrayos, que aquel lumínico rojo con su estúpida flecha amarilla. Todavía puedo recordarme con la boca abierta, los ojos más abiertos, un me cago en mi madre en la punta de la lengua, la mano sosteniendo el cigarro. Era como si de golpe se hubiera congelado el tiempo y desapareció el suelo, las luces, la música, el mismísimo aire.
Por suerte aquel estado absurdo duró apenas un momento, después alguien tropezó conmigo e hizo que reaccionara. Ella llegó detrás, me miró con cara de: ¿Qué coño estás haciendo?, luego se acercó con disimulo y me dijo bajito al oído:
—¿Qué coño estás haciendo?
Yo encogí los hombros y apreté los dientes. Me cago en mi madre, terminé de decir antes de que el cigarro me quemara los dedos.
Y no es que nos interesara aquel tipo en específico, a fin de cuentas era solo eso, un tipo más. La cuestión de fondo, lo terrible, era tener que empezar de nuevo, buscar entre la gente, elegir, acortar la distancia, hallar el momento justo. Me atrapó la idea de que lo mejor era marcharnos de allí, verlo todo como un ensayo y esperar otra noche, ya con más experiencia. Pero ella no aceptaría, ni pensarlo siquiera.
Respiré profundo y comencé de nuevo la búsqueda. Ahora todos los rostros se confundían. Todos menos el de ella, que se adueñaba del lugar, restregándose con todos, seduciendo. Nuestras miradas se cruzaron en algún momento. Hizo un gesto extraño. Yo no supe qué hacer. Empezaba desesperarme. Giré en mi banqueta. Por puro instinto estiré el brazo y agarré un cenicero, lo dejé deslizarse sobre la madera de la barra. Cuando levanté el rostro me vi en el espejo: los brazos apoyados contra la barra, los dedos cruzados, la cabeza hundida en los hombros; a mi derecha encontré aquel tipo gordo, sentado de frente a la pista, de espaldas al espejo.
Entonces se movió.
El gordo levantó la botella, se dio un trago corto, bajó el brazo. Levantó el otro brazo y se acarició la cabeza casi desierta. Todo con una calma pasmosa. Luego volvió a estar quieto.
En realidad no era tan gordo, ni tan bajo, ni tan calvo, ni tan nada. A falta de algún rasgo característico lo vi sólo como un tipo gordo. Sin darme cuenta había ido a caer entre un gordo y un flaco —me dio gracia y traté de recordar los nombres de aquellos personajes cómicos que vi en alguna película vieja, pero solo veía sus rostros risueños—. Le puse más atención. Se movía, poco, pero se movía. Apenas un gesto gelatinoso al mirar de reojo a las mujeres que le pasaban cerca, una mínima inclinación de cabeza, un movimiento oscilatorio, mecánico. Encendí un cigarro. Respiré profundo y puse a funcionar el cerebro. Me fijé en la botella que sostenía en sus manos. En cinco segundos tracé lo que creí un inteligente esquema mental: gordo-tímido-con-cara-de-zonzo-tomando-cerveza-fuerte. Pudo ser nada, pero no sé, me pareció que eso de la cerveza fuerte no iba con él; tampoco conmigo —sonreí al pensarlo—. Pedí una de la misma marca, sin embargo.
Pagué y recogí el vuelto. Cuando el barman se retiró encontré de nuevo mi rostro en el espejo. Me vi más confiado. Levanté la botella y propuse un brindis a mi salud. La noche era joven aun. Tal vez me había desesperado por nada.
Pensé en el gordo. En caso de empezar una conversación le diría: “Esta cerveza es la mejor ¿verdad?”: botella en alto, gesto exagerado con los brazos, una mueca luego del primer trago.
“Sí, seguro”, debía contestar él, siempre según mi lógica, y al hacerlo puede que dejara ver una sonrisa nerviosa —por lo general los gordos tímidos tienen esa sonrisa nerviosa. Aquel no fue la excepción.
“Hace un calor tremendo aquí adentro. He pasado algunas veces, pero nunca antes entré. ¿Vienes a menudo?”, sería mi siguiente pregunta, mirando directo a sus ojos para darle confianza.
