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El Lugareño y su costumbrismo aleccionador

Fernando Padilla González, 29 de abril de 2013

El género costumbrista es, quizás, uno de los mayores valores de las letras hispanoamericanas, aunque no es privativo del idioma castellano y de las regiones de España o la casi totalidad de la América Latina.

Los cuadros de costumbre que, a lo largo del decimonónico y la pasada centuria afloraron en periódicos, revistas, libros y folletos, denotan, en su gran variedad, sobresalientes méritos estilísticos, atractivo lectivo y una pintoresca muestra de tipos, costumbres, modos de vida y psicología social de nuestros pueblos.

Ante el influjo de la hispanidad y desde época bien temprana, la Mayor de las Antillas comenzó a cosechar los primeros exponentes literarios que germinarían, con posterioridad, en un sólido movimiento de intelectuales asidos a la corriente costumbrista. Espejo de paciencia, poema épico escrito por Silvestre de Balboa en 1608; La verdadera historia de la conquista de Nueva España, donde su autor, Rafael Bernal del Castillo relata con agudo gracejo los acontecimientos ocurridos en Santiago de Cuba; o la obra del regidor habanero José Martín Félix de Arrate, Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales, en cuyo décimo capítulo titulado “Del aseo y porte de los vecinos, buena disposición y habilidad de los naturales del país y nobleza propagadas en él y en la Isla”, describen no solo las costumbres de los españoles radicados en Cuba, sino también la de pardos y negros, y sus diversas maneras de vestir.

La conformación de una tímida identidad cultural y social cubana, sobre los estratos de la convergencia de la multiplicidad étnica, entre otros factores, motivó el desarrollo del costumbrismo como hecho artístico y literario. A decir de Antonio Bachiller y Morales, el amplio abanico de tipos cubanos transitaba desde los negros que conducían al amanecer los cuadrúpedos al baño de mar, atropellando cuanto encontraban a su paso; los arrieros que esperaban el cañonazo del Ave María en las puertas de la ciudad para llegar con sus mercaderías a las plazas, muelles y establecimientos comerciales; las damas en sus retirados aposentos, cubriéndose el rostro con albayalde y cascarilla; los ricos en la holganza y en el juego; hasta los laboriosos artesanos en sus talleres, entre muchos otros tipos sociales.

El Papel Periódico de la Havana, El Faro Industrial, El Siglo, El Álbum y El Aguinaldo Habanero, entre otros tantos, dedicaron no pocos pliegos a aquellos autores interesados en retratar la sociedad de su tiempo. Hacer mención a los literatos cultivadores del costumbrismo, solo en su etapa inicial, constituye una empresa engorrosa. Pese a ello, cuando se habla de literatura de costumbres del siglo XIX cubano, aflora el nombre de un intelectual camagüeyano un tanto olvidado, que acostumbraba a firmar sus artículos y misivas con el seudónimo El Lugareño, aun cuando su popularidad le negaba el anonimato y sus lectores conocían que tras la peculiar rúbrica se hallaba el talento de la pluma de Gaspar Betancourt Cisneros.

De personalidad ingeniosa, El Lugareño queda como un prosista mordaz, no exento de humor, que utilizó la columna de sus “Escenas cotidianas” en la Gaceta de Puerto Príncipe para, entre 1838 y 1839, dejar sentado que con él era necesario contar si de comentarios, murmuraciones y asuntos locales se trataba, lo cual no era obstáculo para que, en ocasiones, revelara preocupaciones en torno a la educación, la política, la economía y otros temas.

Betancourt Cisneros nació el 29 de abril de 1803 —hace 210 años— y por espacio de casi dos décadas realizó estudios en su Puerto Príncipe natal. En 1822 emprendió viaje con rumbo a Norteamérica, para completar su formación escolar, estableciéndose en Filadelfia, donde trabajó en una casa comercial y apretó vínculos con los cubanos que allí encontró, en particular con el bayamés José Antonio Saco.

Varios años permaneció en Estados Unidos, durante los cuales se mantuvo en contacto con los círculos políticos de los cubanos, al tiempo que colaboraba en la publicación Mensajero Semanal, editada en Nueva York.

Contaba apenas con poco más de veinte años cuando zarpó con rumbo a Venezuela, junto a muchos otros cubanos para intercambiar ideas y estrechar los nexos solidarios con los independentistas de esa nación, liderados por el Libertador de América, Simón Bolívar. La acción intentaba promover la insurrección cubana entre los hermanos patriotas latinoamericanos y contribuir a un verdadero y sólido proceso de liberación de la colonia caribeña.

La distancia no menguó su interés por regresar a Cuba, deseo que le sería negado hasta 1834, motivado siempre por la preocupación de conseguir un mejoramiento social y económico para la Isla, particularmente en los sectores de la educación y el desarrollo tecnológico. Nunca olvidó sus raíces y no cejó en empeños por introducir adelantos como el ferrocarril en los senderos de Camagüey o la incansable labor por fundar escuelas y centros educacionales lejos de la urbanización, que permitieran llevar la luz del conocimiento a los hombres y mujeres del campo.

Se le reconocía por ser un “hombre de impulsivo afán, carácter de zumba y gracia, de donosura criolla. Contra las costumbres estratificadas, contra la rutina hecha norma de vida levanta sus críticas. Ama como el que más a su terruño. Le dedica los apelativos más fervorosos. Como casi todos los escritores de costumbres tiene una actitud ambivalente ya que ama esos hábitos tradicionales y al mismo tiempo trata de superarlos, de suprimirlos. El espíritu de rutina es, para este hombre, esclavitud del pensamiento, cárcel de la voluntad, salvoconducto de la ignorancia, polilla y carcoma de la sociedad. Si la mayoría de los articulistas de costumbres presentan una imagen policromada de lo más externo y superficial, Gaspar Betancourt Cisneros se distingue por su afán de ir a lo sustancial, a la raíz de los hábitos y de los usos tradicionales de su heredad camagüeyana”.

El Lugareño, más allá del humanista pro defensor de la Patria chica, Camagüey, y de la Patria grande, Cuba, además de artífice de la inagotable fuente costumbrista que entrañan sus “Escenas cotidianas”, fue un consagrado literato cultivador de la prosa de matiz descriptivo más que anecdótica, a lo que se añade una considerable obra epistolar, en especial sus Cartas a Saco, editadas en un volumen que vería la luz en 1917, al cual seguiría otro, de 1950, contentivo de buena parte de sus textos publicados por la prensa periódica de la época. El seudónimo de El Lugareño sería compartido con los de Homobono y Narizotas.

La postura abierta y franca de sus escritos le granjearon no pocos detractores, sin mencionar la enconada lucha contra la metrópolis española, aspectos que le llevaron a afirmar: “Como yo no escribo con las miras de halagar preocupaciones vetustas, ni adular clases, ni celebrar ni vituperar sistemas antiguos o modernos, sino solamente a sostener los buenos principios, las convenciones generales y los verdaderos intereses de esta Patria querida, tal vez he dicho verdades amargas. Las digo, sin embargo, sin pasión y encono”.