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Un monstruo de infinitas cabezas

 Alberto Marrero, 15 de abril de 2013

Entre el horror y profundos desajustes de la psiquis se mueven los personajes del cuento del narrador Edgar London, que les traigo en esta ocasión. El relato parece escrito en otro tiempo por la exuberancia del lenguaje y el ambiente gótico que nos revela. En medio de una atmósfera enrarecida, las escenas transcurren como pesadillas, o como evocaciones oníricas, donde uno de los personajes —que en este caso cumple la función del narrador— corre la cortina de sus miedos y obsesiones a través del mundo retorcido de un abuelo a punto de morir. La historia se mueve bajo sombras y repentinos fogonazos de luz. Un monstruo aherrojado en un sótano parece ser la metáfora de un puñado de vidas frustradas. En todas las épocas hubo y habrá vidas fracasadas por la desolación, las circunstancias, el error y la estupidez del alma humana. El miedo a lo desconocido siempre nos acompañará de una manera u otra. El miedo, como sentimiento y fatiga o como combustible, que nos permite huir o acercarnos alternativamente al borde de un abismo. Ya sabemos que a la verdad se llega  por aproximación y jamás por un camino recto. En las encrucijadas, en los momentos límites aparecen atisbos de esa verdad que nos permiten elegir y continuar la marcha. Si me he desviado un tanto del propósito de esta reseña es porque el relato de Edgar London me motiva reflexiones. La idea de un monstruo provoca pánico, pero al mismo tiempo estimula a escarbar en el pozo de nuestra subjetividad, aunque desde el fondo suban ruidos de cadenas y un abuelo resulte un asesino, y un hermano desleal, y una mujer sañosa y también desleal, y un hijo recién nacido ignore por el momento tanta porquería circundante, pero de continuar en esa casa algún día sentirá como todos el crujir de la vida como el aliento fétido de un monstruo de múltiples, infinitas cabezas. 

       Edgar London es un autor sagaz que ha venido forjando, poco a poco, una obra narrativa muy inteligente. Dueño de un lenguaje que por momentos resulta barroco, de una manera de contar entre lo real y lo fantasmagórico sin definirse por ninguna, sabe encontrar a su vez los ejes significativos de una historia y  sugerir mucho más de lo que dice, condición indispensable de todo buen escritor.

     Licenciado en Ciencias de la Computación, narrador y periodista, ha obtenido los premios: Internacional de ensayo Agustín de Espinoza (2008), Criaturas de la noche, cuento, (México, 2007); Eliseo Diego de cuento, por su libro El nieto del lobo (1998); 13 de marzo, cuento, (1998); Fronesis, en narrativa, (1997) y el La buena pipa, cuento infantil, en 1997.

      Tiene varios libros de narrativa publicados: El nieto del lobo (cuento, 2000), (Pen)últimas palabras (cuento, 2002) y A escondidas de la memoria (cuento, 2008). Algunos cuentos, ensayos, reportajes y artículos críticos han sido publicados en revistas nacionales y extranjeras como El Caimán Barbudo, Extramuros, Acequias, Recesso, Espacio 4 y Videncia. Actualmente reside en México, donde imparte clases en varias universidades y es colaborador del periódico 10 minutos.


Monstruo

Edgar London

Desde épocas remotas, el abuelo no cesa de recordarnos cuando la casa no era mi casa sino la casa de otros, y el mundo un caos de lucecitas bicolores; cuando el asunto de mi mujer era el asunto de otra mujer, pero con pañuelo en la cabeza; cuando el cuarto de los criados estaba disponible y sólo había tres extensísimos dormitorios, fastuosos, quiméricos casi, a juicio de aquel que estuvo y ahora, por supuesto, es un ya no fue (abuelo mío, también); cuando el estrépito de los tambores inocentes recorría las calles del vecindario y las puertas estaban abiertas para seres sedientos de algún licor amigable y las ventanas invitaban a las andanzas y Dios era una criatura común que se codeaba con la plebe; desde tiempos tan fabulosos, el monstruo acecha.