“No…”, me respondería luego de pensarlo un poco. “En general no salgo mucho” —también por lo general los gordos tímidos no salen mucho.
“¿El trabajo…?”
“No, sólo no salgo mucho”. Dijo él en mi mente. Pero entonces lo vi darse vuelta y dejar la botella vacía sobre la barra.
Allí terminó nuestra charla. El barman se acercó rápido y le ofreció otra cerveza. El gordo asintió, se pasó una mano por la frente. Cuando el barman estuvo de vuelta le dio las gracias. Aposté con la imagen del espejo a que subiría el brazo y luego se quedaría tieso de
nuevo. Gané otro trago.
Hice un gran esfuerzo por organizar mis ideas. Pensar es un ejercicio estresante, siempre me confundo y termino complicando las cosas. En eso no he cambiado mucho.
El espejo devolvía la difusa imagen de mí mismo: yo recostado a la barra con un achicar de ojos para pedir otra cerveza. Un trago. Una mueca. También era parte del cuadro el hombre a mi derecha, de espaldas, ese gordo con cara de zonzo que había dejado otra vez la botella sobre la barra y ahora no dejaba de pasarse las manos por la frente, ya más activo, movimiento alterno de izquierda y derecha con pocos minutos de intervalo. Al otro lado del gordo encontré a una mujer, sentada de lado con las piernas cruzadas bien arriba. Era ella.
No sé en qué momento llegó ni cuánto me perdí. Tal vez hice algún gesto involuntario, uno de tantos, o ella tomó la decisión por su cuenta. El caso es que allí estaba.
Me incliné un poco hacia ellos. El gordo estaba pálido. Aunque también pudo ser el efecto de las luces. De cualquier manera sí estaba nervioso, eso era evidente, nervioso y asustado ─se me ocurrió la absurda idea que un gordo asustado podía ser algo peligroso─. Ella se encimó para hablarle, tanto que hasta yo pude sentir su aliento mentolado. Nuestras miradas se encontraron en el espejo. Sentí que me miraba como si sus palabras fueran para mí. Luego de pedir una cerveza le preguntó al gordo si sería tan amable de pagársela: Porque un gordito tan sexy debía tener dinero para complacer a una mujer como ella”, dijo. Él abrió dos veces la boca sin pronunciar palabra.
—¿Entonces…? —insistió ella.
Él dijo sí en un hilo de voz y se pasó una mano por la frente, la izquierda, creo. Luego abrió la billetera. Alcancé a ver el contenido, no estaba nada mal. Ella le dio las gracias acariciándole un muslo, cerca de la entrepierna. Al hacerlo volvió a mirarme. Los temblores regresaron. Apuré lo que quedaba en mi botella y pedí otra.
—¿Esperas a alguien? –preguntó ella.
Él negó con la cabeza.
—¿En serio? Entonces imagino que buscas compañía -y le puso esa cara irresistible de cuándo me pedía algo.
Recordé la noche anterior, cuando dijo que no importaba que fuera algo nuevo, improvisaríamos sobre la marcha; sólo tenemos que llegar, fichas a alguien con dinero y yo me encargo de lo demás, dijo. Pero ahora todo me parecía demasiado natural, como ensayado miles de veces antes de este momento. Quizás todas las veces que caí ante esa misma mirada.
No podía dejar de pensar y su voz me llegaba con intermitencia:
—¿Y nunca… con una extraña? —alcancé a escuchar.
Y la extraña se dio un trago, le posó al gordo una mano en el rostro, dejó ver su lengua, se mordió los labios, me miró.
Pero él continuaba callado. Ahora, además, comenzaba a frotarse suavemente los muslos. Parecía a punto de convulsionar.
Ella siguió su juego:
—Pues sigue mirándome de esa manera y lograrás seducirme.
Y en realidad, lo que se dice mirarla, no la miraba. De hecho, el menor contacto visual con sus ojos le hacía regresar la cabeza como si recibiera un golpe. A falta de mayor claridad comparé su movimiento con el del carro de la vieja Remington.
