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Tocando fondo

Alberto Marrero, 29 de abril de 2013

 «Los malnacidos», del narrador Frank David Frías (1977), es un cuento de una dureza inquietante, escatológica, truculenta. Confieso que por momentos, durante la lectura, sentí un poco de repugnancia, pero gracias a la destreza narrativa del autor, ésta  fue derivando en un vivo interés y, al final, en una de contrición reflexiva.
        La historia se desenvuelve entre un profanador de cadáveres y una prostituta, dos seres que han tocado fondo y ahora sobreviven en un túnel de sordidez y desesperanza.  La atmósfera del relato  envuelve al lector y lo hace avanzar, a través de la acción de personajes bien delineados, en un contexto ora fantasmagórico, ora de un realismo frenético, donde hay pasajes de gran simbolismo y poesía; véanse los perros y la escena de los fuegos fatuos. Los personajes no actúan de manera predecible. En realidad poco se puede predecir en este texto colmado de sorpresas y bifurcaciones, narrado con naturalidad, sin desbordes sentimentales ni elucidaciones gratuitas. Un lector atento podría hacerse múltiples preguntas: ¿Cómo estas personas llegaron a convertirse en una suerte de zombis? ¿Hasta dónde puede descender un ser humano? ¿Qué motivos, heridas y fracasos flamean en el alma de estos malnacidos, o mal crecidos, en circunstancias individuales adversas? Por supuesto, las respuestas no están en el cuento, sino en la recreación que cada cual haga después de la lectura.
       Frank David es un escritor que ya exhibe una obra substancial dentro de la narrativa más reciente. Sus cuentos han sido reconocidos con los premio Ernest Hemingway, en el 2008; el Alfredo Torroella, 2009; Félix Pita Rodríguez, ese mismo año; premio Calendario, en el 2012, por el libro «Ellas quieren ser novias, actualmente en proceso de edición por la Editora Abril. Ha publicado, además, los siguientes libros de cuentos: Una recta entre dos puntos negros, Editorial Extramuros, (2009); Rigor mortis, Editorial Unicornio, (2010) y La capital de los muertos (Estados Unidos, 2011). Ha sido jurado en diversos eventos de talleres literarios. Conduce y dirige el espacio «Martes de letras».

Alberto Marrero

 



Los malnacidos


Frank David Frías

 



Una noche de esas en que no acaba de llover y el cielo es una agitación multicolor de relámpagos, el profanador estaba metido en su casa, yendo de un lado a otro; preocupado por el nuevo escuadrón de perros que los de seguridad habían llevado al cementerio.

     Decidió no ir al bar por lo cansado que lo tenían los borrachos con aquello del picadillo de res. Unos decían que molían la cabeza de la vaca, otros, que era una carne del más allá. En fin, encendió las hornillas para calentar la mampostería, y llenó un vaso de ron mientras escuchaba el canto del frente frío en el respiradero. Una hora más tarde cabeceaba y quizá hubiese dormido un rato pero unos toques de nudillos en la puerta lo despabilaron. No podía ser uno de esos cobradores de la electricidad, tampoco los tipos del mosquito: daban las once. Y por otro lado, los del barrio no solían visitarlo tan tarde, no solían visitarlo nunca. Al abrir, estuvo algunos segundos desconcertado por el perfume barato de una mujer. Ella le pidió que la dejara usar el baño. No llevaba abrigo, temblaba.

     El profanador la guió y por el camino ambos fruncieron el ceño y la nariz por la mezcla de olores. Por un lado: colonia ácida fusionada con champú; por el otro: la peste del ser que cada noche se colaba en el cementerio con destino al este, a la zona de las tumbas colectivas, para robar jardineras y vendérselas al marmolero  al siguiente día. También se destacó la flatulencia del hombre que escarbaba en la tierra de los nuevos asentamientos destinados a los vagabundos, el hedor de las manos diestras en separar el cristal del ataúd para hacer negocios con el cristalero del barrio.

     La muchacha terminó de orinar e iba a irse pronto pero vio un fajo de billetes sobre la cómoda. Quizá estuvo mirándolo medio minuto hasta que, con un tono en la voz tan fluido como el viento afuera apuntó: Yo valgo cinco dólares.