       El monstruo es un ser horrible de dimensiones difícilmente calculables. Asegura el abuelo que su cuerpo suele reposar sobre el tejado mientras que sus patas, llenas de escamas, cubren la entrada y el patio de nuestra casa. Tiene numerosas cabezas, no recuerdo si diez o doce, y cada una de ellas vigila con denodada atención las ventanas. Todos le tememos (excepto el menor de mis hijos, que apenas cuenta con un mes de nacido) y quisiéramos apretujarnos para sentirnos un poco más fuertes. Sin embargo, el abuelo rechaza la idea porque la casa es enorme y se torna imprescindible recorrer constantemente cada habitación. Es por la astucia del monstruo, explica, yo lo he visto devorar a un recién nacido sacándolo con la lengua de su propia cuna. En otra ocasión, atrajo a una familia de incautos que desoyó los consejos de sus mayores y, uno por uno, fue seduciéndolos con reflejos y música que brotaban  de su garganta. Tales patrañas idea el monstruo. Y las hay peores, nos confirma el abuelo. Las hay que logran quitarte los deseos de dormir o de comer o de hablar siquiera. El monstruo es un monstruo espantoso, por eso cerramos las ventanas.
       Descontando al abuelo (y de eso hace mucho tiempo), nadie ha visto al monstruo. Pero, ¿quién se atrevería a detenerse un instante frente a sus múltiples cabezas? Dudas no albergamos de su realidad. ¡Tantas son las historias! (Por no enumerar las leyendas). Así lo han descrito Aristóteles, Platón, Plinio, Carlomagno, Nietzsche, Lenin, el abuelo y yo, más o menos. Aunque ignoro si los otros (ya advertí sobre el abuelo) fueron testigos de sus estragos y su cuerpo aterrador. Mi hermano, el poeta, dice haberlo visto en sueños. Detalló cuernos de unicornios, alas de seres míticos, garras de oro y otros peligros que el abuelo no tardó en explicar: Con el cuerno torcido traspasa tus entrañas, con las alas violentas barre los poblados, y las garras, amarillas de tanta carne corrompida, son el arma
predilecta y feroz que perfora tus huesos.
      Hay que leer cuanta palabra escribe el abuelo. De esta manera, mi mujer descubrió sus asuntos y pudo ubicarlos a la par de los míos. Ahora dice, escribe el abuelo, son nuestros asuntos y por tanto soy yo quien carga al menor de mis hijos mientras ella se sienta y abre las piernas. Yo luzco ropas ajustadas y ella pantalones de cinturón con broches de plata; yo, en fin, me dejo acariciar mansamente como si el monstruo no existiera, como si al cerrar los ojos retornara el bramido apasionado de los tambores por todo el vecindario y ella apostara su imagen, entonces perfecta, contra la imagen que se renueva desde los múltiples espejos.
    ¡Silencio! Y mil perdones Padre nuestro que estás en los Cielos. ¡Silencio! Y mil perdones abuelo nuestro que estás en la tierra, bien cerquita, cuidándonos en casa de otras mil tentaciones. ¡Soy yo! Créanme, soy yo y no mi hermano, el loco, que justo por loco salió corriendo puertas afuera envuelto en sus gritos de ¡Ven, monstruo! ¡Devórame de una vez! Soy yo, abuelo, quien reconoce y agradece tu valentía incondicional por rescatarle justo en el momento (aún me estremezco de horror) en que el monstruo se aprestaba a engullirle. Soy yo quien pide perdón por recrearme en pensamientos mundanos, en simples asuntos y no en la gran preocupación que permanece, amenazante, funesta. Soy yo quien pide perdón como una vez supliqué clemencia por mi hermano el loco, por sus mil años de encierro en el último de los cuartos construidos (sótano le llaman). Ahora no, ahora entiendo que usted siempre tuvo razón. En efecto, mi hermano está loco, por eso intentó entregarse voluntariamente a la boca del monstruo y dejó la puerta abierta. Lo mismo hizo mi padre cuando éramos niños. Pero usted no se preocupe, sé que de eso no debo hablar.
       El monstruo podría acrecentar su apetito con el recuerdo de las víctimas. Relamer los goces sujetos en la memoria desmedida de quién sabe cuántos años (¿o fueron siglos?). Podrían sobrevenir los rugidos violentos que suelen estremecernos (de placer, susurró una vez mi hermano el poeta) y que yo ruego, noche tras noche, pesadilla tras pesadilla, no regresen en el próximo minuto.
