Alberto Garrandés: atrapado entre las imágenes, las palabras y la lectura
Dialogar con el narrador y ensayista Alberto Garrandés (La Habana, 1960), columnista del Portal CubaLiteraria, deviene un inmenso privilegio para cualquier profesional de la prensa, ya que su vasta producción intelectual rebasa —con creces— las fronteras geográfico-culturales de la plataforma insular y llega hasta los confines de Nuestra América.
El también columnista de la publicación cultural La Jiribilla, es graduado en Filología por la Universidad de La Habana (1983), miembro activo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), autor de varios textos literarios y ensayísticos y compilador de múltiples antologías, títulos publicados por editoriales nacionales y foráneas.
Garrandés ha recibido varios premios y reconocimientos por sus aportes medulares al desarrollo de la narrativa cubana contemporánea, mientras que el pasado año, fue invitado al espacio El libro de hoy, que conduce el crítico y periodista Fernando Rodríguez Sosa, y tiene por sede la librería Fayad Jamis, en el Centro Histórico de La Habana.
¿Cuáles fueron los factores motivacionales que inclinaron su vocación hacia las letras, y en particular, hacia la narración y el ensayo, pilares fundamentales de su infatigable quehacer intelectual?
Supongo que hay paisajes interiores que necesitaban expansión y salida […]. Fui un niño que padecía de eso que los psiquiatras y psicólogos infanto-juveniles llaman «terror nocturno», y crecí entre la fascinación por ciertas imágenes y el interés en las palabras y la lectura. De ahí, brota algo más abstracto y perentorio: la seducción del lenguaje como materia de lo real. De modo que ahí tiene usted tres zonas en ignición: el territorio de los sueños, las imágenes como visualidad literaturizable y el lenguaje y las palabras. Por supuesto, lo del ensayo viene mucho más tarde. En el principio de todo fue el Verbo. Yo necesito comunicar mi entusiasmo por lo que leo. No todo lo que leo, claro, pero sí algunos textos. En esa necesidad se funda mi ensayística, que se acerca cada vez más a la ficción.
Como crítico tuve el honroso privilegio de leer y reseñar, para la sección Incitaciones, del Portal CubaLiteraria, el libro de relatos homoeróticos Instrucciones para cruzar el espejo, compilado y prologado por usted. Por lo tanto, quisiera que le explicara a los lectores ¿cuáles fueron los indicadores metodológicos que tuvo en cuenta para seleccionar los cuentos que integrarían dicho volumen?
De los muchos métodos y tácticas que existen al alcance de la mano para hacer en en Cuba, una antología de cuentos homoeróticos, creo que la única que usé fue la de la selección histórica […], y solo hasta cierto punto. Reuní allí aquellos textos que han suscitado mi atención, pero esa atención se moviliza por varias razones: la singularidad de un personaje, de un modo de hablar, de un modo de describir el sexo y de las situaciones en sí mismas, que son las que marcan o desmarcan un texto. El cuerpo homoerótico, la erótica homosexual, el rizoma de las articulaciones del cuerpo homoerótico, ¿merecen todas esas atenciones o están sobrevalorados? No lo sé.
Al final, el dilema no es otro que el del sexo en sí mismo, sin demarcaciones académicas. Una antología como esa existe porque la academia —cierta academia— funda los queer studies, y en ese punto, se desata todo. Es cierto que el asunto se complica con el de la libertad y las minorías y las regencias heterosexuales y la politización del sexo, pero al cabo, la gran pregunta es la que habla de nuestra identidad como camino (no como finalidad o consumación), el sentido de nuestra vida y la presencia o no del amor en ella, y en relación con esas grandes interrogantes no hace falta insistir en la orientación sexual ni en la forma física del cuerpo que me atrae o me gusta, sea circunstancial o no esa atracción y ese gusto.
La segunda parte de ese libro se titula El espejo roto y es como una reactualización, acaso más vitalista.
De las muchas anécdotas, vivencias y experiencias acumuladas durante el tiempo que ha dedicado a cultivar —con éxito de público y de crítica— los géneros literarios en los cuales se mueve como «pez en el agua», ¿podría relatarnos alguna que haya dejado una impronta en su memoria poética?
Tuve el privilegio de gozar de la amistad y la confianza del escritor Ezequiel Vieta, un hombre contradictorio, en quien convivieron varias personalidades creativas y hasta varias personas. Cuando él terminaba de escribir Pailock, una novela rarísima, extensa, de lectura difícil, donde hay una summa de los vanguardismos literarios, y en la que se produjo un fenómeno de corrimiento histórico —la mitad del libro estaba ya escrita a fines de los años cincuenta, pero vino a publicarse a fines de los ochenta—, me pidió, muy divertido, pero en serio, que lo ayudara a escribir el final, que es una suerte de epílogo.
Me confesó que él ya carecía de objetividad para escribir esa zona de la novela, y entonces yo, que era muy atrevido (bueno […], sigo siéndolo en alguna medida, creo yo), la escribí. Esa fue una experiencia tremenda. Yo tendría 24 o 25 años de edad.
Si no constituye una pregunta comprometedora, ¿podría esbozarnos cuáles son sus planes actuales y futuros en los campos de la narración y la ensayística? O con otras palabras, ¿que está haciendo y qué piensa hacer a corto, mediano y largo plazos en el radio de acción de esas disciplinas humanístico-literarias?
Escribiré en 2013 dos libros que me han pedido y una novela que me debo a mí mismo. Los libros, dos ensayos, tienen que ver con el mundo gótico en la cultura —es un libro de divulgación, para jóvenes— y con la auto-percepción del cuerpo en el cine. En este caso, escribiría una especie de complemento de mi libro Sexo de cine, que se presentó durante el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano 2012.
La novela es una ficción sobre Heathcliff, el héroe de Emily Brontë. Es mucho trabajo, como puede ver usted. Creo que viviré como viví el pasado año: semi-recluido. Pero no debo quejarme. En definitiva, me gusta estar en mi casa, bien cerca de mi esposa y mi hijo.
¿Quisiera hacerle alguna recomendación a los jóvenes que dan los primeros pasos en ese angosto pero apasionante camino, que usted viene transitando desde hace algún tiempo?
Suelo estar cerca de los jóvenes, y de hecho, algunos jóvenes se me acercan. No soy un gurú ni un sacerdote, pero tengo algún conocimiento. Hablo con los jóvenes. Y les aconsejo todo el rigor posible al leer, al escribir y al vivir.
También les recomiendo buscar los episodios de intercambio osmótico entre la experiencia que van teniendo de la cultura y el conocimiento que ellos extraen de sus vivencias personales, en relación con el sentimiento y la percepción de sí mismos. Si la cultura no pasa por la vida, y la vida por la cultura, intensamente, no hay nada que hacer.