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Raúl Martín: Teatro de la Luna es mi espacio de total realización

Jesús Dueñas Becerra, 25 de abril de 2013

Dialogar con el director Raúl Martín (La Habana, 1966), quien desde su fundación hace 15 años jerarquiza la agrupación Teatro de la Luna, deviene un privilegio para quienes ejercemos la crítica de arte y el periodismo cultural.
Martín se graduó, en 1987, como instructor de teatro en la Escuela Nacional de Teatro, y en 1994, como director teatral en la capitalina Universidad de las Artes (ISA).
Ha sido discípulo aventajado de los maestros Roberto Blanco y Carlos Díaz, con quienes estableciera una fluida relación afectivo-espiritual a través de la cual fue descubriendo —poco a poco, como llega cojeando la verdad de la mano del tiempo— el conjunto de valores en que se sustenta la formación integral de un verdadero profesional de las artes escénicas. 
Además de director artístico, se desempeña como diseñador de vestuario, escenografía y luces, actor y coreógrafo. Trabaja, además, como atrezzista y en la confección de vestuarios y escenografías. Mi interlocutor es, sin ningún género de duda, un hombre orquesta, caracterizado —básicamente— por la sencillez y la humildad; rasgos esenciales de su versátil personalidad.
Ha impartido talleres de actuación y dirección y ha desempeñado funciones como asistente de dirección. Ha realizado disímiles labores con diversas compañías teatrales y danzarias.
Pertenece al Consejo de Expertos del Consejo Nacional de las Artes Escénicas y es miembro activo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
Ha recibido numerosos premios y distinciones; entre ellas, la orden Por la Cultura Nacional (2001).

¿Cuáles fueron los factores motivacionales que despertaron su vocación hacia las artes escénicas en general, y hacia la dirección teatral en particular?

Algo que no puede explicarse, porque no tengo antecedentes en la familia, me llevó a «jugar» al teatro desde niño. Trabajaba como actor en obras que se montaban en la escuela primaria. Ya en el pre-universitario me sorprendí dirigiendo los ejercicios teatrales que se hacían en las Escuelas al Campo. Empecé a disfrutar ser líder, organizador, director de los anhelos artísticos de los estudiantes. No tenía ninguna conciencia vocacional en esos momentos.

En 1984, ingresé a la Escuela Nacional de Instructores de Teatro, con la idea de que fuera un puente para ser actor o estudiar actuación en el ISA, pero no sospechaba que esa Escuela iba a definir mi vocación como director.  Entonces la aproveché al máximo, y al terminarla, tuve la suerte de que en el ISA se inaugurara una Cátedra de Dirección Teatral. Entré, y finalmente, me gradué de Director.

¿Qué representa para usted dirigir una agrupación como Teatro de la Luna, que el pasado año cumplió sus tres primeros lustros de existencia en las tablas insulares?

Es mi espacio de total realización. Después de trabajar en otras importantes compañías teatrales, como parte de mi formación académica y después de graduado, creamos el Teatro de la Luna, en 1997, para perfilar y desarrollar las aristas de lo que queríamos hacer, decir, mostrar con el teatro. La valiosísima vivencia de haber estado en compañías como Teatro  Irrumpe y Teatro El público, donde aprendí de grandes maestros como Roberto Blanco y Carlos Díaz, me dieron la fuerza suficiente para dar el paso. Y estos tres lustros han sido el escenario de las más grandes emociones, la oportunidad de trabajar con excelentes actores, grandes dramaturgos, con los mejores asesores, colaboradores; la posibilidad de ser felices a través del teatro y conseguir un público fiel y numeroso, con el que hemos tenido el más intenso de los intercambios. Han sido 15 años de comunicación, que es la principal razón de ser del teatro. Quince años de aprendizaje, descubrimientos, de edificación de una verdadera familia, con integrantes que han cambiado y otros que se mantienen, pero todos aportan a la creación de un lenguaje propio.

De las muchas anécdotas, vivencias y experiencias que, como director teatral, ha acumulado durante su fructífera carrera profesional, ¿podría relatar alguna que haya dejado una huella indeleble en su memoria poética?

Es difícil mencionar una sola, porque han sido muchas. En todo caso, podría seleccionar una. El ejercicio de esta profesión genera  anécdotas y vivencias siempre recordables, desde los ensayos, las funciones, así como los encuentros que las propician, los lugares que hemos visitado con nuestro teatro.

Podría mencionar, si busco en el «baúl de los recuerdos», por ejemplo, la gira con Delirio habanero por los Estados Unidos. Las funciones en New York y en Miami, cargadas de una emoción indescriptible. Una emoción que viajaba de la platea al escenario, que recorría a los espectadores y a los actores. Muchas lágrimas en una noche de teatro. Una vivencia que nos arrastró hasta la tumba de Celia Cruz en New York o a celebrar el cumpleaños de la Reina de la Salsa en una función inolvidable, en Miami, el 21 de octubre de 2012.

¿Cuáles fueron, en apretada síntesis, los planes diseñados por la agrupación que usted jerarquiza para celebrar su décimo quinto aniversario?

El 2012, fue un año de celebración, de principio a fin. Repusimos varias de nuestras puestas. Fue también el centenario del natalicio de Virgilio Piñera (1912-1979). Y nuestro grupo ha representado mucho las obras de Virgilio, con él empezamos. Entonces, el año pasado, re-estrenamos Los siervos, la llevamos al Mayo Teatral, auspiciado por Casa de las Américas y a un Festival organizado en Estados unidos por la Universidad de Miami. Volvimos a poner La primera vez, un éxito polaco, y otro éxito, alemán, El dragón de oro. Llevamos este último al Festival de Camagüey, en octubre. Delirio habanero estuvo en Sao Paulo, Brasil, y cerramos el año con el estreno de La  dama del mar, del dramaturgo noruego H. J. Ibsen (1828-1906).
 
Y seguimos este año. Estamos ensayando La Boda, el título de Piñera con el que inauguramos el grupo en 1997. La repondremos en mayo próximo.

¿Qué requisitos mínimos indispensables les exigiría a los «pinos nuevos» que deseen incorporarse al elenco artístico de Teatro de la Luna?
   
Talento. Eso ante todo. Puede sonar a «lugar común», pero no hay nada más importante a la hora de seleccionar a un nuevo actor.
Muchas ganas o entrega, también pueden parecer palabras repetidas muchas veces, pero es indispensable y tengo que decirlas.
Calidad humana. Bondad. Decencia. Me parece imposible asociar la maldad con el arte.
El rigor se fabrica con esos ingredientes.
Y, bueno, ojalá que tengan un cuerpo presto al movimiento, una buena voz, que puedan cantar. Si no, se trabaja y se logran las cosas.
Y no hablo de fuerza, emoción, carisma, organicidad, verdad…porque todo eso está dentro del talento, el primer requisito. ¿Complacido?
 

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