       ¿Es mi deseo tan imposible?, le pregunté esta mañana al abuelo. Él me observó, inquieto, desde su cama imperial (trono blando, al alcance de las manos de cualquier niño) y su mirada trazó enigmas por entre mis ojos. Parecía preguntar, al mismo tiempo que yo aguardaba una respuesta, cuáles eran mis propósitos. No obstante, si acaso  algún día los hubo, el miedo al monstruo me los ha hecho perder. Vivo sólo para saber si aún estoy a salvo, si puedo, por ejemplo, respirar otra vez, pedir permiso, expirar.
      El abuelo se irguió unos instantes (larguísimos sin lugar a dudas para su edad de números viejos) y con la mano en alto, el índice semierecto, queriendo apuntar, más que apuntando hacia una de las ventanas de su cuarto (palacio hecho a la medida de nuestra casa), indicó: Allá, allá afuera está, aguardando con la paciencia inquebrantable de las fieras. Tú eres la víctima, el cordero de todas las fábulas, la ancestral pérdida de la familia. ¡Cuídate de esos actos que comienzan con preguntas! ¡Cuídate de los deseos! Puedes, si lo deseas, buscar refugio en La Biblia, pero recuerda que el monstruo sigue allí, y su dedo índice casi alcanza a estirarse, ¿acaso no escuchas sus pezuñas como ejércitos, sus cascos, sus garras? ¿No te espanta el olor de la sangre, el aullido que desgarra la noche?
       Mis rodillas cedieron y caí, cual sirviente del Señor, con el abuelo muy arriba en su cama que era monte, envuelto en sus sábanas que eran nubes, en su voz que tomé por una y cada una de las voces con que hablaba el monstruo. Sí, ya me disponía a admitir, no hay momento, heroico en su efímera levedad, que logre olvidarlo, cuando una tosecilla vislumbró para mí, con la inocencia de quien predice futuros, la verdad (sospechada desde hacía mucho por mi hermano el poeta) que el abuelo desde su halo merecido habría de enfrentar.
     Va a morir, le comuniqué a mi mujer y, con la misma sorpresa que hubiera recibido yo de haber sido informado, me apoyé en los hombros de ella dispuesto a llorar. No me asustaba el hecho, espantoso eso sí, de que el abuelo fuera a morir sino, y quizás por la costumbre que ya enraizaba su presencia, la revelación, natural aun en medio de su atrocidad, de que pudiera morir.
     Ni siquiera en aquellas encarnizadas disputas con su hermano (otro abuelo que nunca tuve) y que tantas veces hicieron palidecer a mi mujer por el miedo, recién aprendido en mi casa, a la hoja sedienta del cuchillo, hube de alterarme ante las amenazas de muerte que se sucedían indistintamente lo mismo de una boca que de un puño, que de cualquier otra arma tentadora, casual.
     ¿Cómo si no (con merecida indiferencia) iba a tomar la abertura en el torso de aquel señor que, por orden expresa e irrebatible  de mi abuelo, todos debíamos aprender a olvidar desde el momento mismo en que se anunciaban sus primeros estertores? Nunca tuve hermano, dijo, y ahora estoy convencido de que nunca lo tuvo. Leyendas hay a montones (y muchas perdurarán), con silueta de cierta mujer seductora, sabor rancio a poder atorado en el gaznate, patrañas familiares y hasta una pizca de demencia.
    Lo mató como a un perro, asegura de pronto mi mujer, mas yo sé que no fue su mano la homicida. Es la influencia del monstruo, le respondo. Al carajo con el  monstruo, y son sus palabras las que me alertan del peligro pues se parecen mucho a las palabras de aquel olvidado abuelo. No blafemes, mujer, pero ella no parece escucharme, abre los brazos como queriendo abarcar la casa. Seis cuartos inmensos, dice, salones de bailes, baños, qué gran cocina, biblioteca repleta de los mejores libros y un patio con los vecinos al alcance de la mano, buenos y malos, pero vecinos que me hacían sentir que no estaba sola. Su elocuencia me ofende. Ahora tienes esposo e hijos, replico, y ella agrega que además posee medio cuarto por la desgracia de los cartones. Recalco el número creciente de nuestra familia y ella la cantidad de cubículos vacíos, y los fantasmas, ¡cuántos fantasmas! Mi hermano, el loco, no es un fantasma, replico ofendido, aún arrastra sus huesos por el sótano de nuestra casa.