O en realidad hizo que pensara en aquella tarde en que llegué a la casa y ella me dijo: sVendí el tareco ese… ¡Mira! esto fue todo lo me dieron. No sé por qué lo guardabas tanto, si ya no estudias; además, nunca escribiste ni una puñetera carta en tu vida, no a mí al menos. Y luego tiró los doscientos pesos sobre la mesa, así, como si me hubiera hecho un gran favor. Discutimos un poco, pero entendí que ya no tenía caso y terminé por darle la razón. Por la noche encontré un par de vestidos nuevos en el closet, según ella regalos de su hermana. Preferí no averiguar.
Aunque vi al gordo sonreír por primera vez mi mente estaba en cualquier lugar menos allí y también me perdí el motivo. Entonces ella sacó una pastilla mentolada, la metió en su boca. Sacó otra y la puso en la boca del gordo. Siempre despacio. Parecía una madre alimentando a su hijo. Pocas veces pude imaginarla así, tan tierna. Menos aun si la asociaba con un niño. De hecho, sólo conocía dos cosas en este mundo capaces de despertarle repulsión: una, las cucarachas, la otra, los niños; sobre todo los recién nacidos: Son solo una carga, llenos de vómito y mierda blandita. Lo decía con una gran mueca de asco cuando yo sacaba el tema, como si fuera apenas otro de tantos entre sus chistes de humor negro. Por supuesto, en el fondo ambos teníamos bien claro que aquello iba en serio. En momentos como esos me preguntaba qué diablos hacía con alguien así. Aunque la respuesta solía llegar un poco más tarde, desnudos y sudados sobre la cama, con mi cara pegada a sus nalgas.
—Eres una mujer muy linda —se atrevió a decir el gordo.
Me resultó patético.
Ella soltó una carcajada que pudo ser realmente sincera.
—Eres muy gracioso —dijo luego, sin parar de reírse—. Me gustas.
Tuve la impresión de que en realidad no la conocía.
Pedí otra cerveza.
Le dijo al gordo que la esperara un momento. Cuando me pasó por delante aún tenía esa sonrisa pegada al rostro.
La vi meterse entre la gente. Un rato antes quizá hubiera estado orgulloso de que una mujer así fuera mía. Pero ahora, no sé, ya había escuchado suficiente mierda, y supongo que también estaba un poco borracho.
Solo pensé: Puta.
Miré al gordo y estuve a punto de compadecerlo. El pobre no sabía si tragar la pastilla mentolada, sobarse los muslos, subir los brazos o mover la cabeza. Volvió a parecerme un blanco perfecto, nada que ver con el peligro que intuyera un rato antes.
Se supone que yo no debía hablarle, pero no pude contenerme:
—Está buena, verdad.
Él me miró con susto, como si yo fuera un fantasma que hubiera aparecido de la nada.
—Sí, aquella del vestido rojo, la que hablaba contigo ahora mismo.
Trató de disimular inclinándose un poco en la banqueta. Estiró los labios antes de mover la cabeza de un lado a otro. Después se pasó una mano por la frente.
—¿Tú la conoces? —se atrevió a preguntar.
—No…
Le contesté, poniendo entonces lo que debió ser una cara de extraño amigable con cerveza en la mano. Me hubiese gustado verme en el espejo, pero ahora yo también estaba de espaldas.
—Esperaba que pudieras presentármela, si no estás interesado en ella, claro.
Él sonrió, ahora un poco más relajado.
Empiné la botella hasta vaciarla. Pedí otra. Luego lo miré en espera de una respuesta que pareció no llegar nunca. El alcohol seguía trabajando, me lo sentía en todo el cuerpo, en la pesadez del cerebro.
—En serio, no la conozco —dijo, mientras se acercaba un poco para hablarme—. Hoy debo estar de mucha suerte, parece que le gusto.
Y sonrió de nuevo con esa sonrisa de gordo tímido.
Esta vez fui yo quien lo miró perplejo, preguntándome si acaso podía existir todavía alguien tan ingenuo, tan comemierda. No sé si fue eso mismo lo que empezó a revolverme por dentro.