     El profanador limitaba la vista a aquellas piernas llenas de marcas por las picadas de mosquitos.

     Valgo cinco.

     Le parecía un tanto podrida. Le señaló las manchas que habían dejado en ella los enjambres. No obstante, la prostituta insistió: Estoy más que buena y me la trago hasta aquí (señaló su garganta). Y al deslizar los tirantes hasta la altura de los codos quedaron expuestos un par de senos algo desinflados. El profanador la invitó a beber, a que se sirviera ella misma, y como al fin caía la lluvia más allá de la ventana fue a verla, y con las manos apoyadas en el alféizar quedó un buen rato pensativo.

     Mi nombre es Cindy, dijo la muchacha y le chocaron los dientes por el frío. Él pensó que era un nombre falso, tal vez el del oficio. Y Cindy, ignorada, se acostó en la cama con las piernas abiertas. Entonces el dedo índice del hombre presionó el interruptor y el cuarto quedó a oscuras. Sin embargo, ella se notaba a intervalos, en los instantes en que la luz de los relámpagos  burlaba el cristal de la ventana. Cuántas veces vio en el cementerio una imagen similar, aunque no con tanta carne., y mucho menos fresca. Por lo general, un reguero de huesos enfundados en piel deshidratada. Huesos que a veces le daban la impresión de que lo miraban, justo en el momento en que separaba el cristal de la madera podrida que antes conformó el ataúd. Y para colmo, ahora habían hecho reajustes en la seguridad por el robo del mármol en el panteón de un ex presidente,  ahora soltaban a los perros. No aquellos satos que antes patrullaban y agarraban un soborno mediante pan con mayonesa. Los nuevos eran pastores alemanes de la Brigada Especial. Ya él los había visto rondar entre el fuego fatuo: ojos brillantes destacándose en la sombra.

     Para hacer tiempo, tal vez, intentó agarrar un pedazo de pastel sobre la cama pero el pene no le funcionó. Cindy le dijo que no se preocupara. Algo normal, continuó, cuando un hombre está muerto de cansancio. Entonces Cindy fue hasta la ventana y encendió un cigarro. Caía la lluvia en la ciudad vagamente iluminada. Un clima horrible para encontrar clientes. Regresó a la cama y preguntó si podía dormir un par de horas antes de irse con lluvia o sin ella. A las dos de la mañana abrió los ojos y se encontró sola en el cuarto. Junto a su cara, había un billete de diez y una nota que la invitaba a tomarlo. Aquello significaba que podía largarse con el dinero que estaba bajo el colchón. Pero no era una ladrona y como la mayoría de las prostitutas, tampoco le agradaba que le pagasen sin haber sacudido el cuerpo. Tuvo una idea: le lavaría la ropa (olía a muerte), le fregaría el piso. Mientras, el profanador se colaba en el cementerio.

     Otra vez corría hacia el este (nunca por las calles principales), entre las tumbas. Con el viento y la humedad de diciembre encuadernándole el rostro. Siempre que las tumbas eran bajas se agachaba sin detener el avance, desplazándose con el apoyo de las manos, como una bestia nocturna ansiosa por escarbar la tierra blanda. Restaba lo mismo de siempre: Echar jardineras en el saco; profanar la nueva sepultura de barro, separar el cristal del ataúd y regresar al hueco entre los barrotes y el muro: volver a casa.

     Al abrir la puerta halló el cuarto solitario, sin la imagen de Cindy por ningún rincón. Por un momento creyó que el encuentro con la prostituta había sido irreal, una broma del cerebro embotado en alcohol y humedad. Pero daban fe de lo contrario la ropa tendida y el piso recién lavado. También había una nota sobre la cama: Si no engancho algún yuma, regreso. El hombre agarró la botella de ron y se dejó caer en el sillón; en el vaivén, yendo y viniendo porque mecerse le calmaba los nervios, hundió la vista en el techo. A las cinco y media de la mañana se le empezaron a cerrar los ojos y casi dormía cuando alguien tocó en el cristal de la ventana. La primera reacción fue lanzar puñetazos al aire, hasta que poco a poco dejó de pensar en la policía, y lentamente, una vez apartada la cortina, apareció la cara de Cindy contraída por el frío.