      Ella señala un libro. ¡Ah, el poeta! Ese quizás sí se parezca un poco a un fantasma, refugiado entre castillos de hojas por garabatear y lápices de punta redonda, pero no creo que la soledad sea un sinónimo de fantasma (ni siquiera de castigo).
       Es el abuelo quien está en realidad solo, comprendo, y mi abatimiento es todavía mayor pues descubro en su soledad la huella del castigo. Él también pudo haber nacido loco o poeta; él también debió recorrer las calles del vecindario atisbando el peligro, con el horror de la luz marcándole el rostro y el esfuerzo de una sonrisa a punto de rasgarle las entrañas. Lo pienso diminuto cruzando los charcos fétidos que asoman en cada esquina; lo pienso en pleno salto, las piernas extendidas y los tambores a su espalda; lo pienso niño, muy niño, aferrado a los barrotes de la cuna; lo pienso parte del útero materno, semilla en los argumentos de su padre, semen audaz. Y por alguna extraña razón que no puedo (o no quiero) explicarme, insisto en apartar de mis recuerdos su silueta retorcida en un borde de la cama, con espumarajos salpicando en todas direcciones, el dedo torcido, las piernas temblándole. Tampoco preciso su mirada ni quiero (o no puedo) voltear mi rostro hacia la ventana por la que anunció la octava cabeza del monstruo. En cambio, sí observo a mi mujer con marcado disgusto y le escucho decir otra sarta de maldiciones que esgrime, sañosa, en contra de la figura impalpable de nuestro abuelo, de sus mandamientos, sus historias, su mal genio, su astucia imperecedera, su hedor constante, sus piojos...
       ¡Calla, mujer!, y mi orden resuena gutural, como poblada por líderes antiguos. Ella es presa del pánico y yo, victimario de una bondadosa costumbre. En ese segundo ambos notamos el estertor que anuncia el término de la vida (que fue guía, juez y pauta) del abuelo. Es imaginable que no hubo quejido revelador, ni alondra echando a volar, ni tinieblas que se ciernen al pie de los cartones. Acudió, eso sí, la esperanza de un odio profundo a los ojos de mi mujer, una sonrisa que no llegó a gestarse, la esencia de los próximos acontecimientos y una agitación extraña al término de mis manos.
       No sé si fue el tamaño de la soledad que nos legaba el abuelo o la responsabilidad de movernos ahora en esa misma soledad lo que obligó a mi mujer  a retrasar otro par de segundos su alarido triunfal. Mas no importa cuál fuese el motivo, saqué ventaja de aquella pausa y me escabullí corriendo hacia el cuarto del abuelo donde su cuerpo, tibio aún, reposaba a un extremo de la cama y, tal vez por la quietud de su forma extravagante, evoqué con singular melancolía los arquetipos de un cascarón vacío. ¿Adónde había volado su alma? ¿Adónde su sabiduría, sus poderes? Porque daba por seguro que el detalle de su muerte ya él lo había anticipado, así como había anticipado una y cada una de nuestras obtusas rebeliones. ¿Qué albergue oculto habría previsto para su inmortal intelecto que siempre nos protegió del  monstruo y escuchaba, el primero, los alaridos azarosos de la bestia?
       Mi mujer invalidó cualquier posibilidad de respuesta al aparecer semidesnuda, con nuestro hijo en brazos, por la puerta entreabierta de la habitación. Sus atavíos, recogidos con premura de algún armario, se hallaban repletos de polvo por el tiempo en desuso. Era pues un vestido de paño, impropio para el clima, pero que a medio cerrar satisfacía los deseos de ella por escapar de los pantalones grises con que usualmente se apostaba en la ventana. Nuestro hijo, que por alguna razón más parecía hijo suyo que mío, dormitaba inclemente muy cerca del seno desnudo exhibiendo así su eterna disposición para ingerir alimentos, tal y como dictaba su madre o insinuaba mi hermano, el poeta, al surgir abruptamente, cuchillo y tenedor en mano, desnudo además, al lado de su cuñada.
      Es nuestro, sentenció a media voz, tratando de ocultar el miedo inconcluso a una negación de mi parte. Yo observé la pareja atroz que él sostenía con fuerza al término de sus brazos como si se tratase de una extensión artificial de los miembros. Las puntas agudísimas del tenedor, el filo legendario del cuchillo, la ocurrencia de un significado común a nuestros almuerzos y cenas.
