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José Elías Entralgo, maestro de generaciones

Fernando Padilla González, 29 de marzo de 2013

Max Henríquez Ureña, a quien volvemos una y otra vez, apunta en su enjundioso Panorama Histórico de la Literatura Cubana: “A espigar en el campo de la cultura se ha dedicado José Elías Entralgo Vallina, como lo evidencian, además de su libro Perfiles (1923), sus ensayos y conferencias sobre «Luisa Pérez de Zambrana» (1921), «Domingo del Monte y su época» (1922), «Humanismo y humanitarismo en Domingo del Monte», «El ideario de Varona en la filosofía social» (1934), «Enrique José Varona, su vida, su obra y su influencia» (este amplio estudio, en colaboración con Roberto Agramonte, 1936), «José Silverio Jorrín o la timidez política» (1937), «Un humoroide en la presidencia del Ateneo: Rafael Fernández de Castro» (1932). A él se debe también un «Esquema de sociografía indocubana» (1935), a más de algunos estudios históricos”.

Indiscutiblemente es Elías Entralgo uno de los intelectuales cubanos que iluminaron con su obra el intenso movimiento cultural que matizó el siglo XX en la Mayor de las Antillas. Entregado sin sosiego a la investigación y a la reflexión ideoestética enmarcada en la sociedad de su tiempo, este literato sin tacha alguna fue, además, eminente orador y figura social que alcanzó a escalar, dados sus incuestionables méritos, los escaños más preciados de las instituciones artísticas de mayor relevancia en la Cuba republicana. Compartió época con hombres de la talla de Jorge Mañach, Juan Marinello, Chacón y Calvo, José Antonio Fernández de Castro, Bustamante y Montoro, Raimundo Lazo, Raúl Roa, quienes por apenas unas pocas décadas antecedieron el hito literario que constituyen los nombres y las obras de José Lezama Lima, el padre Ángel Gaztelu, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Eliseo Diego, entre otros.

Nacido en La Habana, el 28 de marzo de 1903 —hace exactamente 110 años— José Elías Entralgo Vallina  pasó su infancia y cursó sus primeros estudios en la villa del célebre criollo Pepe Antonio. En el colegio guanabacoense de Los Escolapios se acercó por vez primera a los entresijos de la filosofía, a las doctrinas de la fe, al teosofismo y a la teología. A la sombra de las impresionantes arcadas del claustro monacal comenzó a forjarse su temple y su ilimitada cubanidad, mientras su avidez cognoscitiva era saciada por la lectura metódica.

El interés que despertaron en el joven Entralgo, quien aún no cumplía los veinte años de edad, figuras descollantes de la literatura cubana como Luisa Pérez de Zambrana o Domingo Delmonte, le llevó a incursionar en el ejercicio de la escritura desde un intimismo e interpretación bien particular. Sería el interés y la forja de un criterio personal del pasado artístico y literario de la Isla, la cimiente del prestigio que lo avala —desde las décadas del 50 y 60 de la pasada centuria— como una de las voces y plumas más excelsas de la cultura cubana, condición que rivalizó de feliz manera con su dedicación, disciplina y amor por el magisterio.
A los primeros estudios en el convento de Guanabacoa continuaron otros, matizados por la madurez intelectual y el afianzamiento de sus ideales y propósitos. En el Instituto de La Habana alcanzó el título de Bachiller, a los que acompañarían con el paso del tiempo los de Doctor en Derecho Civil, en Derecho Público y en Filosofía y Letras, estos últimos obtenidos en sucesivas graduaciones académicas en la Universidad de La Habana.

A la Casa de Altos Estudios le unieron fuertes lazos desde que, en 1929, le fue conferido el honor de formar parte del claustro docente para impartir la materia de Sociología. Sin embargo, valiéndose de la diplomacia que le caracteriza, en un principio, rehusó la propuesta en abierta desaprobación de la política del presidente Gerardo Machado.

La diversidad del interés lectivo al que el profesor Entralgo consagró su profusa obra descubre a un hombre que trasciende etapas y posee la inquietud cognoscitiva de los humanistas de siglos precedentes, y con la conciencia de esta, se vuelca no solo hacia el laudable campo investigativo de la historia y la sociología, sino que incursiona en la lexicología, la filosofía y en estudios de corte biográfico y crítico sobre intelectuales cubanos. En este acápite tenemos las obras: Síntesis histórica de la cubanidad en los siglos XVI y XVII, Los diputados en las cortes de España durante los tres primeros períodos institucionales, La genuina labor periodística de Enrique José Varona, Lecciones de Historia de Cuba, o la selección en dos volúmenes de la antología martiana titulada Ideas políticas y sociales, las dos últimas publicadas a inicios del período revolucionario, justo cuando su labor pedagógica fue más intensa.

Sus obras no solo vieron la luz en suelo patrio donde destacan las contribuciones literarias en la redacción de la Revista Bimestre Cubana y en sus homólogas Universidad de La Habana y Vida Universitaria, sino que llegaron a lectores de otras naciones a través de colaboraciones en la prensa española y costarricense (Cuba Contemporánea y Repertorio Americano).

No debe olvidarse que José Elías Entralgo fue presidente de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, además de miembro activo de la Sección de Ciencias Históricas del Ateneo de La Habana y de los institutos de Altos Estudios de Cuba e Internacional de Estudios Ibero-Americanos, este último con sede en la ciudad parisina. Entre los méritos figuran su desempeño como Decano de la Facultad de Humanidades y sus gestiones al frente de la Comisión de Extensión Universitaria, que reconocen al Doctor Elías Entralgo como un profesor respetado y querido por los alumnos, sin mencionar la merecida responsabilidad que le fue otorgada, “velador de la salud educativa de la nación”.

A la edad de sesenta y tres años, le sorprendió la muerte el 4 de septiembre de 1966. Maestro y escritor consagrado, su quehacer puede resumirse en la condición de ilustre magister, pues tal fue su dedicación a la profesión dentro y fuera del claustro docente.