      La prostituta agarró la botella y bebió un trago largo. Luego le dijo al profanador que no había nadie en la calle por el frente frío. Pero traje esto. El profanador miró la gallina que ella sostenía del cuello. La encontré al lado de una ceiba y la cogí porque se ve buena (estaba podrida). Pon a calentar agua para hervirla. Media hora después empezaron a comer. Amanecía. El tono azul vincapervinca en el cielo hacía juego con Venus; por otro lado, el viento no amainaba, era súbito y borrascoso como las galernas del Cantábrico.

      Se emborracharon juntos otras noches. Cindy acostumbraba a llegar de madrugada y le regalaba un dólar, cuando podía. También le llevaba animales muertos, lo mismo de brujerías que atropellados por autos en la avenida 23. Estás flaco, come. Y él comía sin dejar de mirarla, una mirada que a Cindy a veces la inquietaba. A veces el hombre le contaba historias tan fabulosas acerca de la necrópolis que decidió acompañarlo una madrugada (él se lo había pedido de manera constante). ¿Me vas a enseñar el fuego fatuo? ¿Y la tumba de la monja que no se descompone? Por supuesto, y te voy a enseñar cómo burlar a los perros.

     El no tenía problemas con eso, porque había descubierto una noche que los perros mataban y luego iban a por los de la seguridad, para guiarlos al lugar donde yacía la víctima. El tiempo que tardaban en regresar el profanador lo aprovechaba para desplazarse hacia el este, es decir: él lanzaba un gato, los pastores lo destrozaban e iban a avisarle a los dueños.

    Cuando Cindy tocó los barrotes del muro sintió escalofríos. Estoy cagada, me excita. Eso le dijo antes de entrar, mientras esperaban por la jauría. Habló también de una nueva pintura de uñas que no era tan resistente, de lo mal que le iba con Gardnier y de lo jodido que resultaba encontrar un picadillo de res con sabor a vaca. Más tarde, al referirse a la nueva plaga de revendedores que azotaba a la ciudad, le entró somnolencia. Entonces el profanador la miró de reojo con la luna reflejada en las pupilas.

     Había un montón de laureles alrededor de ellos. Le llamaban el pequeño bosque de Zapata y 8, o el cementerio de mascotas. Durante años los vecinos enterraron allí a sus animales y ahora, de pronto, todas las almas de las bestias parecían flotar en torno a una prostituta y un vendedor de jardineras y cristales empañados.


    Abre los ojos.

    Cindy le hizo caso y fue sorprendida por un espectáculo de luces verdes.

   ¡Luciérnagas!

    El profanador le puso una mano en el hombro y la contradijo:

    Fuego fatuo. La danza de los espíritus.

    Cindy lo besó en la boca, por primera vez, sin dejar de mirarle a los ojos que ahora reflejaban…

    Una constelación de amor…tienes esta cosa verde metida en el iris. Tremenda neblina ahí dentro…Romántica.

    Nada de eso, era una broma de muerte. Y en medio de todo él le dijo: hagámoslo.

    No pareció sorprendida. De alguna manera creía que iban a acabar enredados antes o después de llegar a casa. Cuántas jornadas de diciembre y enero semidesnuda en la cama, congelándose, sin tener más atención que la de su compañero observándola…pensativo. Cuánta masturbación mientras él la veía, clavando los dientes en el animal que minutos antes ella le había traído, bebiendo ron. Por eso, al sentirse tocada en el Cementerio de las Mascotas los fluidos le mojaron la entrepierna, y dispuesta a todo obedeció cada orden que el profanador le dio:

    Quítate el jeans y ponte de espaldas a mí, con las manos en el muro.