       Le daremos cristiana sepultura, les comuniqué, pero en mis oídos seguía resonando nuestro, nuestro, y ya mis ojos no podían apartarse de las manos de mi hermano, el poeta. No se lo merece, era la voz de mi mujer, entréganoslo ahora. Cargué en mis brazos el cuerpo del abuelo (algo me impedía tratarlo simplemente de abuelo, siquiera de difunto abuelo) y me subí a la cama. Ellos se acercaron, envalentonados por la distancia que implicaba la altura del trono. Despacio, muy despacio, fui elevando el cadáver hasta sostenerlo por encima de mi cabeza.
      ¡Es nuestro!, gritaron a dúo y yo noté con espanto que mi hijo se había prendido al seno materno y succionaba, y succionaba. ¡Tíralo! ¡Tíralo! El cuerpo apenas pesaba. Mi hermano, el poeta, daba vueltas y vueltas alrededor de la cama con las manos extendidas, rememorando para mí la imagen de los lobos que cercan su presa; mi mujer babeaba la cabeza del niño; lejos, muy lejos, se dejaron oír las cadenas del sótano. ¡Tíralo! ¡Tíralo!, el cuerpo del abuelo casi flotaba. ¡Tíralo! ¡Tíralo! Era una nube de cabellos blancos que me protegía con su sombra... ¡Tíralo! ¡Tíralo! La sapiencia de Dios, los orígenes de mi destino, la suma final de tantas expiaciones. ¡Tíralo! ¡Tíralo!, pero de pronto se hizo pesado y por mis brazos descendieron un cúmulo de obligaciones, sueños, miedos y secretos que. ¡Tíralo! ¡Tíralo!
       ¡Noooooooo! Mi bramido los dejó petrificados, incluso a mí. Ya no había dudas: el monstruo había cumplido con su parte. ¿No se dan cuenta? ¡Es él quien manda!, grité, pero ellos no entendieron y crisparon sus puños, y me llamaron loco, traidor, y se atrevieron a rozar los límites del trono. Debí haberles lanzado el cadáver a la cabeza para que aprendieran a respetar. ¡Atrás!, chillé, ¡atrás!, y comencé a largar   patadas a diestra y siniestra. ¡Atrás, idiotas! Mi hermano, el poeta, logró asirme un pie. ¡Atrás!, al tiempo que mi mujer se encaramaba en la cama. ¡Ahí viene el monstruo!, grité, y ellos rieron y se agarraron de mi cuerpo para iniciar la escalada hasta el cadáver del abuelo. ¡Atrás! ¡Atrás! y ellos no cesaban de reír.
       Entonces lo escuché.
       Me niego a la ridiculez de una descripción. Me niego a aturdirlos con falsos adjetivos. Simplemente lo escuché y su rugido (cántico habría dicho el poeta) decidió el término de la escena. Ignoro si en realidad ellos también lo escucharon o si actuaron bajo los influjos del hábito. De cualquier forma, abortaron su asalto y, cabeza gacha, se alejaron de la cama. No hubo frase de reclamo ni conclusión o sentido de moraleja. Se dirigieron despacio hacia la puerta. Mi hermano, el poeta, fue el primero en salir. Mi mujer, menos resignada, dejó a nuestro hijo en el suelo y luego siguió a su cuñado. Si mal no recuerdo, desde el sótano volvieron a chirriar las cadenas y el pequeño, voluntarioso, rompió a llorar por la ausencia de su leche.
     Yo me arrodillé sobre el colchón y deposité con cuidado el cadáver del abuelo. Daba un poco de vergüenza haber encontrado tantas respuestas en mi cuerpo y saberme, con tamaño apremio, amo de aquellos otros poderes y ejecutor obligado de nuestro destino. La tarea se reanudaba mientras el abuelo, satisfecho, parecía dormir. Suavemente ordené sus cabellos y dejé reposar mi mano en su mejilla. No había escapatoria y lo peor es que conocía de antemano la llegada del final. Podría tardar años (¿o serían siglos?), pero de alguna forma ya sospechaba encima de mí la mirada vertiginosa y prematura de mi hijo, así como aguardaba yo la silueta gigantesca y amorfa del monstruo.