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Ángel Lázaro: embrujado por la antilla mayor (3)

Luciano Castillo, 25 de abril de 2013

La versión fílmica de La veguerita, el relato de Ángel Lázaro, llena de diálogos sentenciosos, cursis y seudo poéticos, fue en gran parte rodada en estudios mexicanos, seguramente para aprovechar la comodidad y equipamiento de estas instalaciones. Es apreciable en algunos interiores cierta riqueza escenográfica y de ambientación, pero contrasta con varios exteriores reproducidos en foros de modo tan paupérrimo que por su falsedad suscitan la risa. Es modélica en este sentido la secuencia de los enamorados a la orilla de la playa en la cual, de más está decirlo, él interpreta una canción frente a un telón pintado y un cristal con una luz oscilante que pretende semejar una luna mucho más creíble en cualquier primitiva fantasía de Méliès.

Los exteriores filmados en Cuba a partir de diciembre de 1945, se concentraron ante todo en las secuencias de la vega, la fachada de la fábrica de tabacos ubicada en un portalón de la Plaza de la Catedral y una callejuela para la otra tabaquería. El enfrentamiento durante un insólito guateque1 bajo techo entre las dos mujeres por el galán en disputa concebido como una típica controversia campesina, es uno de los mejores —si no el mejor— momento de la película. Al mismo tiempo que sus respectivos personajes, Maritoña Pons cuidaba con especial saña el espacio ganado a fuerza de movimientos de caderas y en el cual la actriz y cantante Blanquita Amaro trataba de imponerse, algo que nunca logró.

Para la fotografía fue contratado el norteamericano John Stumart (1892-1962), miembro de la Asc, nada menos que con el experimentado cubano Ricardo Delgado como segundo camarógrafo. Quizás el origen húngaro de Stumart influyó en que integrara el staff. Para entonces, contaba con una filmografía de 130 títulos como camarógrafo iniciada con The Price Mark (1917), de Roy William Neill, en la que figuraban solo seis largometrajes en calidad de director de fotografía. Embrujo antillano cerraría su carrera. Bohemia llegó incluso a publicar el difundido comentario de que por su experiencia —demasiado superior a la de Polaty—, el fotógrafo lo sustituyó en la dirección de muchas escenas. La iluminación fue de José Ochoa Rodríguez, considerado como el mejor en su especialidad del cine cubano en la primera mitad del siglo xx. En la foto-fija (still man) se desempeñó por primera vez en el cine nacional otra figura de origen húngaro Jorge Haydú Koenisberg (1921-2008) quien, años más tarde, desarrollaría una importante trayectoria como director de fotografía.

Octavio Gómez Castro, que proclamaba el lema «Películas de primera línea» desde hace más de una década, atenuó su inexperiencia en la producción al rodearse en su equipo por Hugo Monte y Egon Eis como ayudantes e Ignacio Pendás en la gerencia de una producción que sobrepasó los cien mil pesos en su costo. Al lanzarse con el mayor entusiasmo a esta actividad, Gómez Castro había anunciado que invertiría con sus asociados más de 70 mil pesos en esta primera producción prevista para ser terminada en febrero de 1946. No podía siquiera sospechar que solamente el contrato de María Antonieta Pons —firmado por 15 mil pesos— se incrementaría en dos mil más, y mucho menos que una figura no tan prominente en la pantalla como Ramón Armengod exigiría a los productores un salario de 11 mil pesos.

Antes del inicio del rodaje en locaciones de la isla, la Continental Films anunció la posesión de contratos firmados para la exhibición de la película en México, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Puerto Rico y Santo Domingo, y se hallaba en tratos para la contratación de la misma en España y Argentina. El estreno de Embrujo antillano, coproducción cubano-mexicana se realizaría en el teatro habanero América el lunes 4 de noviembre de 1946, precedido por un gran show a un precio de un peso la luneta. Simultáneamente, el filme —de una duración extendida innecesariamente a poco más de dos horas—, fue exhibido en algunas de las principales ciudades de la isla, así como en el teatro neoyorquino Delmar.