    Entonces el hombre agarró una piedra de seis o siete libras, y aprovechando que la prostituta estaba ocupada en desabrochar los botones, la golpeó en la cabeza. Después pasó el cuerpo a través del hueco, entre el muro y los barrotes. Lo arrastró unas dos cuadras adentro y esperó hasta cerca de las tres de la mañana, cuando unos diez o doce puntos amarillos se hicieron notar en dirección a La Milagrosa. Poco a poco se fueron acercando, y de pronto se lanzaron hacia él. Tal como lo había planificado. Sólo restaba dejar a Cindy frente a ellos y alejarse; esperar a que la reventaran a mordidas y luego fuesen por sus amos. Entonces se acercaría al cadáver y metería en el saco algunos trozos de carne, al menos cuarenta libras que, después de molerlas, vendería como picadillo de res. Sin embargo, los animales pasaron de largo a Cindy y fueron tras él. Al comprender el problema echó a correr no hacia el este sino al oeste, donde las bestias no la iban a tener tan fácil. Podía moverse entre las tumbas como un murciélago entre las ramas de un ocuje; brincó huecos y rejas apostadas en torno a los panteones. Fueron protagonistas de una persecución silenciosa. Eran buenos perros, de esos que van tras la dentellada sin ladrar. Luego de tres vueltas al mármol rojo donde yace el cardenal, cruzaron  uno tras otro el portal de la iglesia y el cura, creyendo haber oído algo, abrió apenas un ojo y sin abandonar el lecho asoció el asunto a un laurel que gracias al viento rozaba un vitral encendido por culpa de la luna: un trozo menguante bajo el que el profanador aplicaba a sus piernas la Fuerza Extraordinaria, la misma que salvó al protagonista de un diario tras caer de un quinto piso y aplicar a puro instinto la tensión muscular típica de los gatos en caídas semejantes. La misma fuerza en el hecho de un alpinista que apartó una superpiedra de su abdomen cuando la presión le cortaba el aire; una fuerza que jamás habían visto esas entrecalles. Entrecalles que, por otro lado, él ahora no reconocía. Como tampoco se sentía de pronto tan familiarizado con su pierna izquierda. Vió que le sangraba a la altura del tobillo, aunque no le dolía; comenzaba a no responderle. Eran buenos perros. Entrenados en los principios de la bestia de Komodo: mordida y seguimiento de la víctima. ¡Que sufra! Gritaba el sargento instructor a sus cachorros. ¡Que se desangren los hijos de puta!

    La adrenalina era tan espesa que casi podían resbalar con ella perseguido y perseguidores. Entonces empezó a fallarle la otra pierna. Esta vez la sangre caía desde la rodilla, entrándole en el zapato. Entonces lo pies le patinaban en el interior. Se le hacía viscoso el andar, daba tumbos ¿en  qué instante llegó la niebla? Se preguntó mientras flotaba de un mundo a otro donde el sol era perfecto; un poco frío al principio, sin embargo luego, lentamente, la temperatura se volvió agradable. Le alcanzó el tiempo para reír, mientras sentado en el banco de un parque lleno de pajarillos abría el periódico y antes de leer se deleitaba con el aroma del papel nuevo.

    Cindy abrió los ojos y lo primero en ver fue la cabeza del profanador tirada a su lado, luego vio a los perros que se alejaban en busca de sus amos. Lentamente se incorporó, con bastante mareo y el cráneo acalambrado. Pero pronto obvió el dolor y la sangre que le bañaba el pelo y la nuca, empezó a sentirse fresca, vigorosa (le habían dado peores palizas de niña). Poco a poco sus pupilas se adaptaron a la oscuridad y supo que su compañero estaba regado en mil pedazos alrededor de ella. No sintió asombro, excepto por la extensión de las tripas: las creía más cortas, más rojas, no tan grises.

     Metió en el saco varias libras de profanador. Agarró las llaves y, bolsa al hombro, fue de regreso a casa, sin ser vista por nadie gracias a la soledad de la madrugada. Pronto empezó a amanecer. Cindy estaba bajo la ducha, viendo cuánta sangre se iba por el tragante: sólo un poco era de la herida en la cabeza, la mayoría se desprendía de sus manos. Al salir del baño levantó el colchón y se hizo con el fajo de billetes. Al entrar a la cocina, antes de hacer nada, estuvo quizá un minuto con la vista en los trozos de carne que descansaban en el fregadero, luego salió de la breve parálisis de un brinco y empezó a meter músculos y tendones en la máquina moledora y los gramos de picadillo comenzaron a llenar el nylon dispuesto sobre la meseta. Pronto llegó una mosca, después un puñado de ellas. Pronto fue presa de un ataque de náuseas que la llevó a envolverlo todo, a abandonar la idea del picadillo, a vomitar en el fregadero y a meter la cabeza bajo el chorro de la pila; sentía el agua más fría en la herida.