—Sí —le dije—, parece que le gustas.
—No sé, no tengo mucha suerte con las mujeres.
Por qué será, pensé, mientras me daba un trago de la botella que el barman acababa de ponerme delante.
—Pero bueno, ella dijo que le gustas ¿no? Y ya sabes lo que dicen de la suerte.
Entonces lo vi agarrase los huevos, o eso me pareció. Tal vez fue un gesto involuntario al sobarse el muslo. A lo mejor solo se acomodaba el pantalón. Pero fue suficiente para imaginarlo desnudo sobre ella, embarrándola de su sudor pegajoso, repugnante, con aquella cara gorda pegada a sus nalgas. Y Lo peor es que a ella le gustaba, le estaba gustando y le pedía más al gordo. Dame más, dame más, mi gordo, le decía.
—¿Y te gustaría estar con ella, eso te gustaría?
Hablé sin pensar, como si escupiera un mal trago.
—Sí claro, yo…
Balbuceó por fin, y comenzó un movimiento de cabeza que pudo significar cualquier cosa, pero no le di tiempo a terminarlo.
—¿Eso, nada más, gordo? —le dije pegándome a su cara—. ¿O lo que quieres decir es que te gustaría templártela?
Mi reacción lo tomó desprevenido. Quedó tan tieso como yo cuando el flaco desapareció de mi vista. Pensé que no respiraba. La cerveza se le escurrió un poco de las manos y estuvo a punto de caer. Se movió incómodo en la banqueta.
Seguí adelante sin poder contenerme:
—Vamos macho, no hay que disimular, seguro te encantaría pasar toda la noche estrujando ese tremendo par de tetas, ponerla de espaldas, darle hasta que hayas quemado la tonelada de grasa que llevas arriba.
Por un momento me dejé llevar y disfruté aquello de estar casi borracho. Luego vino la seguridad de haberlo echado todo a perder, pero en fin, ya no había remedio.
Pensé que se levantaría para agarrarme por el cuello, o algo así. En cambio se mantuvo quieto, la vista en algún punto entre luces y la gente. Seguí su mirada y descubrí que ella estaba cerca.
Tuvieron que pasar algunos minutos antes de que lograra recuperar la calma. Saqué la caja de cigarros. Le ofrecí uno.
—No…, gracias —dijo, sin mirarme.
Recosté la espalda a la barra, encendí el cigarro. El calor era intenso, las gotas de sudor comenzaban a empaparme la espalda. También estaba aquella música infernal, un ruido repetitivo y estremecedor de agudos y bajos machacándome el cráneo.
Me di vuelta. Aparté la botella vacía. Apoyé ambos codos sobre la barra, luego la cara entre ambas manos. Sentí algo de mareo. Las ideas se escapaban para rebotar contra el espejo. Cuando por fin creí tener alguna me sorprendí agarrándole la solapa al barman. Preguntó si quería otra cerveza. Retiré el brazo y le ofrecí disculpas. Le dije que sí. Pensé de nuevo en ella. Creo que no me vio hablar con el gordo. Bailaba casi frente a nosotros, pero dándonos la espalda, prometiéndose para él como una perfecta y deseable desconocida. Sentí un buche amargo que se me atoró en la garganta, a duras penas alcancé a reprimirlo.
Entonces el gordo se inclinó y me dijo que sí, que le gustaría acostarse aunque fuera una vez con una mujer como esa. Detuvo la mano izquierda a mitad de camino rumbo a su cabeza, la bajó y se acarició los muslos, los huevos.
Esta vez quedé en silencio. Puse la botella fría sobre mi frente.
Él decía algo, con un tono más bajo, lento, casi misterioso. Hablaba y se frotaba los muslos con las dos manos, ambas cosas a un ritmo. Quien lo viera desde otro lugar pudo pensar que era un borracho hablando solo. Me pareció que debía estar borracho. Le veía gesticular, pero no escuchaba nada más que la música y los gritos. Hasta ahora solo alcanzo a imaginar lo que debió haber dicho. Cuando terminó creo que le faltaba el aire.
