Ismercy Salomón: el teatro es donde verdaderamente me realizo como actriz
En una de las funciones dominicales de la obra Calígula1, tuve la satisfacción de conocer a la joven actriz Ismercy Salomón (La Habana, 1981), quien desempeñara en ese contexto dramatúrgico el controversial papel de Sesonia, amante del sanguinario emperador romano.
En cuanto intercambié dos palabras con ella, mi yo periodístico me incitó pedirle una entrevista, que me concedió de inmediato.
¿Cuál fue la chispa que encendió la llama de la vocación hacia las artes escénicas en general, y hacia la actuación en particular?
Para contestar esa pregunta debo retrotraerme, en el tiempo y en el espacio, a mi época de estudiante en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, donde integré el grupo de teatro de aficionados. Y en ese ambiente artístico por excelencia, se encendió la llama que —como usted bien dice— desencadenó el fuego que me llevó, del campo de las ciencias exactas, a la capitalina Universidad de las Artes (ISA), donde tuve el privilegio de contar con mentores de la talla de Orestes Pérez y Carlos Celdrán, y luego de completar mi formación académica, obtuve el título de licenciada en la Facultad de Artes Escénicas. O sea, la huella que me dejara en el intelecto y en el espíritu esa enriquecedora experiencia todavía sigue marcando mi trayectoria como actriz.
¿En qué agrupación teatral inició su carrera como profesional de las tablas?
Mis primeros pasos, ya como profesional, los di en Argos Teatro, que dirige el maestro Celdrán, quien me exigía, por mi voz grave y mi fisonomía (aparentaba más edad de la que en realidad tengo), interpretar personajes demasiado complejos, como Luz Marina en Aire Frío y Elena, en Tío Vania, por solo citar dos ejemplos, porque —en una ocasión— me negué a participar en el elenco de Stockman, un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen (1828-1906), ya que, solo con veintidós años, debía desempeñar el papel de un personaje con características muy fuertes, y por consiguiente, me asaltó el temor (no miedo) y decliné hacerlo.
En ese lapso, el maestro Carlos Díaz, director de Teatro El Público, me pidió que llevara a escena La puta respetuosa, de Jean Paul Sartre (1905-1980). En realidad, adoptar esa decisión resultó muy difícil para mí, pero me teñí el pelo de rojo, me despojé de todo prejuicio y desempeñé el papel. Fue una prueba de fuego que me impuse a mí misma y de la que, gracias a Dios, no solo salí ilesa, sino también laureada con el Premio Adolfo Llauradó en la categoría de mejor actuación femenina, que, le soy sincera, me sorprendió.
Por otra parte, el desempeño de ese papel me permitió crecer — ¡y de qué forma!— desde el punto de vista artístico-profesional.
A propósito de esa obra, ¿qué piensas del desnudo tanto en el teatro, como en el cine o en la pequeña pantalla?
Mi venerado maestro afirma que «el desnudo es otra forma de vestir el cuerpo», y estoy de acuerdo con ese polémico criterio sustentado por Díaz […] siempre y cuando se justifique desde la vertiente estético-artística; y por supuesto, el desarrollo de la trama lo exija o reclame.
En La puta respetuosa usé un body, en Fedra un vestuario transparente y en Tatuaje solo tuve que hacer un desnudo ligero. Con pocas palabras, para mí el desnudo no es impedimento alguno para aceptar una buena proposición formulada por un director teatral, televisivo o cinematográfico. Ahora bien, el desnudo por el mero placer del desnudo no forma ni formará parte de mis principios éticos.
De los disímiles medios en que usted ha incursionado con éxito indiscutible ¿cuál de ellos prefiere?
Del teatro di el salto de calidad a la pantalla chica y al cine; medios donde me ha ido muy bien y he tenido una favorable acogida, tanto por parte del público como de la prensa especializada.
En televisión trabajé en el teleplay Los heraldos negros, del realizador Charlie Medina, en el teleteatro El más fuerte, del cineasta Tomás Piard, así como en el teleplay Teorema, de la realizadora Mariela López.
En el cine, participé en los filmes Larga distancia, donde desempeñé un pequeño papel, y en Penumbras, donde interpreté el protagónico. Este largometraje fue una experiencia única, porque trata de incertidumbres, de vivencias, de urgencias existenciales. En consecuencia, me sentí a mis anchas cuando formé parte de su elenco actoral.
Sin embargo, en el teatro es donde verdaderamente me realizo como actriz, porque es en él donde recibo la recompensa que más me satisface desde todo punto de vista. En ese medio, el actor o actriz vive, muere y resucita en la misma tarde o noche […] y recibe el premio de inmediato: el aplauso sincero del «respetable»; esa es una acaricia que vivifica tu yo artístico.
¿Alguna recomendación a los «pinos nuevos» que se inician en el mundo mágico de la actuación?
Trabajar, estudiar y entregarse en cuerpo, mente y alma a nuestra profesión, para ser cada día mejor actor o actriz, y al mismo tiempo, mejor ser humano, porque las dos cosas marchan indisolublemente unidas.
Notas
1.Dueñas Becerra, Jesús. Calígula: el imperio del terror. Disponible en www.cubaliteraria.cu (Retablo).