    Pero no había tiempo para darse unos pases de aguja e hilo. Limpió cualquier indicio de evidencia y minutos más tarde fue a por un taxi a la avenida 23. Cuando el auto se detuvo, entró a él y se sentó en un rincón, aferrada a la mochila. Sabía que el zoológico era un trozo de bruma y pereza a esa hora de la mañana. Aún alimentaban a los animales cuando entró a sus dominios. Las carretillas llenas de polluelos muertos iban y venían; pero al sur predominaba la calma habitual en los cementerios. Principalmente en el foso de los leones. Cindy sacó la bolsa de la mochila y luego de echar un vistazo a los alrededores, la lanzó al fondo.

     A Guantánamo.

     La mujer la miró unos segundos y terminó por darle el ticket al caer un poco de dinero al interior de la caseta. Cindy le dio las gracias y fue a esperar por el tren. Aún tenía mareos y la herida le sangraba por momentos; pero lograba ocultarla a través de su abundante pelo. Entonces le atacaron los temblores mientras aguardaba en un banco; sintió frío, más del normal en enero. Trató de ignorar el asunto viendo a los emigrantes del oriente, los que llegaban y veían rascacielos en los doce plantas de Nuevo Vedado que se erigían al fondo. Empezaba a tranquilizarse cuando apareció un policía a unos veinte metros, destacándose su uniforme azul entre las personas. Intentó no mirarlo pero el cuerpo no le ayudaba. Los pies, uno primero, otro después, fueron directo al tipo del orden público. Él fumaba en calma, con los hombros encogidos y la cremallera del abrigo hasta la sombra del mentón. Justo al apagar el cigarro con la suela del zapato apareció Cindy.

    Tiene que arrestarme, por favor.

    Él le pidió que se calmara. Ella se arañó desde el rostro hasta el cuello. Gritó con fuerza, y el tiempo se congeló en la estación, y la vista de la gente cayó sobre ellos. El policía la tomó del brazo y juntos se trasladaron al otro lado del andén, a una zona que una vez iban a reparar y nunca terminaron; a excepción de un hurón viejo no había nadie por allí.

     Arrestarla por qué.

     Cindy, tras el grito, recuperó el control del cuerpo. Empezaba a sentir el ardor que las uñas le habían provocado en la piel y una sucesión de latidos se manifestaban en la herida del cráneo.

    Por nada.

   ¡Cómo por nada!

    La sacudió y el fajo de billetes cayó desde el interior del sweater al suelo. Cindy lo guardó en la mochila y ninguno de los dos dijo una palabra. El policía encendió otro cigarro y después de quitarse la gorra se pasó el dorso de la mano por los ojos. Quizá llevaba mucho tiempo en el mismo lugar, quizá le habían dicho hazte cargo de la terminal por unas horas y estas significaron meses. Al menos esa impresión daban sus zapatos llenos de polvo, al igual que el rostro y la pistola oxidada.

    Soltó un poco de humo y dijo mientras se ponía la gorra: He visto basura, demasiada. Mi experiencia es una montaña de basura. A veces, hablo en serio, a veces tengo ganas de sacar un ticket y partir por ahí pa’ allá de vuelta a Guantánamo.

     Cindy lo miró, le hizo saber que ella también era de allí y sonrieron un instante antes de ser abrazados por el viento frío de enero.

     No quiero ir a ningún lugar, sólo a casa.

     No tienes que ir a otro sitio si no quieres. Además, las cárceles están llenas.

     La prostituta tomó unos cuantos billetes del fajo y se los metió al policía en el bolsillo del abrigo. Luego regresó al otro lado del avión y cruzó la masa de emigrantes sin apartar la vista del tren, visible ya en el horizonte. Al abordarlo, supo que su acompañante era una anciana con ochenta o noventa años. Intentaba comer un trozo de pan a través de su boca desdentada, con manos temblorosas por herramientas y una madeja de venas a la intemperie. Cindy decidió ayudarla: Picó en varios trozos la masa y al mismo tiempo en que los introducía en la boca de la mujer pensó en lo inútil de vivir tanto tiempo. Sin embargo, la gente se aferraba a la teta como al principio. El motor rugió y los vagones empezaron a moverse. Apenas cinco años atrás Cindy había llegado a La Habana en avión, con la cabeza repleta de historias fabulosas.

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