Viñetas interiores
Del conocimiento y la rueda
A poco más de ochenta sobre cuatro —o seis—, pendiente de los tramos que corrían, subió el joven. Hasta el final del ómnibus llegaron sus saludos y una voz susurró “es de los mejores poetas de su generación”. Fue más específica la voz: “Javier Marimón, Marcelo Morales, Aymara Aymerich y él”. Me hablaban de Israel Domínguez, en una guagua que iba hacia El Camagüey, a la primera Feria del libro en la que participaba como especialista nacional de literatura de la Asociación Hermanos Saíz.
Del poeta y la historia
Quizás debiera/pudiera sustraerme. No contar —enumerar o narrar… cuánto verbo!— la dimensión de los adentramientos, pero ese mismo concepto, esa condición, me ofrece la mejor palabra.
Israel Domínguez no es poeta por haber escrito Hojas de cal —no solamente—, tan natural y humano, tan de multitud singular, con los caballos y peces que lo habitan; o lo que dedica a su amigo Javier, pretendiendo convertir un campo de pangola en un strawberry-field-forever; lo que entrega a los abuelos, al primo o al primer amor; tampoco por aquellas ediciones limitadas y hermosas de Vigía como Invitaciones y Collage mientras avanza mi carro de equipaje, en el trasiego citadino el primero, en el recorrido por el descendimiento después; o por la contundencia y la dureza suave con que quiso lanzar a la bahía Sobre un fondo de arena, tan elegante en su factura y tan intenso; ni siquiera por el completamiento en Después de acompañar a William Jones, cerrado y certero en todos sus detalles, disparador al centro de las verdades fuertes, que nos marcan; como tampoco lo será por el reciente Viaje de regreso, sino por su esencia, por la vida en que transita, por su estado en sí.
De los ordenamientos y el motivo
La poesía de Israel Domínguez está en lo desconocido cotidiano, en el detalle o lo rotundo del hecho que no somos capaces de descubrir y él lo devela para todos. Surgida, quizás, en las vivencias amables del campo en la mañana y su terrible nocturno, en la entrega limpia al magisterio del padre y la devoción de fuerte transparencia materna. Solo con mucho amor se puede ser gran poeta, pues esa sensibilidad la llevará entre electrones y átomos, en moléculas que correrán a sintetizar, a apurar o detener adrenalinas, en las vueltas helicoidales de un ADN distinto, propenso a la observación, la memoria, la escritura.
Su vida en la ciudad del mar, el asentamiento matancero, los viajes/la estancia en la Beca de F y 3ra, el idioma inglés por los cuatro costados, el alemán como la “ñapa” antigua, el hotel, Sol-Sirenas-Coral, buenas noches, dígame… tantas veces repetido, o los kilogramos sin agradecer sobre los escalones mientras la mente encadena un verso, otro verso, y otro, hasta el punto concluyente.
Vendrá también de las búsquedas en Whitman o Eliot, Pound o Williams; Novás, Alcides, Escobar, Nogueras o Eliseo; entre tantos nombres ordenados, cuidados con devoción de monje, tomados cada vez por un azar extraño, siempre confluente, conectado.
Será por diferenciar tempranamente literatura y literaturidad, por conocer su grado cero, por entender que la mejor promoción es la del libro que va con su huella directa hasta la mano interesada, por creer en los amigos y en el afecto verdadero.
Será por descubrir el cuerpo de un pasado Yoruba, común y distintivo, por instruirse y crecer en sus mejores acepciones, por aprehender su tradición y devolverla en humildad y sapiencia ilimitada.
De la trascendencia y el futuro
Israel Domínguez (padre) y Mireya pudieron conocerse en cualquier sitio. Pudieron haber sido maestros, ingenieros o técnicos en Toulouse, Düsseldorf o Austin, que allí les hubiese nacido el hijo, bajo otra bandera y otro idioma. Mas esas vestiduras igual lo hubiesen encaminado hacia la espiritualidad y la poesía profundas. En ese caso, solo nos hubiese quedado pedir a Dios que nos lo aproximara de algún modo, para no perder la oportunidad de estar cerca y conocerlo.
Quizás Israel Domínguez —ahora hijo, padre a su vez de Daniela y Laura— no ha escrito aún su mejor obra, riesgosa afirmación cuando se recuerda Caballos, Comunicantes, …el poema del árbol y la casa del extraño, o ese otro donde el sonido de la chancleta de su madre atraviesa como una daga el corazón. Quizás sean otros los libros que deje ante los ojos austeros de la crítica. De cualquier manera, nadie nos quitará el agrado, el sabor dulce —o trilce— del fruto, que en lo alto, se comprende precursor y maduro.