Ángel Lázaro: embrujado por la antilla mayor (2)
Si Sed de amor (1945), realizado por francois Betancourt se publicitó desde un principio como «Una película cien por ciento cubana» por cuanto la totalidad del staff y los intérpretes eran de la isla; Embrujo antillano, filmado simultáneamente, desde la nacionalidad del argumentista y el propio realizador Geza P. Polaty (de origen húngaro), incluyó técnicos mexicanos y hasta un fotógrafo de nacionalidad norteamericana. La actriz y rumbera cubana María Antonieta Pons finalmente sustituyó a la vedette Rosita Fornés en el personaje protagónico de Embrujo antillano, producción de la Continental Films a cargo de Octavio Gómez Castro y Geza P. Polaty, colaborador además en el guión con el periodista, escritor, dramaturgo y guionista austriaco Egon Eis y Martín Domínguez (autor de los diálogos y el diseño escenográfico, este último junto a Armando Miqueli). Embrujo antillano fue la primera de las dieciséis colaboraciones en el cine mexicano de Egon Eis (1910-1994), llegado desde Hollywood luego de un periplo que le condujo a Marruecos y a Cuba en 19411. La prensa azteca publicó que Eis «pasó una buena temporada en la Habana, donde para pasar el rato» escribió el libreto de Embrujo antillano2.
Cinco años atrás, a su arribo a la capital cubana, el húngaro Geza P. Polaty (1908-1991), pregonó disponer de un centenar de miles de pesos, importantes contactos con la United Artists para la distribución en la isla, pretensiones de arrendar los estudios de la compañía productora Películas Cubanas, S.A. —más conocida por la sigla de Pecusa—, intenciones de producir primero con la firma Latino Films la cinta El Reino de Dios y luego otra película para la cual pensaban contratar al famoso actor madrileño Antonio Moreno. Todo quedó en palabrería. Lo único concreto de la gestión del soberbio Polaty fue su evidente menosprecio por los artistas y técnicos cubanos que permanecían sin trabajar por la precariedad de la industria fílmica nacional. Su actitud fue muy cuestionada en el ámbito cinematográfico criollo, ante todo por el realizador Ramón Peón mediante una carta abierta y por el activo periodista Pedro Pablo Chávez, que le salieron al paso al advenedizo centroeuropeo con ínfulas de conquistador.
Con el nombre de Geza Pollatschik, viajó desde su Budapest natal en 1927 a Berlín, y estudió durante un año en el Reinhardt-Seminar. Entre 1929 y 1932 trabajó en la capital germana así como en Munich, Londres y Viena como asistente de director, editor y productor. Besuch im Karzer (1930) fue su primera película como director. Algunas cintas en las que intervino fueron: Mädchen in Uniform (1931), de Leontine Sagan; El testamento del Doctor Mabuse (1933), de Fritz Lang y Die Reilige und ihr Narr (1934), de Wilhelm Dieterle, entre otras. Su primer título como productor independiente, 8 Mädels im Boot (1932), ganó una medalla de oro en la Bienal de Venecia y, dos años después, fue objeto de un remake en inglés por la Paramount Pictures que tuvo algún éxito.
Posteriormente, el cineasta viajó a Barcelona, donde integró como supervisor el equipo de producción en los filmes: Vidas rotas (1935), de Eusebio Fernández Ardavín y El malvado Carabel (1935), de Edgar Neville.iii La Guerra Civil le arrastró a abandonar España en 1937 y se desplazó a varios países. Después de una breve estancia en Hungría, Polaty llegó a México en 1939 donde, según él, estuvo en tratos con el aragonés Luis Buñuel y desde allí se trasladó a Cuba con el fin de crear una nueva compañía productora. Embrujo antillano sería la única película en calidad de productor y director de Geza P. Polaty, que cambió oficialmente su nombre en 1945. Veinte años más tarde, se radicaría en Río de Janeiro, lugar en el cual desempeñaría labores como exhibidor del Severiano Ribeiro Group, desde 1968 hasta su muerte, ocurrida el 16 de mayo de 1991.
Durante una estancia de Ángel Lázaro en México prolongada a lo largo de un año, fue contactado por Gómez Castro, y al volver a La Habana en septiembre de 1945 integró el núcleo fundador del Pen Club de Cuba. No se advierte en el argumento de Embrujo antillano ninguna de las características en la prosa pletórica de fina sensibilidad del escritor gallego, tan ponderadas por la critica, aunque si el estilo directo y sencillo en el desarrollo dramático, sin perseguir en modo alguno el ambiente poético.