Tomé un trago y la cerveza me supo amarga, demasiado, la dejé sobre la barra.
Sin previo aviso, ella se acercó al gordo y le dijo algo al oído. Él se levantó y se abrieron pasó hasta la salida.
Los seguí. A pocos pasos del club me detuve. Los vi alejarse, girar a la derecha en primera esquina. Encendí un cigarro y lo fume despacio. Miré el reloj. Seguí el recorrido del segundero por la esfera durante los dos minutos acordados. Luego dejé escapar par de minutos más. Se me acercó una pareja que iba de salida. Preguntaron la hora. Lo pensé un poco, les dije que el reloj estaba roto, no sé por qué. Se miraron extrañados y siguieron de largo. Esperé otro minuto. El aire estaba fresco, agradable. Caminé despacio hasta la esquina, me detuve. Después de mirar hacia atrás entré al callejón.
Estaba muy oscuro, tal como lo ella lo describió dos días atrás, cuando explicaba por qué le parecía el mejor lugar. Avancé pegado a la pared, representándome en la mente el estrecho camino entre las cajas y los trastos que vimos esa misma mañana. Tuve la loca idea de que quizá ya no estuvieran allí, o que tal vez no estuvieran solos. Seguí. No tropecé con nada. Sólo a unos metros del final pude escuchar algo. Era como una lucha de mudos: roces, gemidos. Imaginé al gordo con los pantalones por los tobillos rogándole que empezara de una cabrona vez y a ella dejando correr sus manos por aquel cuerpo pegajoso para hacer tiempo, acariciándole la panza y las nalgas empapadas de sudor.
Estuve a punto de chocar con ellos. Los vi apenas a un par de metros. El cabrón gordo la tenía de espaldas, doblada contra uno de los tanques de basura, y le daba duro por detrás, le daba, le daba, le apretaba el cuello, bufaba y le embestía con furia, con toda la furia que puede tener un animal en abstinencia. Se veía más grande, enorme. Miré alrededor. Por puro instinto comencé a buscar algo para atacarlo, cualquier cosa. Pegada al muro encontré una botella. Me agache sin dejar de mirarlos. Ella sólo gemía, estiraba los brazos hacia atrás intentando defenderse sin alcanzarlo. Él estaba tan fuera de sí que nada lo hubiera distraído. Pero ella me vio, lo sé. Por un momento noté ese brillo en sus ojos y la escuché gemir con más fuerza. Intentó decir mi nombre, o eso me pareció cuando vi aquella mueca en su boca. Me levanté con las manos vacías. Retrocedí algunos pasos, di la vuelta y escapé tan rápido como pude.
Justo al llegar a la esquina una ola caliente subió incontenible desde mi estómago. El vómito me salió por la nariz y la boca. Quedé doblado. No podía mover las piernas. Solo entonces recordé el cuchillo. Lo envolví en el pañuelo después de limpiarme la cara y lo tiré entre unas cajas. Me recosté contra la pared. Miré de nuevo hacia atrás. Desde el fondo del callejón salía apenas una densa oscuridad, ningún sonido.
No sé que me hizo regresar al club. Fui directo hasta el baño. Me dejé caer en un sanitario, cerré la puerta y encendí un cigarro. No atinaba a pensar. Solo quedé allí, fumando, tampoco sé por cuánto tiempo.
Cuando estuve más calmado volví al salón. Fui a ocupar el mismo sitio en la barra. Ya el lugar no estaba tan lleno. En el espejo se reflejaban algunas luces, mi rostro aún descompuesto. Miré hacia la entrada. No apareció nadie. No puedo explicarlo, pero me sentí más tranquilo; tranquilo y atontado como un sobreviviente al final de un bombardeo.
Le hice una seña al barman. Creo que me reconoció. Le pedí una cerveza.
—¿Fuerte? —preguntó, mientras pasaba el paño sobre la barra.
—No —le contesté—. Nunca me ha gustado la cerveza fuerte.
Él me miró de nuevo, dudó un poco y fue a buscar mi bebida.