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La cueva del templo, la arqueología en Fernando Ortiz

Fernando Padilla González, 28 de marzo de 2013

Cristóbal Colón, Alejandro de Humboldt y Fernando Ortiz son considerados “descubridores de Cuba”, el primero por haber logrado arribar al Nuevo Mundo tras aventurarse en el océano Atlántico, a bordo de tres rudimentarias armazones de madera propulsadas por el viento y la pericia del propio almirante; el barón Humboldt, por realizar una completa estampa geográfica y natural de la Mayor de las Antillas durante sus dos visitas a inicios del siglo XIX; mientras el sabio Ortiz desbordaría, una centuria después, los estudios cubanos de Etnología, Antropología, Lingüística, Musicología, Historia, Arqueología y Geografía, desde una —peculiar y entonces velada— visión folklorista de la cultura cubana.

Aunque sus mayores y bien merecidos méritos reposan sobre la vastedad bibliográfica que legó, referente a la presencia de la cultura africana en la idiosincrasia caribeña insular y sus notables aportes teóricos, al integrar discursos formativos de la nacionalidad cubana desde conceptos como la transculturación, la universalidad cognoscitiva de Fernando Ortiz lo llevó a tornar la mirada a otros matices antropológicos que incidieron, en mayor o menor medida, en la conformación del paisaje social de Cuba.

La Cueva del Templo. Isla de Pinos. Los descubrimientos arqueológicos es precisamente una de sus obras peculiares y que confirma el incesante ejercicio en el campo de las investigaciones de las ciencias sociales, al que consagró su existencia el sabio cubano.

Publicada por la Fundación Fernando Ortiz, en colaboración con la Sociedad Económica de Amigos del País y los institutos Cubano de Antropología y de Literatura y Lingüística, en La Cueva del Templo convergen dos temáticas poco exploradas por los estudiosos de la obra orticiana: el legado aborigen en Cuba y la arqueología como ciencia al servicio de la cultura.

El volumen, de reciente edición, fue compilado y prologado por Pedro Pablo Godo Torres y Ulises Miguel González Herrera, a la luz del informe —hasta ahora inédito— que realizara Fernando Ortiz tras su primera visita a los sistemas cavernarios de la actual Isla de la Juventud. Redactado con cierta premura y naturalidad, el valioso testimonio permite, ratifica y valora en su justa dimensión, el alto grado de capacidad intelectual, tesón y rigor que siempre ha caracterizado la opera omnia del eminente científico cubano.

Uno de los objetivos principales del volumen redactado por Ortiz en 1922, fue el de notificar a la Academia de la Historia de Cuba el descubrimiento de la Cueva de Punta del Este y justipreciar los valores patrimoniales, artísticos, históricos y antropológicos de las 213 pinturas rupestres aborígenes hasta entonces clasificadas.

Conocida, además, con los nombres de Cueva del Templo, Cueva de los Indios, Cueva del Humo, Cueva de Isla o por ser la espelunca donde moró de manera “misteriosa y solitaria” el leñador Antonio Isla por casi dos décadas, la Cueva número 1 de Punta del Este fue declarada Monumento Nacional el 18 de enero de 1981, en acto celebrado en la propia caverna, presidido por el destacado científico, intelectual y entonces viceministro de Cultura, Antonio Núñez Jiménez.

En el prólogo titulado “Ortiz en el eterno contrapunteo de Punta del Este”, haciendo alusión al sitio, los compiladores afirman: “A los problemas de la filiación etnocultural de su hacedores y al significado de los dibujos, tema recurrente y objeto de diversas interpretaciones, se suma el no menos preocupante asunto de la afectación patrimonial a causa de factores antrópicos y naturales”.

Más adelante, con respecto a la obra expresan:

 

Entre tantas venturas y desventuras, la publicación hasta hoy inédita sobre el sitio arqueológico Cueva Punta del Este tiene desde cualquier percepción la impronta de la vigencia y de la originalidad. En mayo de 1922, fecha en la que la ciencia arqueológica apenas daba sus primeros pasos, Ortiz notificó a la Academia de la Historia de Cuba el descubrimiento de la cueva localizada en el sur de la entonces Isla de Pinos y prometió un detallado informe sobre los resultados de su exploración, en esencia la primera expedición arqueológica a la que dominará "La capilla sixtina de los aborígenes de Cuba".

Sin embargo, ese informe no llegó a publicarse en vida de don Fernando; aun cuando más dedicado al estudio de los componentes hispánicos y africanos del etnos cubano y a estos problemas en su quehacer enciclopédico y multidisciplinario, no abandonaría la temática aborigen en sus obras: Las cuatro culturas indias de Cuba (1943), El huracán (1947), o en otros textos con capítulos específicos de obligada referencia, como es el caso de su capital Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1983). Una última noticia en relación con los hallazgos realizados en 1922 aparece en la ya citada Las cuatros culturas indias de Cuba, donde dedica un capítulo a los dibujos rupestres y da conocer una segunda visita a la cueva, realizada en 1929, pero esta vez sin mencionar el informe.



Las observaciones de Ortiz, sin lugar a dudas y como expresa el reconocido antropólogo Herrera Fritot, propició la posterior sistematización de los estudios multidisciplinarios en la Cueva del Punta del Este, por miembros del Museo Antropológico Montané de la Universidad de La Habana, el Grupo Guamá, la Sociedad Espeleológica de Cuba y el Departamento de Antropología de la Academia de Ciencias.

Una historia anexa no menos interesante, resulta el hallazgo en el Instituto de Literatura y Lingüística de la obra inédita de Ortiz por José Alonso Lorea, entonces un recién egresado universitario, que consagró todo su empeño al rescate del manuscrito olvidado y a su valoración como documento imprescindible para los estudios del arte rupestre cubano y a la legitimación del sabio, cual “único testigo ocular que nos describió, dibujó y valoró diseños aborígenes que nadie más viera”.

La Cueva del Templo puede clasificarse como una obra sin precedentes en la historiografía y bibliografía antropológica y arqueológica cubana, estructurada coherentemente en las temáticas: descripción de las cuevas, alteración del sitio por causas de origen antrópico, artefactos colectados y estudio de las pinturas rupestres, todas contenidas en dos capítulos: “Isla de Pinos. Los descubrimientos arqueológicos” y “Las culturas indias de la Isla de Pinos”. Consta, además, de la carta rubricada por Fernando Ortiz que elevara el 24 de mayo de 1922, al presidente de la Academia de la Historia de Cuba, y de un amplio catálogo de imágenes de la espelunca, el arte parietal y los objetos aborígenes colectados en las dos expediciones.
     
La publicación de la obra La Cueva del Templo constituye un digno homenaje al hombre que consagró su existencia al estudio para una mejor comprensión de nuestro pasado y formación como nación e individuos. Es también una incitación para que luego de su lectura, nos adentremos en tan atractivo mundo, que tuvo continuidad en las obras de Herrera Fritot, Núñez Jiménez, J. M. Guarch, entre muchos otros investigadores, arqueólogos, espeleólogos, etnólogos y antropólogos.