De inteligente fue calificada esta estrategia de los distribuidores por Charles B. Garrett en El Avance Criollo, pues de ese modo aseguraban pingues recaudaciones antes de extenderse la «contra propaganda» que a este nuevo producto nacional —el carácter de coproducción con México nunca se mencionó— comenzó a hacerle el numeroso público asistente al estreno capitalino. El crítico arremetió al día siguiente contra una película que, a su juicio, los empresarios del teatro América habían exhibido en una demostración de arraigado patriotismo. Consideró que Embrujo antillano, una especie de nueva versión de El romance del palmar, confirmaba el axioma de que «nunca segundas partes fueron buenas». A duras penas, salvó a la pareja de comediantes Garrido y Piñero como lo mejor del reparto, ante todo por encarnar papeles ajenos a sus arquetípicos personajes del negrito y el gallego.

Exoneramos a Ángel Lázaro de toda culpa en la confección de este film que significa un retroceso artístico y técnico en nuestro cine. De su cuento La veguerita solo queda un recuerdo. Lo han convertido en una amalgama de situaciones deshilvanadas e inverosímiles, representadas por actores profesionales que más parecen simples «amateurs» de la escena, debido, claramente se ve, a la pésima dirección que ha tenido esa infortunada producción cubana. El público lo dijo anoche, a la salida del América. Chabacano y a veces hasta soez. Una señora comentaba que era una ofensa al buen gusto. Un joven lo calificaba de «tártaro» y otra dama filosóficamente decía que lo mejor era olvidar que Embrujo antillano es una película cubana. […] Solo expresamos que, tanto en relación con la música como con todo lo demás, no debe el espectador esperar mucho, así seguramente no saldrá defraudado. […] Es una verdadera lástima a estas alturas, tener que reportar que la cinematografía cubana ha retrocedido en su afanosa lucha por el triunfo. Después de ver Embrujo antillano sentimos que ahora, más que nunca, es cuando necesita de apoyo y de ayuda efectiva para lograr los éxitos que con el tiempo puedan borrar el recuerdo de esta infortunada película2.

Tres días después, el viernes 8, el conocido periodista Germinal Barral, que firmaba con su popular seudónimo de Don Galaor, fue condescendiente en el diario Prensa Libre con este primer estreno cubano de una industria que renacía y lo tildó de «esfuerzo notabilísimo». Atribuyó sorpresivamente a Polaty una «mano conductora de muy estimable experiencia», para concluir en su polémica reseña en que Embrujo antillano era «una obra capaz de entretener y hasta de apasionar al espectador sencillo»3. Ese mismo viernes, Francois Baguer en El Crisol amén de sus objeciones con el diálogo plagado de lugares comunes y expresiones de mal gusto introducidas por el dialoguista Martín Domínguez en el esquema argumental esbozado por Ángel Lázaro, a la carencia de aliento creador alguno en el orden cinematográfico por parte del realizador, citó a Embrujo antillano como un ejemplo del exceso de localismo, mal padecido por el cine hispanoamericano en general y el cubano en particular. Lo único irreprochable en su criterio era el sonido, no obstante admitir la loable pretensión de reproducir con fidelidad la atmósfera criolla.

Se advierte a las claras que la intención ha sido la de elaborar una obra de puro ambiente cubano. Aún frustrado, no puede negarse que el designio merece encomios. Si quiso hacerse una película de puro sabor cubano bien pudo el señor Polaty, que la dirigió, aprovechar más de una ocasión que tuvo en sus manos para detener la cámara ante cosas nuestras en que se asocian lo hermoso y lo típico. […] Se detuvo en cosas accesorias con menoscabo de lo esencial, de lo que hubiera proporcionado a la cinta el verdadero sello de una autenticidad criolla de categoría.

    (Continuará)
Luciano Castillo
 

 

 

1 El tradicional guateque campesino es la forma natural de reunirse un grupo de amigos o vecinos con motivo de una celebración que bien pudiera ser la terminación de una cosecha o un aniversario familiar. Es la celebración por excelencia de los moradores del campo cubano, donde las tonadas campesinas suenan al conjuro de instrumentos típicos como el tres, el laúd, el güiro y la guitarra.

2 Charles B. Garrett: «El estreno de Embrujo antillano»: El Avance Criollo, La Habana, 5 de noviembre de 1946.

3 Don Galaor [Germinal Barral], periódico Prensa Libre, La Habana, 8 de noviembre de 1946.