Caridad, una atractiva muchacha, hija del veguero Tano, abandona la finca «La yagruma» llena de ilusiones para probar fortuna en la capital, donde sufre tantas decepciones que termina como operaria en la fábrica de tabacos, «La flor de Cuba», propiedad de don Bonifacio Santillán. Recién llegado de sus estudios en el extranjero el joven copropietario, Ramiro Luján, tiene un encontronazo con la avispada chica y la despide, pero luego la reintegra a su puesto de trabajo. Rechazado por Caridad, Ñico, un politiquero de poca monta empecinado en «fumarse esa breva», planea con sus secuaces secuestrarla en medio de un baile de los trabajadores organizado por Bolerito, el lector de la tabaquería. Ella es rescatada a tiempo por Luján, prometido de Ana María, hija de don Bonifacio. La bravía «veguerita» no tarda en convertirse en su amante. No vacila en seguirle y ocultarse en un bohío abandonado, cercano a la finca de su padre, con la complicidad de la vieja criada Mercé. El despechado Ñico revelará el escondite a Ana María y esta se presenta ante Caridad en el «nidito de amor para desafiarla y la chantajea al decirle que si no abandona a Ramiro, le revelará a él que es pobretón sin fortuna alguna porque antes de morir arruinado, su padre vendió su parte a don Bonifacio. Ana María retará a «la flor de la vega» a presentarse en la fiesta de la escogida, en la que todos se percatarán del motivo de su rivalidad.
Al conocer la verdad de su situación económica, Ramiro rompe con su novia, abandona la fábrica y se emplea en otra como simple torcedor. Caridad, que triunfa en la capital como cantante y bailarina en cabarets, impedirá junto a él un sabotaje organizado por Ñico y sus cómplices. La ex arrepentida intercede en la pareja para que reanuden sus amores y partirá en un viaje con su padre, porque «no se va a quedar a vestir santos». El Happy End no podía faltar, como tampoco las oportunidades para los números musicales, entre ellos uno de la Pons en el cabaret Tropicana para lucimiento de sus dotes anatómicas.
Secundó al triángulo conformado por María Antonieta Pons, Ramón Armengod y Blanquita Amaro en el reparto un conjunto de intérpretes fogueado en los escenarios, la radio y el cine: Julio Gallo, Federico Piñero, Carlos Badías, Alberto Garrido, Julito Díaz (secretario de don Bonifacio); el coreógrafo Sergio Orta (tabaquero); Caridad Ríos, admirada actriz de la radio nacional en su debut en el cine como Mercé; Fedora Capdevila, también primeriza en el medio; Eddo Ruiz Lavín, y la pareja de bailes españoles Paco el Trianero. Amén de la partitura compuesta por Antonio Machado, la banda sonora insertó las canciones «Dentro del alma» y «Solo la verdad», con letra y música de Osvaldo Farrés; «¡Ay, como no!», con letra de Martín Domínguez y música de Julio Brito y «Te quiero chiquilla», con letra y música de Osvaldo Estivill, responsable junto a José M. Bravo de los arreglos y la dirección musical. Aunque sin utilizarlo, la película tomó el título del bolero homónimo del compositor santiaguero José Carbó Menéndez. (Continuará)
Luciano Castillo
1Coescribe en México, sobre todo con Edmundo Báez, el guión de numerosas películas: La casa de la Troya (1947), de Carlos Orellana (con Manuel Altolaguirre); Algo flota sobre el agua (1947), de Alfredo B. Crevenna; La dama del velo (1948), de Crevenna, sobre una obra del propio Eis; El rencor de la tierra (1949); Otra primavera (1949); Las joyas del pecado (1949); Huellas del pasado (1950), junto a Janet y Luis Alcoriza; Yo quiero ser tonta (1950), de Eduardo Ugarte, que adapta con Altolaguirre; Doña Clarines (1950), de E. Ugarte; Muchachas de uniforme (1950); La mujer sin lágrimas (1951); El puerto de los siete vicios (1951), de Ugarte, sobre argumento de Altolaguirre y Mujeres que trabajan (1953), de Julio Bracho.
2«Llamado a las 7...»: Cinema Reporter. Dir. Roberto Cantú Robert. Mensual, México, D.F. 25 de mayo de 1945, p. 10.
3La filmografía de Geza P. Polaty incluye, además, en esta etapa española: María de la O (1939), de Francisco Elías, y Marianela (1940), de Benito Perojo, algo contradictorio si se tiene en cuenta que abandonó el país en 1937.